• Selene Orega

Extraña casualidad

Actualizado: 19 de nov de 2020

Sentía un leve cosquilleo en los pies. El agua iba y venía, como si estuviera jugando con ella, invitándola a que la siguiera hasta mar adentro.


Se le escapó una sonrisa mientras el viento revolvía su larga cabellera castaña y el sol veía su propio reflejo en sus lentes oscuros. Un ligero calor invadía su cuerpo a raíz de la brillante luz que le bañaba su blanquecina piel, apenas cubierta por un vestido corto color azul cielo.


No había nadie alrededor, pero no se sentía sola, se sentía libre para poder correr, brincar y gritar si se le apetecía; pero no deseaba hacerlo. Se sentó, dejando que el agua siguiera jugando con sus pies mientras dibujaba figuras sin sentido sobre la arena dorada.


—¿Tienes miedo de entrar al agua?


Resonó la pregunta en su cabeza, pero no era su voz, era como si alguien más le hubiera transmitido ese pensamiento repentinamente.


—No —contestó en voz alta.


Miró las olas, eran suaves y generaban un sonido tranquilizador, sin embargo, empezaba a sentirse inquieta. Se quitó los lentes de sol y los dejó sobre la arena, para posteriormente dirigirse al mar que se encontraba frente a ella. Al momento de ir entrando al agua, ya no sentía un cosquilleo, ahora sentía un escalofrío que le recorría el cuerpo. Pero aun así no se detuvo.


Cuando sólo su cabeza estaba fuera del agua, tomó aire y se sumergió con rapidez. Tardó unos segundos hasta que estuvo segura de que necesitaba abrir los ojos y descubrir qué la esperaba ahí abajo. Sintió el picor de la sal en su mirada, pero no le importó, siguió nadando cual sirena, mirando a su alrededor centenares de peces de colores, corales y estrellas de mar. Sonrió.


Después de algún tiempo, sintió la necesidad de tomar aire, así que decidió salir, pero un par de manos la tomaron de los brazos, impidiéndoselo. Frente a ella se encontraba un chico, deteniéndola y mirándola con claridad, sin menor indicio de que sintiera el picor de la sal como ella lo sentía. Cada vez le costaba más mantenerse despierta, el aire le faltaba.


—No puedes irte.


No se había escuchado ningún sonido, pero pudo entender lo que le decía por el movimiento de sus labios.


Ella no dijo nada, sabía que si abría la boca, se ahogaría. Miró hacia arriba y vio la claridad sobre el agua, el sol aún brillaba, sin embargo, le costaba cada vez más enfocar, estaba perdiendo el conocimiento.


Y entonces abrió los ojos.


Esperaba en una cafetería. Era otoño. Vestía un pantalón negro, con una blusa y gorro de lana color gris. Su cabello estaba peinando en graciosos rizos, pareciendo una cascada castaña. El viento soplaba levemente, pero el frío era soportable.


Tomó un largo sorbo de la taza de café que tenía entre las manos; aspiró el olor de la bebida, haciéndola sentir reconfortada. El atardecer podía observarse si giraba la cabeza hacia la calle, ya que se encontraba junto a un gran ventanal. El reflejo de los rayos naranja provenientes del sol la hacía sentir ligeramente adormilada, no obstante, eso le provocaba un sentimiento agradable.


La cafetería estaba casi vacía: Una pareja, un grupo de amigas y ella. Nadie le había dicho que fuera a ese lugar, pero sentía que debía hacerlo, que debía esperar a que alguien llegara; no sabía quién aparecería, sin embargo, tenía la corazonada de que tenía que aguardar un poco más.


El sol había desaparecido por completo cuando él llegó. Sonrió en automático mientras lo observaba: Llevaba pantalones y bufanda en color negro y una camisa blanca de manga larga; su cabello era corto y oscuro, resaltándole la piel blanquecina y haciendo juego con un par de hermosos ojos color azul.


No se detuvo al verla, tampoco se sentó en su mesa, pero pasó a su lado y la observó detenidamente; su mirada era transparente y le producía un sentimiento de algarabía inexplicable. Él sonrió vagamente y tomó la mesa a espaldas de la de ella.


Sentía la necesidad de girarse y compartir unas palabras con él, sin embargo, no se atrevía. Era un desconocido, sí, pero casi podría jurar que sabía que tenía que estar en ese lugar para su encuentro, como si fuera un acontecimiento predestinado.


Comenzó a llover, llovía tan fuerte que parecía que el cielo caía sobre la ciudad. Enfocaba su mirada a la calle, viendo la tormenta sin ningún interés, inquieta, sintiendo al joven tras ella. Los minutos transcurrían lastimeramente, provocándole desesperación. Hasta que ya no pudo soportarlo más y se giró.


Vaya sorpresa se llevó al topárselo frente a frente, él también había girado a su dirección. Se sonrojó de sobremanera, atragantándose con la sonrisa en los labios. Él le dedicó una gran sonrisa y luego se puso de pie para abandonar el lugar.


¿Se iría? ¿Así? ¿Sin decirle nada? Se levantó y fue tras él. Para el tiempo en que llegó a la puerta de la cafetería, él ya llevaba recorrida media cuadra, sin importarle que la lluvia lo empapara; quería llamarlo, pero no sabía su nombre.


Ya no le importaba qué diría si lo seguía, estaba dispuesta a hacerlo, caminaría bajo la lluvia, igual que él y entonces podría escuchar su voz. Pero no pudo. Ahogó un grito al ver como repentinamente había sido arrollado por un automóvil, dejándolo sobre la acera, mientras a su alrededor comenzaba a expandirse una mancha oscura.


Y entonces despertó.


Agradecía infinitamente que fuera un parque público, así no podían obligarla a irse cuando el sol abandonaba el cielo.


En aquel momento se encontraba sola, sentada en una banca de madera, justo frente al lago. La luna llena se reflejaba en el agua, dándole un toque plateado. El aire nocturno era frío, podía sentir como su nariz se estaba congelando, pero aun así no abandonaría el lugar, él estaba a punto de llegar.


—Hola, linda.


Se giró para encontrarse con el calmado rostro de un joven de profundos ojos azules y cabello oscuro; estaba parado al lado de la banca, haciéndolo lucir más alto de lo que era. La luz de luna alumbraba sus rostros a medias, pero a la vez, daba un brillo especial a sus ojos.


Se recorrió un poco, indicándole que se sentara, lo cual él hizo sin contratiempo. En cuando la tuvo a su lado, la rodeó con sus brazos para darle un poco de calor y a la vez sentirse reconfortado él mismo. Recargada en su pecho, podía escuchar el latido de su corazón, parecía estar en sintonía con el suyo propio.


Permanecieron largos minutos en silencio, mirando el lago, sintiéndose el uno al otro, haciéndose uno mismo. Repentinamente, él tomó su cabeza, la hizo mirarlo, besó su frente y la hizo ponerse de pie. Ella no preguntó a donde iban, seguro tenía algo en mente que sería inolvidable, como cada una de las citas que habían tenido.


Caminaron lo que pareció ser una eternidad, no obstante, ninguno se sentía cansado. Cuando por fin se detuvieron, se encontraban frente a un gran edificio en el centro de la ciudad. Entraron y tomaron el primer elevador que se toparon, dándole la indicación de que los llevara hasta el último piso. Habían llegado a una terraza y estaba desierta.


La tomó por la cintura y la hizo caminar hasta el borde, donde una rosa roja se encontraba esperándolos. Aquel detalle le robó una sonrisa. La tomó entre sus manos y se la ofreció; ella, nerviosamente, tomó la flor con mucha ilusión y luego depositó un fugaz beso en los delgados labios del joven.


Sin que lo esperara, él tomó asiento en el filo del edificio; era lo suficientemente amplio para que se sentaran sin problemas, pero ella sintió un poco de pánico al encontrarse tan cerca del precipicio a esa altura. Le extendió la mano, invitándola a sentarse junto a él, haciendo caso omiso a la desconfianza reflejada en su rostro. Finalmente, después de pensarlo mucho, aceptó su mano y se sentó.


—Mira la luna —pidió él después de breves segundos de silencio.


La luna lucía más grande de lo normal y su destello plateado parecía más brillante repentinamente.


—¿Te gusta la vista desde aquí? —Sí —contestó ella de inmediato. Podía ver gran parte de la ciudad, iluminada con pequeñas luces amarillas, era una vista espectacular. —Elizabeth.


Ella giró el rostro, sonriendo, sin embargo, él se notaba serio.


—La vida no es un cuento de hadas.


Sin que lo esperara, la empujó al precipicio. Sintió desesperación y un gran temor al ir cayendo, mientras un frío viento la envolvía y revolvía su cabello.


Y entonces el sueño terminó.


Era un día como cualquier otro. Salió del trabajo, sin ánimos de hacer nada más. Caminó lentamente hasta el subterráneo donde tomaría el metro; estaba casi desierto, sólo había unas cuantas personas a su alrededor, esperando. Cuando el vagón llegó, entró inmediatamente y tomó asiento al lado de una de las ventanas.


Estaba inmersa en sus pensamientos cuando el vagón con dirección contraria al suyo llegó. Levantó la mirada, sin buscar algo en específico, y entonces lo vio. Era el chico que aparecía en sus sueños, estaba segura.


Dio un respingo al notarlo y puso su mano sobre el cristal, instintivamente. Él, después de algunos segundos, notó la mirada de Elizabeth y volteó, teniendo exactamente la misma reacción que ella, la única diferencia es que él se había puesto de pie mientras la miraba.


¿Es que, acaso, de verdad se conocían?


Se levantó y trató de salir, pero justo en ese momento, la puerta se cerró, impidiéndole abandonar el vagón. Se giró, notando a través de la ventana que él había tratado de hacerlo también, teniendo exactamente el mismo resultado.


Se sentó nuevamente, mirándolo fijamente, justo como él lo hacía y, a pesar de la distancia y de que no podía escuchar su voz, supo lo que dijo por el movimiento de sus labios: «Finalmente te encontré».


Elizabeth se tapó la boca para ahogar un chillido de desesperación, mientras ambos vagones comenzaban a avanzar, haciéndolos perderse de vista.


Lo había encontrado y lo había perdido al mismo tiempo. Sintió una terrible frustración de no saber qué hacer, de no saber quién era o cómo encontrarlo.


Aunque algo era seguro, si lo había encontrado ahí, tendría que volver y entonces, ella sabría por fin quién era aquel desconocido.

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