El cazador solitario
- Selene Ortega
- 21 abr
- 50 min de lectura
Su abuelo había insistido en que visitara Takayama, para que «se distrajera». Sabía que no había nada que fuera de su interés, pero negarse nunca había sido una opción.
Llevaba escasa media hora en la ciudad y le fue suficiente para saber que quería alejarse del bullicio, porque después de todo, las costumbres no se destierran tan fácil y, para él, estar alejado de la gente era lo que le resultaba natural.
Así que, casi sin darse cuenta, se encontró cruzando el puente Nakabashi. La tarde se estaba despidiendo, el sol era apenas una pálida línea, aunque era evidente que para la gente no importaba la hora y preferían buscar algo de diversión en el centro de la ciudad que caminar por aquel solitario puente rodeado de colores ocre, muestra clara de la llegada del otoño.
Tendría que desperdiciar un par de horas, para hacerle creer a su abuelo que estaba disfrutando de la ciudad, como él quería. Se recargó en el pasamanos y miró el agua bajo él, que le mostraba el reflejo de su rostro lleno de indiferencia; luego, éste se distorsionó, cuando el riachuelo recibió una hoja seca.
Una ráfaga de viento lo alcanzó, haciendo que un par de mechones se soltaran de la media coleta que llevaba. Se le tensaron los hombros de inmediato; con la puesta del sol, algo había llegado.
Por instinto, se llevó la mano a la cintura. Los ruidos de la ciudad se habían extinguido y solo podía escucharse el espeluznante silbido del viento. Trató de localizar el punto de donde provenía aquella energía perversa, pero no había un solo lugar, parecía estar por todos lados.
Sigilosamente, caminó hacia el final del puente. Fue entonces que escuchó el movimiento de las patas y casi como una aparición, surgieron manchas oscuras cubriendo el camino que tenía ante él. Sus largas patas lograban que se movieran con rapidez, a la vez que su bullicio hacía eco. Sacó un pergamino de su cinturón, una pequeña navaja del bolsillo y, tras una hacerse un pequeño corte en un dedo, lo impregnó de su sangre e hizo la invocación con ambas manos. El pergamino brilló y se abrió, permitiéndole tomar su arma.
Los demonios casi habían llegado hasta él, así que empuñó las cuchillas y se abalanzó hacia ellos, haciendo tajos que los partían justo a la mitad, logrando reducirlos a ceniza. Su chillido incrementó al sentir la derrota de sus compañeros, aunque él no se inmutó ante su incipiente ira.
Generalmente, los demonios arácnidos, a pesar de su intimidante aspecto, con ojos rojos y saltones y patas impregnadas de veneno, no eran de cuidado, porque no eran demasiado poderosos. Sin embargo, sí que era tardado deshacerse de ellos, sobre todo cuando atacaban en grupos numerosos, como en esa ocasión.
Fue abriendo camino entre aquellos desagradables seres, blandiendo las cuchillas con total precisión, pero parecían no tener fin. El cielo se oscurecía a pasos agigantados y si tardaba mucho más, su exterminación sería más complicada, porque era fácil para ellos fundirse con las sombras.
Entonces escuchó la risa y los demonios comenzaron a alejarse de él.
—Así que tú eres el último cachorro de los Matsui.
Como si hubiera salido de la nada, una araña gigantesca, con torso parecido al de un humano, se posó ante él. Nunca había peleado contra un jorougumo[1], pero pudo reconocerlo de inmediato, a pesar de que éste no estaba tratando de mostrar una belleza falsa, que era lo común, aparentemente, pensaba que podría vencerlo lo suficientemente rápido, evitando desperdiciar sus dones de seducción y engaño.
—No sé por qué había tanto alboroto con respecto a ti, eres tan insignificante como cualquier otro humano.
Él frunció el ceño, no ofendido por el comentario, sino por comprender que ese encuentro no era casualidad, alguien había mandado a aquel demonio a atacarlo.
—Acabemos con esto, así mis pequeños y yo podemos ir a divertirnos con los habitantes de la ciudad.
Su sonrisa se ensanchó, mostrando una enorme cantidad de colmillos que abarcaban gran parte de su cara. Sus ojos rojos parecieron encenderse y, entonces, se lanzó hacia él, arrojándole su telaraña de seda para inmovilizarlo.
Lo había subestimado, por supuesto. La telaraña no lo atrapó y aprovechó esos ataques para acercarse sorpresivamente al jorougumo, cortándole un par de patas; las partes cercenadas comenzaron a chorrear icor negruzco. El demonio siseó ante el dolor de perder dos extremidades y lanzó más telarañas.
Ninguna dio en el blanco, él las burlaba con facilidad y se movía alrededor del demonio, dando estocadas en diferentes partes, para debilitarlo.
—Eres muy molesto —exclamó con enojo el jorougumo.
Seguido de su queja, un chillido se extendió por todo el lugar. Cuando él estaba por clavar las cuchillas en la espalda del demonio, tropezó, ya que las arañas súbditas habían ido directamente a sus piernas. Gruñó y las pateó, pero eran demasiadas, y fueron la distracción perfecta, ya que el jorougumo aprovechó y finalmente le golpeó el pecho con una espesa telaraña.
El ataque no había sido grave, pero podría serlo si seguía sin derrotar a todos esos demonios. Se alejó lo más que pudo, con las arañas siguiéndolo.
—No huyas, humano.
Pero necesitaba hacerlo. Una vez que estuvo fuera de vista, clavó las cuchillas en la tierra e hizo una convocación nueva. Frente a él, formado de una neblina, apareció un zorro, con los ojos iluminados por un resplandor blanquecino.
—Ataca a las arañas pequeñas, yo me encargo del jefe —le susurró a su creación.
El zorro, totalmente silencioso, fue al encuentro de las arañas y comenzó a destrozarlas. Él tomó las cuchillas de nuevo y destruyó las arañas a su paso, aunque ahora estaban demasiado ocupadas con su zorro para prestarle demasiada atención. Usó los árboles para camuflarse y, cuando llegó a una distancia prudente, volvió a atacar al jorougumo por la espalda, esta vez, infligiendo una herida mucho mayor.
Aunque no había sido un corte limpio. En cuanto el jorougumo sintió el daño, usó una de sus gigantescas patas para contraatacar, logrando rasguñarle el brazo. Él maldijo por lo bajo, si bien el corte no era profundo, las patas de aquella monstruosidad estaban impregnadas de veneno y sabía que no podía haber salido ileso de eso.
Tenía que apurarse y aniquilar al demonio, el veneno en su cuerpo actuaría de forma lenta, porque a los jorougumo les gustaba jugar con sus presas, pero entre más tiempo perdiera, más difícil le resultaría.
Se movió entre sus patas, logrando ver su panza grisácea. Atacó justo en el centro y el icor se derramó de inmediato, salpicando su pierna y generándole picazón. No dejó que eso lo detuviera, siguió atacando desde abajo, cortando poco a poco cada una de las patas, y cuando el jorougumo ya no podía moverse, le cortó el torso a la mitad.
—¿Quién te envió? —preguntó él con voz desafiante.
—Ya que no fui yo, algún otro yokai[2] se encargará de ti —contestó, dejando escapar una risa socarrona, mientras su cuerpo comenzaba a desvanecerse—. El linaje Matsui desaparecerá. Seguramente tu abuelo ya está muerto a estas alturas.
El jorougumo terminó de convertirse en ceniza, dejando la pregunta sin responder.
—Ojiisan[3] —susurró.
Sintió una opresión en el pecho, habían atacado a su abuelo mientras él estaba lejos.
Las arañas se alejaron en cuanto su amo fue derrotado. En otras circunstancias, las habría seguido para acabar con ellas, pero en ese momento no había tiempo, necesitaba llegar a casa lo más rápido posible.
Llamó a su zorro y después de agradecerle con una caricia en la cabeza, éste desapareció. Entonces hizo una nueva invocación, formando un águila gigante, la cual se posó sobre el piso para que él pudiera montarla.
Se sentía cansado, había hecho varias invocaciones en poco tiempo, además de la picazón de la pierna y el veneno, que aún seguía corriendo en su interior, pero sabía que, si no se transportaba de esa forma, quizá llegara demasiado tarde.
Se aferró a su águila, luchando fuertemente por no quedarse dormido, el veneno se acentuaba cada vez más. Después de lo que le pareció una eternidad, vislumbró las luces de la aldea y comenzaron a descender.
Estaban a un par de metros del piso, cuando sintió que le hacían un corte en el hombro. Perdió un poco el control ante el ataque sorpresa, así que tuvo que saltar para evitar un choque que lastimaría a su águila, aunque debido a ello, su caída fue bastante accidentada y terminó rodando antes de que realmente pudiera volver a ponerse de pie.
La aldea aún estaba algo alejada y a su alrededor todo estaba oscuro, porque su abuelo y él vivían en una de las casas más apartadas de la población. Trató de agudizar sus sentidos, pero estaba atontado por el veneno, así que no pudo prevenir otro ataque que venía desde arriba y, al recibirlo, cayó al piso de nuevo.
Sintió el pinchazo en el cuello, que palpitó casi igual de fuerte que el corte que tenía en el hombro. Después de eso, por más que intentó, no pudo moverse. Los ojos le pesaban y, en algún punto, le fue imposible volver a abrirlos.
x x x
—Satoru… cariño, despierta.
Abrió los ojos con pesadez, encontrándose con el rostro sonriente de su madre.
—Tu padre nos está esperando, apresúrate.
El largo cabello de su madre se meció con gracia cuando se giró y abandonó la habitación. A Satoru le encantaba verla con el cabello suelto, ya que no era muy común, casi siempre lo sujetaba en un chongo alto, porque era más práctico de esa forma, por lo menos, eso decía ella.
Se levantó de la cama, aún algo somnoliento, pero se apresuró a vestirse y salir de la habitación.
Cuando llegó al comedor, su padre ya estaba ahí, dando sorbos a su humeante té. Su madre venía de la cocina, cargando un par de platos, los cuales posó en la mesa para que ellos comenzaran a comer.
El desayuno transcurrió entre risas, ya que a Katsuya, el padre de Satoru, le gustaba contar anécdotas de cuando era niño y siempre encontraba la forma de animar el ambiente.
—¿Qué quieres hacer hoy, Satoru? —preguntó Katsuya.
Satoru lo meditó. Tokio era una ciudad con muchísimos lugares a los cuales ir, ya fuera para comer, para ir de compras o para distraerse. Pero estaba consciente de que no había muchos días como aquel, en el que sus padres estuvieran totalmente libres de sus labores y pudieran estar con él.
—Quiero que nos quedemos en casa.
—¿Ya lo escuchaste, Hinata? Quiere un día en familia.
—Entonces así será. —Se acercó a Satoru por atrás y lo envolvió con los dos brazos.
Katsuya convenció a su esposa de no cocinar, se encargarían de pedir algo a domicilio, así pasarían juntos todo el día. Organizaron juegos en el jardín, luego tuvieron partidas de juegos de mesa y terminaron viendo algunas películas.
Satoru terminó durmiéndose sobre el regazo de Hinata. Lo último que recordaba, entre sueños, fue una caricia en el cabello y un dulce «buenas noches» de los labios de su madre.
Llegaron al área de entrenamiento. Todo estaba impecablemente ordenado, ya que se usaban solo armas designadas para entrenar, que eran de madera o de metal, sin filo (si ya estaban más avanzados en el entrenamiento); las armas «reales» eran usadas solo por cazadores que ya tenían misiones.
—¡Satoru-kun!
Hikaru Yamada se acercó corriendo y cuando estuvo frente a él, hizo una leve inclinación de cabeza.
—Ya te dije que no tienes que hacer eso.
—Pero otousan[6] insiste en que debo hacerlo, así como él lo hace con el Kaichou-sama[7] —explicó Hikaru.
—A él tampoco le importa, en realidad. —Echó un vistazo por encima del hombro de su amigo, logrando ver que su abuelo estaba hablado con Ryohei, el padre de Hikaru.
—Otousan tiene todo listo para nuestro entrenamiento.
—¿Van a dejar que usemos las espadas de metal?
—Aún no. —Mostró gran decepción en el rostro.
—Ya tenemos diez años y hemos entrenado desde que teníamos seis —se quejó Satoru.
—Bueno, al parecer, creen que todavía no estamos listos. —Se alzó de hombros.
Satoru resopló, aunque no tenía caso que se quejaran, sabía perfectamente que ni Ryohei ni su abuelo cambiarían de opinión.
Ambos se acercaron a los adultos, lo que pareció interrumpir su plática. Ryohei carraspeó y luego de sonreírle a Satoru y acariciarle el cabello a su hijo fugazmente, les pidió que comenzaran a correr, para calentar antes de comenzar a usar las armas de madera.
Cuando terminaron, Ryohei ya los esperaba en un área despejada, mientras Kenshin Matsui estaba sentado a lo lejos, solo observando.
Mayormente entrenaban con espadas de madera, porque la katana[8] era una de las armas más usadas por los cazadores de demonios. Si bien les habían dicho que serían libres de escoger su arma, aprender a usar una espada era un conocimiento que todos debían adquirir antes de hacer su elección.
Satoru ya la dominaba a la perfección y Hikaru estaba a nada de ser igual de bueno que él, así que no comprendía por qué no los dejaban pasar al siguiente nivel, ambos eran lo suficientemente cuidadosos para no lastimarse. Ryohei les corregía algunas cosas, aunque en realidad, no era nada importante, a veces la forma de aplicar más fuerza al golpe o un ligero cambio en el ángulo del pie.
Tras un par de horas de entrenar sin descanso, Ryohei dio por terminada la sesión. Una vez que dejaron las espadas en el lugar correcto, Satoru se despidió de los Yamada y se acercó a su abuelo.
—Ojiisan.
—Bien hecho, Satoru. —Se puso de pie—. Es hora de ir a casa.
Hicieron el camino a casa a pie, ya que unas cuantas cuadras eran nada, considerando las distancias kilométricas que generalmente se tenían que recorrer para ir de un lado a otro en Tokio.
Su casa y la de su abuelo estaban juntas, lo cual era muy conveniente, debido a todo el tiempo que sus padres estaban fuera debido a las misiones.
La familia Matsui era una de las más importantes dentro de la compañía de cazadores, ya que uno de sus ancestros había sido uno de los fundadores. Así que, cuando Kenshin se retiró, Katsuya se convirtió en uno de los cazadores de mayor rango y con gran cantidad de misiones, ya que poseía talentos únicos heredados debido a su linaje. Y Hinata, al haberse casado con él, tenía casi las mismas responsabilidades que Katsuya.
Al llegar, entraron a la casa de Kenshin, Satoru siempre se quedaba ahí cuando sus padres estaban ausentes.
—Ojiisan… —susurró Satoru, cuando llegaron a la sala—. ¿Por qué no nos permiten usar más armas en el entrenamiento? Hikaru y yo hemos avanzado lo suficiente para poder hacerlo.
—Sí, tienes razón.
Satoru lo miró con perplejidad, ¿acababa de darle la razón? Y, si era así, ¿entonces por qué…?
—Ryohei y yo aún los vemos como niños pequeños, quizá por eso estamos retrasando lo inevitable.
Kenshin se sentó e hizo una seña a su nieto para que hiciera lo mismo, a su lado. Satoru obedeció de inmediato.
—Pero es verdad que deben tener un entrenamiento más avanzado, sobre todo tú, ya que tienes que aprender a manejar más habilidades que Hikaru.
—¿Entonces…?
—Una vez que tus padres regresen, cambiaremos tu entrenamiento.
—¡Gracias, ojiisan!
Satoru estaba eufórico ante la noticia, sin saber que esa promesa se cumpliría de una forma muy diferente a como él imaginaba.
Despertó sobresaltado cuando escuchó que llamaban a la puerta de entrada con bastante insistencia. Además del timbre, no había otro sonido en la casa. ¿Sería que su abuelo no había oído nada? ¿Debería él levantarse e ir a investigar quién era?
Todavía somnoliento, se sentó y buscó a tientas el botón para encender la lámpara que había al lado de su cama, pero después de varios intentos sin tener éxito, desistió. Se puso de pie y salió de la habitación.
El timbre había dejado de sonar, pero aun así, caminó a oscuras por el pasillo que llevaba a la estancia. Después de algunos segundos, vislumbró la luz del recibidor, su abuelo sí que había escuchado el llamado.
Oyó murmullos, así que siguió caminando, para saber quién había llegado a tales horas. ¿Serían sus padres? Aunque sería raro, generalmente, si se les hacía tarde, dormían en su casa y avisaban hasta el día siguiente de su regreso.
—Baja la voz.
—Lo siento, Kaichou-sama —se disculpó una voz desconocida para Satoru—. Y perdón de nuevo por la hora, pero teníamos que avisarle.
—Sí, lo sé.
—¿Podría acompañarme? Es necesario que vea los cuerpos.
Un silencio incómodo se instaló en el recibidor, mientras Satoru observada a su abuelo y a aquel extraño que iba vestido de negro. No había interrumpido, sabía que su abuelo lo consideraría de mala educación.
—No puedo ir ahora.
—Pero…
—Satoru está aquí.
—Yo podría quedarme con él.
—No.
—Pero, Kaichou-sama…
—Suficiente terrible es la noticia, no pienso dejarlo solo.
—Si sigue durmiendo, usted puede ir y regresar sin que él note su ausencia.
—He dicho que no. Y no quiero que lo sepa aún.
—Lo sabrá de cualquier modo —dijo el extraño, tratando de sonar educado, era evidente que debido al rango de Kenshin, estaba tratando de ser lo más formal posible.
—Necesito ver los cuerpos primero, saber con certeza que son ellos.
—Los cuerpos tiene gran cantidad de heridas, pero… los rostros son definitivamente reconocibles.
—¿Puedes culparme por querer que no lo sean?
El extraño negó con la cabeza y bajó la mirada.
—Tengo que verlos y luego pensar la mejor manera de decirle a Satoru.
—Kaichou-sama, con todo respeto, no creo que haya una buena manera de decirle que sus padres fueron asesinados.
Cuando Satoru escuchó aquellas palabras, sintió como si una daga le hubiera clavado el pecho. Retrocedió instintivamente, impactado por la noticia, y chocó con una mesita cercana, donde un jarrón se tambaleó y luego cayó al piso.
Ante el estruendo, Kenshin y el desconocido se giraron, notando, entre la penumbra, la silueta de Satoru. Su rostro estaba pobremente aluzado, pero las lágrimas en sus ojos parecían brillar.
—Satoru-sama —dijo el desconocido, haciendo un asentimiento de cabeza.
Satoru no contestó, ni Kenshin dijo palabra alguna.
—Vete. Iré cuando sea el momento.
—Entendido, Kaichou-sama.
En cuanto el extraño se fue, Kenshin se acercó a su nieto y lo abrazó, sintiendo como las lágrimas le mojaban la ropa.
—Ven, Satoru, necesitamos hablar.
A pesar de que las tradiciones indicaban que el primogénito tenía que hacerse cargo de los arreglos para el funeral, Kenshin no involucró a Satoru en el proceso.
Después de haberle dado la noticia de forma oficial y dejar que llorara hasta que no pudo más, Kenshin se quedó al lado de su nieto por lo que restaba de la noche y, a la mañana siguiente, se fue hasta que los Yamada aparecieron.
Ryohei se quedó al cuidado de los niños, pero les dio espacio, así que ellos decidieron quedarse en la habitación de Satoru.
Hikaru era su único amigo. A pesar de que visitaba las instalaciones constantemente para entrenar, solo él y Hikaru eran de la misma edad y entrenaban en el mismo nivel. Además, al ser un Matsui, Satoru era, de alguna manera, un niño «demasiado importante» para convivir con la mayoría de las personas de la compañía, los Yamada eran una excepción, ya que habían sido amigos de la familia por décadas.
Así que, mientras su abuelo se encargaba de todo, Satoru se quedó en casa, con su mejor amigo. En otras circunstancias, hubieran estado en el jardín, jugando, pero en ese momento, Hikaru sabía que Satoru no estaba de humor y solo se quedó a su lado, en silencio, escuchando el murmullo proveniente de la televisión que, en realidad, ninguno veía. Hikaru había ofrecido sus condolencias junto con su padre, aunque más a allá de eso, no sabía qué más hacer, pensaba que, si Satoru necesitaba hablar de algo, se lo diría.
La preparación del funeral tomó poco más de la mitad del día, cuando Kenshin regresó a casa, la tarde estaba cayendo. Agradeció a los Yamada por su ayuda y, una vez que se fueron, fue a la habitación de Satoru y lo ayudó a arreglarse.
Satoru era un niño inteligente, independiente y que siempre encontraba un tema del cual hablar con su abuelo. Sin embargo, en ese momento, estaba callado, como si hiciera todo por inercia; Kenshin tuvo que ayudarle a acomodar el traje negro y arreglarle el cabello, que ya le rebasaba las orejas.
El funeral fue un borrón para Satoru.
Habían llegado al tanatorio, donde los cuerpos ya se encontraban; había muchas flores, incienso, artículos de sus padres y una fotografía de ambos entre todo eso. Se sentaron cerca de los ataúdes y recordaba vagamente agradecer a la par de su abuelo cuando alguien se acercaba a dar condolencias.
No supo cuánto tiempo estuvieron ahí, era un lugar cerrado, alumbrado por luces tenues y velas que no permitían saber cuántas horas habían transcurrido. En algún momento, se quedó dormido sobre el regazo de su abuelo, y al despertar, se encontraba en la misma horrible pesadilla: Estaban velando a sus padres, quienes habían sido asesinados por un demonio.
Kenshin no se separó de Satoru en ningún momento. Pasaron toda la noche ahí y, al día siguiente, cuando se encaminaron al funeral, lo mantuvo a su lado, apretando fuertemente su mano.
Kenshin trató de honrar las tradiciones lo más que pudo, pero la familia Matsui se había reducido solo a Satoru y él, así que creía que aceptar las compensaciones de la gente y extenderlo por más tiempo era innecesario. Agradeció a todos los que asistieron y les pidió que se retiraran cuando el proceso de incineración comenzaría, los únicos que se quedaron fueron los Yamada.
Esperaron en silencio. Cuando finalmente les entregaron el kotsutsubo[9], los Yamada se despidieron y se alejaron, dejando a los Matsui con su pena.
No hubo entrenamiento en los días siguientes. Satoru no tenía deseos de entrenar, así que el hecho de que su abuelo no lo hubiera llevado ni hubiera mencionado nada al respecto era más que agradecido.
Hikaru había seguido entrenando, él mismo se lo había dicho, ya que lo visitaba diariamente. Seguía usando la espada de madera, y Satoru imaginó que, seguramente, lo mencionaba para que no creyera que avanzaría más que él mientras regresaba a entrenar.
Aunque no sabía cuándo sería eso, no tenía deseos de hacer nada. Lo que sí agradecía es que podía seguir viendo a Hikaru, porque el entrenamiento era donde siempre convivían, pocas veces habían tenido la oportunidad de verse fuera de eso, debido al ocupado trabajo de los padres de ambos.
Mientras Hikaru y él pasaban juntos las tardes, su abuelo y Ryohei hacían lo propio en algún otro lugar de la casa. Eso, de alguna forma, hacía sentir más tranquilo a Satoru, porque se imaginaba que su abuelo necesitaría a un amigo, así como él se aferraba a Hikaru.
—¿Crees que podrían entrenarnos aquí? —preguntó Hikaru, como quien no quiere la cosa—. Entrenar solo con otousan no es lo mismo.
—Quizá. —Satoru se alzó de hombros—. La verdad es que no estoy de humor para entrenar.
—Gomennasai[10], Satoru. No quería…
—No te preocupes —lo interrumpió, luego lanzó un suspiro—. Te prometo que entrenaré contigo otra vez, solo que… no sé cuándo aún.
—Está bien, mientras pueda seguir viniendo de visita, puedes descansar del entrenamiento.
Satoru sonrió fugazmente, porque él era de la misma opinión. Si Hikaru dejara de visitarlo, probablemente se sentiría aún peor.
Los días se convirtieron en semanas y la rutina de los Matsui no había cambiado.
Hikaru creía que Satoru se veía un poco más animado, pero no podía estar seguro de si solo era para que no se preocupara por él.
—Hikaru, hoy puedes quedarte a dormir aquí, si así lo quieres —anunció Ryohei cuando ambos niños aparecieron en la sala.
Hikaru y Satoru se miraron entre sí, algo sorprendidos. Hikaru miró a su amigo, tratando de descubrir si le parecía una buena idea; cuando Satoru asintió levemente con la cabeza, él sonrió ampliamente.
—Sí, me gustaría, otousan.
—Traje algunas de tus cosas, por si acaso. —Le acarició la cabeza fugazmente—. Ven conmigo.
Hikaru siguió a su padre fuera de la casa, así que Satoru se sentó al lado de su abuelo, quien no había dicho palabra.
—Gracias por dejar que se quede, ojiisan.
—Los amigos son valiosos, espero que siempre lo recuerdes.
Kenshin notó, con alivio, que el hecho de que Hikaru se quedara esa noche había alegrado mucho a su nieto, no era igual que antes del fallecimiento de sus padres, pero era un buen avance.
Cenaron todos juntos y luego Hikaru y Satoru fueron directamente a la habitación. Tenían permiso para permanecer despiertos hasta tarde, así que ambos aprovecharon la oportunidad y vieron algunos de sus programas favoritos hasta que el sueño los venció.
El desayuno al día siguiente fue igual de armonioso que la cena de la noche anterior. Incluso Kenshin se involucró más en la plática que, curiosamente, había desembocado en el entrenamiento y como Hikaru creí que, cuando cambiaran de armas, serían de los mejores cazadores de demonios.
Cuando Ryohei apareció después de mediodía, se quedó con Kenshin mientras los niños pasaban tiempo en el jardín. Después de compartir otra comida, los Yamada finalmente se despidieron.
—Nos veremos después, Satoru-kun. —Hikaru hizo un asentimiento de cabeza, como lo hacía vez que su padre estaba presente.
—Hasta después, Hikaru.
Una vez que los Yamada se marcharon, Satoru se dio cuenta de que había disfrutado mucho esa interacción, diferente a como era siempre en los entrenamientos.
Deseó que su abuelo permitiera que Hikaru se quedara más seguido, sin saber que eso ya no podría ser.
Muy temprano al día siguiente, Kenshin despertó a Satoru y le pidió que se vistiera. Había elegido para él un conjunto, simple y ligero, en color negro.
Kenshin le pidió que desayunara lo más rápido que pudiera, así que Satoru obedeció entre bostezos, porque tenía ya mucho tiempo que no se levantaba tan temprano.
Cuando ambos terminaron de desayunar y todo estuvo recogido, Kenshin tomó a su nieto del hombro y lo hizo caminar con él hasta la puerta de entrada. Satoru se sorprendió de encontrar ahí un par de maletas.
—¿Y esas maletas, ojiisan?
—Nos vamos de Tokio.
Satoru se quedó inmóvil, viendo a su abuelo, sin entender qué estaba sucediendo.
—Lo comprenderás en algún momento, Satoru. Por ahora, debemos irnos.
Kenshin lo hizo tomar una maleta, él tomó la otra, y ambos salieron de la casa.
Tanto su abuelo como sus padres tenían coche, pero no subieron las maletas a ninguno de ellos, era otro coche el que los esperaba en la calle. Cuando se acercaron, Ryohei Yamada bajó el vehículo y abrió la cajuela para ellos.
Una vez con el equipaje acomodado, todos subieron al coche. Satoru esperaba ver a Hikaru en el interior, pero su amigo no estaba ahí.
Ryohei los llevó a la estación de trenes. Los ayudó a bajar las maletas y, cuando estaban por entrar a la estación, acarició la cabeza de Satoru cariñosamente, como solía hacer con Hikaru.
—Que tengan buen viaje, Kaicho-sama. —Hizo una leve inclinación de cabeza.
—Gracias por la ayuda, Ryohei.
Entraron a la estación y fueron directamente al área de andenes, donde esperaron el anuncio para abordar.
El silencio estaba instalado entre ellos, aunque Kenshin sabía que era normal, era un cambio que había tomado totalmente desprevino a su nieto.
Satoru se quedó dormido al poco tiempo de que el tren comenzara a moverse. Kenshin tuvo que despertarlo cuando llegaron a su destino.
Satoru no sabía dónde estaban, se dedicó a seguir a su abuelo por la estación, donde compraron algo de comer. Después de un rato, Kenshin le indicó que tomarían otro tren, así que regresaron a los andenes y repitieron el proceso.
Tras bajar del segundo tren y salir de la estación, Satoru creyó que finalmente habían llegado a donde sea que su abuelo lo estuviera llevando, pero se equivocó. Tomaron un taxi, que los dejó en una estación de autobuses y, poco después, comenzaron otro viaje.
Cuando el autobús llegó a su destino, salieron de la estación y, en aquella ocasión, Kenshin le anunció a su nieto que, finalmente, el viaje había terminado.
La estación era bastante más pequeña que las anteriores, además de que tampoco había gran afluencia. Satoru sujetaba su maleta con más fuerza de la necesaria, mientras seguía observando todo a su alrededor.
—El resto del camino lo haremos de pie, pero me informaron que no estamos muy lejos.
—Está bien, ojiisan.
Había viajado por horas y el sol ya estaba bajando, pero había suficiente luz para que siguieran el camino marcado. A donde Satoru volteara, se encontraba con campos de arroz y vistas de las montañas.
—Ya estamos cerca —anunció Kenshin.
Satoru comenzó a distinguir las casas a lo lejos, pero no llegaron hasta allá, su abuelo se había detenido frente a una gassho-zukuri[11], que se encontraba todavía alejada de lo que parecía ser la población.
—Llegamos.
Su abuelo abrió la puerta y entró, así que lo siguió apresuradamente.
El interior se encontraba perfectamente ordenado, aunque ciertamente aquella casa era más pequeña que la de Tokio.
Su abuelo se detuvo frente a una puerta shōji[12], la abrió y dejó su maleta ahí.
—Esa es la tuya, Satoru. —Señaló la que estaba al lado de la que él había abierto—. Deja tus cosas, todavía tenemos que ir por víveres.
Satoru obedeció, abrió la puerta y dejó la maleta ahí, a la vez que echaba un vistazo rápido: Solo había un futón y algunas puertas corredizas que, supuso, era el espacio que tendría para guardar sus cosas.
Cuando salió de su habitación, su abuelo ya lo esperaba en la puerta.
Siguieron el camino marcado, que los llevó directamente al corazón del lugar. Todas las casas parecían iguales y la aldea comenzaba a aluzarse gracias a los negocios y unas cuantas lámparas sobre las calles.
Compraron los víveres que su abuelo consideró suficientes para los próximos días y, de camino de regreso a su nueva casa, encontraron un restaurante local, así que compraron algo de comida y la llevaron para no preocuparse por la cena.
Satoru se sentía extraño en ese espacio. Dejando de lado que era más austero que su casa en Tokio, sentía que se había convertido en una persona diferente desde que le anunciaron la muerte de sus padres.
Después de cenar, deseo buenas noches a su abuelo y fue a su habitación. Revisó lo que había en la maleta, que no era mucho, pero por lo menos su ropa de dormir estaba ahí. Se cambió, apagó la luz y se metió al futón.
Casi se había quedado dormido cuando escuchó que recorrían la puerta. No se movió, estaba muy cansado por el largo viaje que habían hecho.
Sintió una caricia en la cabeza.
—Lo siento tanto, Satoru.
Sus ojos pesaban, así que ni siquiera pudo preguntarle a su abuelo qué era aquello de lo que se disculpaba.
Durante los siguientes días, Satoru se dedicó a recorrer su nuevo hogar y sus alrededores.
La casa tenía dos niveles. Abajo se encontraban sus habitaciones, un kotatsu[13], donde solían comer, después de que Kenshin se encargaba de preparar la comida en el irori[14], y el baño con un ofuro[15] en la parte trasera. La parte superior estaba vacía, pero Kenshin le había dicho a Satoru que sería un espacio que utilizarían para entrenar.
Fuera de la casa, tenían un amplio espacio para cultivos, si es que les apetecía. Satoru creía que su vivienda era, sin temor a equivocarse, la más lejana a la aldea. No había más casas alrededor, todo lo que veía al salir era césped y, más allá, árboles que daban paso a grandes montañas.
Kenshin y Satoru habían dado largos paseos, localizando un par de riachuelos cerca e incursionando en las montañas, hasta que la subida era demasiada empinada para continuar.
Tras una semana, tenían bien conocida el área cercana a su casa y habían ido a caminar por la aldea un par de veces, para también familiarizarse con lo que se encontraba ahí, aunque sin tener conversaciones con mucha gente.
El sábado, alrededor de mediodía, Satoru se encontraba haciendo surcos en la tierra para tratar de plantar algunas semillas, cuando escuchó voces. Se limpió las manos en el pantalón y se acercó a la entrada de la casa. Cuando se dio cuenta de quienes eran, una sonrisa se extendió en sus labios.
—¡Ojiisan! —gritó al interior de la casa—. ¡Tenemos visita!
No esperó respuesta de su abuelo, corrió hacia ellos e hizo un asentimiento de cabeza hacia los Yamada, gesto que ellos correspondieron.
—Satoru. —Ryohei le sonrió—. Es un gusto verte.
Kenshin apareció poco después y los invitó a pasar a la casa.
Una vez adentro, Kenshin vio por el rabillo del ojo que Satoru hablaba con Hikaru de forma animada y se alegró de que tuviera un rato con él, después de todos los cambios que había tenido en su vida en las últimas semanas.
—Trajimos las cosas que les faltaban —comentó Ryohei, luego de tomar un sorbo de té.
—Agradezco que hayan hecho el viaje para hacernos ese favor.
—No hay nada que agradecer. Además, Hikaru quería ver a Satoru.
Hikaru asintió, mientras se echaba a la boca un dango[16] de los que Kenshin les había ofrecido.
—¿Podemos ir por las cosas de una vez? —preguntó Hikaru emocionado—. Le traje algo a Satoru.
—Está bien. —Ryohei se puso de pie. Cuando notó que Kenshin estaba por hacer lo mismo, negó con la cabeza—. Está bien, Kaichou-sama, entre los niños y yo podemos con todo.
Kenshin asintió con la cabeza y los vio salir de la casa.
El coche no estaba lejos, solo era necesario caminar unos cuantos metros, de bajada. Después de dos idas al coche, habían terminado de acarrear las cosas. Mayormente se trataba de ropa, fotos familiares y libros, solo había una caja que Ryohei le entregó a Kenshin con extremo cuidado.
—Vayamos a la aldea, así pueden conocer un poco y compramos comida, no me gustaría recibirlos con mis platillos tan sencillos.
—No habría problema por eso, Kaichou-sama —aclaró Ryohei—. Pero estoy seguro que a los niños les agradará el paseo.
Shirakawa-go era un lugar pequeño, así que recorrieron toda la aldea en un par de horas y, después de comer en un restaurante local, compraron algo de comida para llevar y regresaron a la casa de los Matsui.
Una vez en casa, los niños se habían encerrado en la habitación de Satoru, ya que Hikaru le había traído los últimos tomos de su manga[17] favorito.
—¿Crees que visitarán Tokio después?
—No lo sé. —Satoru se alzó de hombros—. No sé por qué nos mudamos, en primer lugar.
—Otousan no los menciona con los otros miembros de la compañía y me dijo que no diga nada sobre ustedes o donde están. —Le pasó otro manga a Satoru—. Aunque, en realidad, hasta el día de hoy, no sabía dónde estaban.
—Me da gusto que hayan venido. —Suspiró.
—Espero que, si ustedes no pueden ir, nosotros vengamos.
—Sí, yo también lo espero.
Los Yamada se marcharon al día siguiente, después de que habían comido todos juntos.
—Ojiisan…
Kenshin miró a su nieto, sabía que había llegado el momento de que le dijera qué estaba pasando.
—¿Por qué nos mudamos? ¿Por qué no quieres que nadie sepa dónde estamos?
—Porque ya no seremos parte de la compañía.
—Pero… eres uno de los jefes. —Satoru estaba atónito—. ¿No seré un cazador, como mis padres y tú? Dijiste que volveríamos entrenar.
—Y lo haremos.
—No lo entiendo. —Frunció el ceño—. Si ya no voy a ser un cazador, no le veo el caso a entrenar.
—El hecho de que no pertenezcamos más a la compañía no te deja exento de peligros. Aunque no seas oficialmente un cazador, tienes el don. Puedes ver demonios, así que, si alguna vez te topas con uno, ¿qué vas a hacer si no estás entrenado?
—Bueno, yo…
—Eres un Matsui, así que tienes un talento nato para pelear contra demonios y tienes un poder que no tienen los demás cazadores, se te ha heredado a través de nuestro linaje.
—Entonces… ¿no regresaremos a Tokio?
—No.
—¿No volveré a ver a Hikaru?
—Claro que sí, solo no tan seguido como antes.
Kenshin notó la expresión de acongoja de su nieto, así que le acarició la cabeza con tacto y lanzó un largo suspiro.
—Lo siento, Satoru, pero es lo mejor.
Satoru asintió, ¿qué más podía hacer? Era solo un niño, además, su abuelo era todo lo que tenía y siempre lo había cuidado bien, así que no tenía por qué poner en duda sus decisiones.
—Me esforzaré, ojiisan.
—Sé que lo harás.
Satoru no supo cómo, pero al día siguiente de la partida de los Yamada, Kenshin tenía el piso de arriba lleno de armas y le indicó que, a partir de ese momento, entrenarían diariamente.
El calentamiento y todo entrenamiento para condición física lo hacían fuera de la casa, ya que había mucho espacio para que Satoru se moviera con facilidad. Cuando esa parte terminaba, entraban a la casa y procedían a hacerlo con las armas.
Los primeros días, usaron la espada de madera, como era común antes de su mudanza, porque Kenshin quería que Satoru volviera a acostumbrarse al entrenamiento, lo habían dejado por muchas semanas y, aunque su nieto era bueno, no quería correr riesgos de accidentes.
Satoru, por otro lado, estaba sorprendido de lo bueno que era su abuelo. Había dejado la compañía años atrás, pero aparentemente, eso no había hecho que olvidara nada del tiempo en que había sido cazador de demonios.
—Bien, Satoru, es hora de cambiar la espada.
Pensó en Hikaru cuando su abuelo le entregó la espada de metal, esperaba que él también estuviera ya en otro nivel de su entrenamiento.
—Una vez que domines esa espada, pasaremos a otras armas —indicó Kenshin—. En teoría todo es lo mismo, pero como te habrás dado cuenta, el peso es diferente y podría causarte contratiempos, así que sé cuidadoso.
—Hai, ojiisan.
Todo el cuerpo de Satoru estaba adolorido tras la primera semana, tanto por el regreso al entrenamiento como el cambio de arma, porque conllevaba más peso con el cual moverse.
Pero a pesar del dolor y el cansancio, había algo más que le daba el entrenamiento: Una distracción. Mientras se enfocara en hacer las cosas bien, su mente no volaría en dirección a la pérdida de sus padres; era un pesar que seguía con él, pero tenía que aprender a sobrellevarlo y el entrenamiento era el pretexto perfecto para hacerlo.
Dominó la espada sin filo en un mes. Un mes de arduo trabajo, mejorando tanto su resistencia y fuerza, como su destreza.
—Satoru —lo llamó su abuelo un día, antes de comenzar con el entrenamiento—. Es momento de que escojas tu arma.
Satoru no tuvo que observar las armas, su mirada estaba fija en su abuelo.
—Quiero la katana. Quiero ser tan bueno como tú.
—No.
—Pero… ojiisan…
—Tú ya dominas la espada y sé que eres capaz de dominar alguna otra arma aún mejor.
No había pensado en otra opción, siempre tuvo en mente la katana, así que, mientras sentía la mirada de su abuelo sobre él, negó con la cabeza.
—Entonces puede ser lo que sea.
—Las dominarás todas, por supuesto —aclaró Kenshin—. Pero debes tener una que sientas totalmente tuya, muchas veces eso hace la diferencia entre la victoria y la derrota.
Satoru echó otra mirada a las armas, aunque sin decidirse por alguna.
—Está bien si no quieres escoger justo ahora. Entrenaremos con todas las que tenemos y encontrarás afinidad con alguna.
—De acuerdo.
—Mientras tanto, seguiremos puliendo esas habilidades.
Satoru sabía que no vería a Hikaru seguido, pero jamás pensó los Yamada tardarían dos años en volver a Shirakawa-go.
Un viernes, cuando volvió después de haber ido al riachuelo más cercano y completar una serie de ejercicios, se encontró con los Yamada en su casa, tomando té en compañía de su abuelo.
—¡Satoru-kun!
Hikaru se puso de pie de inmediato, se acercó a él e hizo una leve inclinación de cabeza, lo que logró arrancarle una sonrisa a Satoru.
—Ya te dije que dejes de hacer eso.
—Acompáñanos, Satoru —lo llamó su abuelo.
Kenshin les estuvo platicando cómo era la vida ahí y sobre el entrenamiento de Satoru, aunque ni él ni Ryohei mencionaron palabra alguna sobre la compañía.
—Parece que has mejorado mucho, Satoru —comentó Ryohei, luego puso un brazo sobre el hombro de su hijo, quien estaba sentado a su lado—. Espero estar entrenando a Hikaru igual de bien o vas a dejarlo atrás.
—¡Otousan!
Ryohei se rio, le palmeó ligeramente la espada a su hijo y dio otro sorbo al té.
—¿Por qué no me muestras cómo vas? —preguntó Satoru, mirando a su amigo—. Solíamos entrenar juntos, podríamos hacerlo de nuevo, aunque sea por hoy.
—¿Podemos, otousan?
—Sí al Kaichou-sama le parece bien, no tengo inconveniente.
—Por mí está bien.
Ambos niños se levantaron de inmediato y Satoru le indicó a Hikaru el camino para ir al piso de arriba. Cuando Kenshin y Ryohei llegaron, cada uno ya había escogido un arma. Satoru tenía una naginata[18] de doble cuchilla (aunque, por precaución, tenía cubiertas las cuchillas), mientras que Hikaru había escogido un nunchaku[19].
—Sean cuidadosos —fue todo lo que Kenshin dijo.
Tanto Satoru como Hikaru comenzaron a moverse, asestando golpes al arma del otro, sin intención alguna de lastimarse. Sin embargo, dado a que no era un combate real, lo que Ryohei y Kenshin realmente observaban eran sus movimientos, la fuerza empleada en los golpes, la velocidad para llegar al otro o escabullirse.
Ryohei y Kenshin los dejaron continuar hasta que ambos niños necesitaron tomarse un descanso.
—Bien hecho, chicos —dijo Ryohei.
Después de haber guardado las armas, decidieron dar un paseo por la aldea. Dejaron que los niños fueran delante y Ryohei notó que Satoru señalaba aquí y allá, mientras susurraba algo a Hikaru.
—Veo que Satoru se ha adaptado bien.
—Lo mejor que ha podido —contestó Kenshin—. Estoy consciente de que no es, ni de cerca, lo que él hubiera querido.
—Solo está cuidando de él, Kaichou-sama.
—Puedes dejar de llamarme así, Ryohei. Ya no soy nadie dentro de la compañía.
—Usted se desempeñó impecablemente mientras era cazador y se preocupó de que todo estuviera bien en la compañía, aunque ya no sea parte de ella, sí que merece el título.
—Es un título que sigue ligándonos a un pasado que ya no es parte de nuestra vida, por favor, ya no lo hagas. Y puedes decirle a Hikaru que también deje de hacerlo con Satoru, de cualquier manera, él nunca apreció el gesto.
Se detuvieron cuando llegaron al restaurante favorito de los Matsui. Comieron tranquilamente, entre risas, y cuando la tarde estaba por caer, regresaron a la casa.
—¿Escuchaste la plática de mi abuelo y tu padre mientras estábamos en la aldea? —preguntó Satoru, cuando ya estaban metidos en los futones.
—¿Qué plática? —Hikaru, definitivamente, no había prestado atención.
—No importa.
—Entonces… ¿de verdad no serás un cazador? Siempre pensé que iríamos a misiones juntos.
—Yo también, pero mi abuelo me dijo que eso no pasará.
—Otousan nunca habla de eso y, aparentemente, nadie en Tokio sabe nada de ustedes.
—Creo que es lo que mi abuelo quería.
—Quien sabe, quizá después cambien de opinión.
—Quizá.
Aunque Satoru sabía, muy en el fondo, que no lo haría.
Un par de meses después de la visita de los Yamada, Kenshin llevó a Satoru al salón de armas y le entregó algo cuidadosamente envuelto en suave tela.
—Hay un par de cosas a considerar de ahora en adelante —anunció Kenshin—. Primero, quiero que trates de dominar esta arma. —Señaló lo que le había entregado.
Satoru quitó la tela y se encontró con un arma reluciente.
—Se parece un poco a un kusarigama[20], si tuviera dos hoces.
—Quizá fue la base de su creación, pero ciertamente no es uno.
Lo que Satoru tenía en las manos eran dos gruesas cuchillas en color oro viejo, con empuñaduras negras unidas por una cadena.
—Es un arma que ha pasado de generación en generación en la familia Matsui —explicó Kenshin—. Aunque nadie pudo dominarla en realidad.
—¿Quieres que la use?
—Tengo fe en que tú serás diferente. —Miró a su nieto con orgullo—. Ya dominas todas las demás armas y sé que la naginata es tu favorita, pero quisiera que intentaras con ésta.
—De acuerdo, ojiisan.
—Y la otra cuestión es… —Suspiró—. Hay un motivo por el cual los Matsui éramos uno de los pilares de la compañía. Podemos hacer invocaciones.
Satoru miró a su abuelo con expresión de confusión.
—¿Invocaciones?
—Déjame mostrarte, es más fácil.
Sacó un rollo de pergamino, el cual abrió y puso sobre el piso, estaba lleno de kanjis[21], aunque Satoru no alcanzó a leer nada, porque su mirada fue a parar al corte que su abuelo acababa de hacerse en un dedo. La sangre cayó sobre el papel, pero no lo manchó, sino que lo absorbió, entonces Kenshin hizo algunos movimientos con las manos y el pergamino brilló.
—Esta es la forma en que traje todas las armas desde Tokio. —Metió la mano al pergamino y, cuando volvió a sacarla, tenía en ella un par de kunais[22].
—¿Yo puedo hacerlo también? —Tocó el pergamino, pero su mano se quedó sobre el papel, no lo atravesaba como su abuelo.
—Con el debido estudio y dedicación, sí. —Le entregó los kunais, eran reales, no se trataba de una ilusión—. Funciona solo para la persona que hace la invocación.
—Esto es… ¿magia?
—Nosotros simplemente le llamamos manipulación de energía. —Se alzó de hombros—. Todo lo que invoques viene directamente de tu energía, así que entre más hagas, más cansado te sentirás.
—¿Qué más podemos hacer?
—Existen muchas clases de invocación. —Cerró el pergamino—. Tengo un libro que te tendrás que leer.
—¿Otousan y tú usaban invocaciones cuando eran cazadores?
—En ocasiones, pero a pesar de lo que puedas estar pensando, no era nuestra arma principal. Invocar, si no se hace de la forma correcta, puede simplemente no funcionar, lo que te deja vulnerable si estás en medio de una pelea.
—Entonces, a partir de ahora, ¿vamos a entrenar con las cuchillas y con las invocaciones?
—Con las cuchillas, mientras por tu parte lees el libro que voy a entregarte. Necesitas familiarizarte con el tema de las invocaciones y, posteriormente, elegir cuáles deseas intentar. —Movió el rollo de pergamino—. Ésta es una básica, así podrás cargar armas sin que sean detectadas, pero deberías escoger por lo menos otra invocación a dominar.
Satoru asintió, aún mirando el pergamino, asombrado.
—Lo harás bien. Después de todo, tenemos mucho tiempo para practicar.
Los Yamada los visitaban una vez por año, aunque nunca en la misma fecha.
Siempre se quedaban un fin de semana, en el cual, Satoru e Hikaru tenían combates «amistosos» para saber el nivel del otro, después paseaban por la aldea y luego regresaban a casa.
Pasaron tres años antes de que Satoru le contara a Hikaru sobre el poder de las invocaciones. Lo hizo hasta que pudo controlarlas, quería poder enseñarle de qué se trataba.
En aquella ocasión, para el segundo día de visita de los Yamada, hicieron un pequeño picnic junto a uno de los riachuelos. Mientras Kenshin y Ryohei trataban de pescar algo, Satoru le contó a Hikaru sobre el don de los Matsui.
—¡Sugoi[23]! —exclamó Hikaru al terminar de escuchar a su amigo—. Supongo que por eso su familia siempre fue importante en la compañía.
—Eso parece.
—¿Puedo ver?
—Claro.
Satoru comenzó a mover las manos. Cerró los ojos, para concentrarse mejor, y fue hasta que escuchó una exclamación de sorpresa de Hikaru, que supo que estaba hecho.
Un zorro pequeño estaba frente a ellos. Hubiera pasado por un zorro común y corriente, pero tenía los ojos iluminados por un resplandor blanquecino.
—¿Puedo tocarlo?
—Sí, no te atacará si no se lo ordeno.
Hikaru se acercó y le acarició la cabeza; el zorro, dócilmente, se dejó tocar por él.
—Vaya, vaya, alguien tiene un shikigami[24] de mascota.
Kenshin y Ryohei se habían acercado a ellos, cargando unos cuantos pescados que habían sido su presa.
—¿Cuántos puedes invocar, Satoru? —preguntó Ryohei.
—De momento, solo el zorro —contestó Satoru, un poco decepcionado.
—Sé que te parece poco, pero créeme, no cualquier puede invocar un shikigami y hacer que le obedezca.
—¿Habías visto alguno, otousan? —Hikaru miró a su padre, sin dejar de acariciar al zorro.
—Esta es la primera vez, aunque sabía que existían.
—Satoru ha sido muy disciplinado. Por ahora solo tiene al zorro, pero ya está trabajando en dominar un shikigami nuevo. No dudo que lo logre pronto. —Kenshin le guiñó un ojo a su nieto.
Ryohei había dejado de llamar Kaichou-sama a Kenshin y Hikaru había dejado de hacer inclinaciones de cabeza hacia Satoru, después de tantos años, era solo una reunión de viejos amigos.
—Entonces… ¿cuántos shikigamis podrás invocar?
—No sé, en realidad —contestó Satoru, acomodando los últimos mangas que le había llevado Hikaru, su habitación ya tenía un librero lleno de ellos, era un gusto que seguían teniendo ambos—. Depende mucho de mi energía, porque están ligados directamente a ella. —Se sentó al lado de su amigo cuando terminó de acomodar—. El zorro, de hecho, podría ser más grande, pero todavía me cuesta impregnarle más energía, porque tengo que seguir otorgándosela constantemente para que no se desvanezca de un momento a otro.
—¿No hay alguna forma de que generes más?
—No es tan sencillo. Mi abuelo me ha enseñado a ir aumentándola, pero tampoco tenemos energía infinita —explicó—. Es como cualquier ejercicio físico, forzas a tu cuerpo un poco más cada vez para que tenga más resistencia, lo mismo pasa con mi energía, trato de mantenerla más cada vez que la uso, aunque es un proceso lento.
—Aun así, es asombroso —aseguró Hikaru, ya acomodándose dentro del futón—. Serás un cazador extraordinario.
—Solo que no seré un cazador.
—Que no seas parte de la compañía no quiere decir que no lo serás. Solo digamos que serás más libre de decidir qué hacer con tu tiempo.
Quizá Hikaru tenía razón, ¿sería una de las razones por las cuales su abuelo había decidido que dejaran Tokio?
—Sea como sea, seguiré esforzándome. No puedo hacer invocaciones, pero no voy a dejar que me ganes tan fácilmente en los combates cuerpo a cuerpo.
—Jamás ha sido fácil ir contra ti. —Satoru se rio—. Eres muy bueno, Hikaru, no lo dudes ni por un momento.
—Si lo dice un Matsui, me siento halagado.
Las visitas de los Yamada se terminaban en un cerrar de ojos, por lo menos, así lo sentía Satoru. Siempre se quedaba algo melancólico cuando tenían que irse, sabiendo que no los vería en meses.
Su abuelo nunca le había prohibido hacer amistad con los aldeanos, aunque sí era muy insistente en que debía estar siempre alerta, porque a pesar de que nadie de la compañía parecía saber dónde estaban, no podían arriesgarse, así que la solución más fácil que encontró Satoru fue no relacionarse con nadie, más allá de pequeñas interacciones necesarias cuando visitaba la aldea. Entre menos gente hubiera en su vida, menos tendría que preocuparse porque algo saliera mal.
—¿Estás listo?
—Hai, ojiisan.
Satoru no notó nada fuera de lo normal, pero repentinamente, su abuelo le había dicho que estaba hecho.
—Ya retiré la protección. Se extendía varios metros más allá de nuestra casa, para no tener que preocuparnos por visitas indeseadas.
«Demonios», pensó Satoru. Con él siendo un niño, sin entrenamiento finalizado y sin saber hacer invocaciones, hubiera sido complicado que su abuelo se encargara de alejarlos todo el tiempo.
Pero ya no era un niño, tenía dieciséis años y estaba muchísimo más preparado que cuando se habían mudado a Shirakawa-go.
—Los demonios no parecen tener predilección al momento de atacar, aunque, de alguna manera, el aura de un cazador parece ejercer cierta atracción, así que es mejor tener este tipo de protecciones —explicó Kenshin—. A diferencia de las otras que has aprendido, las protecciones se invocan y quedan activas hasta que la persona decida retirarlas. Ahora lo harás tú.
—¿Cómo sabré si está bien hecha? —siempre dudaba cuando iba a hacer una invocación por primera vez.
—Bueno, si por la noche nos ataca algún demonio, lo sabremos.
—¡Ojiisan!
Kenshin soltó una carcajada.
—Vas a saberlo al terminar. Es como cualquier invocación, sabes cuando ha resultado, aunque otras personas no lo perciban.
Satoru se concentró e hizo la invocación. Su abuelo tenía razón, pudo sentir un tirón de energía que lo dejaba, para quedarse en la protección vertida sobre la casa y sus alrededores.
—Con esto hecho, vayamos a entrenar.
Kenshin hacía que Satoru entrenara lo más que pudiera. Por las mañanas, siempre le imponía ejercicios para aumentar su resistencia y su fuerza, tanto física como de energía, mientras que, por las tardes, se encerraban en el piso superior para pulir las habilidades con las armas.
De vez en cuando, Satoru tomaba otras armas, pero mayormente entrenaba con las cuchillas que le había dado su abuelo, las cuales había dominado casi en su totalidad. Podía manejarlas con tal destreza que eran casi una extensión de sus brazos, además, tenían un filo sinigual, tanto que, en una ocasión, sin querer, le hizo un pequeño corte a su abuelo con tan solo haberlo rozado.
Visitaban poco la aldea, básicamente para comprar víveres y cuando tenían ganas de comer fuera. Sin embargo, a través de los años, habían emprendido viajes a lugares cercanos, ya siendo un poco menos huraños con respecto a que alguien los reconociera, después de todo, Kenshin había envejecido y Satoru era ya un adolescente, no sería tan fácil que los reconocieran, en caso de que en realidad alguien los estuviera buscando.
A veces visitaban el santuario Shirakawa Hachiman, que generalmente tenía poca afluencia, y Satoru creía que era el favorito de su abuelo, siempre que iban, lo notaba tranquilo, casi como si nada de su pasado le preocupara (cosa que estaba seguro que no era verdad). En otras ocasiones, visitaban Kanazawa o Takayama, que eran ciudades más grandes que Shirakawa-go y no estaban lejos, así que podían ir y regresar el mismo día.
Para otras personas podría parecer una vida ordinaria y aburrida, pero para Satoru se había convertido en algo valioso que proteger. Su vida en Tokio era ya un recuerdo lejano, no extrañaba el bullicio de la ciudad ni las comodidades de su casa anterior. Mientras vivía en Tokio, no había tenido tanto tiempo para convivir con sus padres como hubiera sido lo normal para un niño, así que Kenshin se había convertido en todo para él, proteger su tranquila forma de vida con su abuelo ahora era lo más importante.
—¡Satoru-kun!
Hikaru se había acercado a él rápidamente y le había dado unas palmadas en la espalda a su amigo como forma de saludo. Había crecido en el último año y rebasaba a Satoru por unos pocos centímetros.
Ryohei iba tras su hijo, aunque saludó a Satoru de forma menos efusiva.
—Ojiisan está adentro, ya los espera.
—Gracias por siempre recibirnos.
—Al contrario, gracias por no dejar de visitarnos, Yamada-san.
Desde hacía algunos años, Satoru y Hikaru tomaban el té con Kenshin y Ryohei, luego tenían un combate corto y, finalmente, cada par de amigos se enfocaba en lo suyo.
Aquella tarde, Satoru y Hikaru fueron al riachuelo donde habían visto a su zorro por primera vez.
—Voy a enseñarte otro de mis shikigamis. Me tomó bastante tiempo, pero creo que te va a gustar.
Satoru hizo la invocación y, ante Hikaru, apareció una gigantesca águila, que batió las alas antes de acomodarse cerca de ellos.
—¡Es enorme!
—Ven, sube conmigo.
—¿En serio podemos montarla? —Hikaru estaba embelesado con aquel majestuoso animal de plumas cafés.
—Claro, por eso la hice tan grande.
Ambos subieron con cuidado, aferrándose fuertemente al águila, que comenzó a volar en cuanto Satoru lo ordenó.
Hikaru no dejó de reírse en todo el tiempo que estuvieron volando sobre el riachuelo, logrando contagiar a Satoru. El fresco aire de mitad del otoño les alborotó el cabello y, por breve momento, se sintió como si pudieran hacer eso siempre, sin preocuparse de nada más.
Después de algunos minutos, el águila descendió y acomodó su postura para que ellos pudieran bajar.
—Sé que no fue un paseo muy largo, pero mantenerla mucho tiempo todavía me cansa bastante.
—¡No bromees! ¡Fueron los mejores minutos de mi vida!
Satoru se rio. Hikaru, a excepción de sus visitas a Shirakawa-go, nunca había dejado Tokio, así que, como no viajaba demasiado, entendía perfectamente que ese breve vuelo lo hubiera emocionado.
—¿Qué hay del pequeño zorro?
Satoru hizo desaparecer el águila, para luego invocar al zorro.
—Hola, amigo. Creciste.
Satoru manejaba su energía mucho mejor, así que sí, había hecho que el zorro fuera más grande. Además de su abuelo, sus shikigamis eran sus únicos amigos mientras Hikaru no estaba, así que les tenía cariño. A pesar de que eran sus creaciones y lo obedecían, de alguna forma, Satoru sentía como si ellos correspondieran su afecto.
Estuvieron en el riachuelo hasta que el sol comenzó a ponerse. Cuando llegaron a la casa, Kenshin y Ryohei ya los esperaban para ir a la aldea y cenar en el restaurante que los Matsui frecuentaban.
Regresaron a casa hasta que los comercios en la aldea comenzaban a cerrar. El aire se había vuelto más frío y las luces que guiaban su camino le daba a la aldea un halo de ensueño.
—Satoru-kun… ¿por qué no tienes amigos?
—Los tengo a ustedes y al abuelo —contestó sin mirar a Hikaru, estaba acomodando el futón, ya que estaban a nada de acostarse a dormir.
—Me refiero a gente de aquí. Podrías, no sé, tratar de buscar gente de tu edad, quizá salir con alguna chica de la aldea.
—Mi abuelo siempre me ha pedido que sea cuidadoso, así que es más fácil cuidarnos las espaldas si en realidad nadie nos conoce.
—No creo que tu abuelo se refiriera a no socializar con nadie en lo absoluto.
—¿A qué viene todo esto?
—Cuando el invierno termine, ambos tendremos dieciocho años, lo que significa…
—Que comenzarás a ir a misiones.
—Sí. Sé que no venimos a Shiwakawa-go seguido, pero una vez que comience a participar en misiones, no tengo idea de cómo estarán mis tiempos. Sabes que van saliendo de la nada, según los demonios aparezcan. —Hikaru suspiró—. Espero que eso no afecte nuestras visitas, pero si no pudiéramos venir…
—Podrán visitarnos en algún momento, así que esperaremos a que regresen. —Miró a su amigo—. Solo quiero que prometas algo, Hikaru. Prométeme que serás cuidadoso en las misiones.
—Sabes que no soy un mal cazador, he entrenado duro.
—Eres más que bueno, pero también lo eran mis padres, y aun así… —Satoru bajó la mirada y cerró ambas manos en puños.
Hikaru se acercó a él y lo tomó del hombro, un silencioso gesto de apoyo.
—Te lo prometo, Satoru —dijo con solemnidad—. No tengo intención alguna de dejarme derrotar por un demonio. —Sonrió fugazmente—. Además, entrené contigo y hemos crecido a la par, bajo las enseñanzas de otousan y tu abuelo. Los dos vamos a estar bien.
—Vamos a estar bien —repitió Satoru, deseando con todo su ser que su amigo tuviera razón.
Era la primera vez que iban en busca de un demonio.
Muy esporádicamente, se habían topado a unos cuantos en sus recorridos, cuando caminaban entre los árboles que daban paso a las gigantescas montañas. Pero siempre habían sido demonios pequeños, que no representaban realmente una amenaza.
Satoru siempre se encargaba de eliminarlos, ya que era la única práctica en un escenario real que le podía dar su abuelo.
Pero aquella noche, se habían sumergido entre árboles más frondosos, que prácticamente no dejaban pasar la luz de la luna.
Kenshin había hecho una invocación que le permitía llevar una flama de luz blanca con él, que era lo que iluminaba el camino que estaban recorriendo. A su lado, Satoru caminaba a la par de su zorro, alertas ante cualquier indicio de ataque.
El demonio que buscaban había dejado animales muertos por el sendero del riachuelo y los rastros cada vez se acercaban más a la aldea, así que no podían ignorarlo. Por la forma en que mataba, Kenshin suponía que tenía un par de colmillos mortales, así que era una de las cosas de las que había advertido a su nieto.
Tras una larga caminata, finalmente dieron con la entrada a una cueva, hecha naturalmente con el tiempo, en la parte donde la subida a la montaña comenzaba a empinarse.
—Su guarida, seguramente —anunció Kenshin, haciendo que la luz que llevaba se hiciera más tenue—. Atento, Satoru.
—Hai, ojiisan.
El ambiente estaba helado. A pesar de que la nieve había dejado de caer desde hacía un par de semanas, el invierno todavía no terminaba. El viento soplaba, rodeándolos con un silbido espeluznante.
Entonces oyeron el siseo, a la vez que algo se arrastraba con gran velocidad, directamente hacia ellos.
—Satoru.
Su abuelo no tuvo que decir más, sacó las cuchillas que llevaba sujetas a la espalda y el metal brilló en contraste con la luz que producía Kenshin.
—¡Está arriba! —gritó Satoru, alertando a su abuelo y moviéndose con rapidez, para evitar el golpe de una enorme cola.
Al haber fallado el golpe, el demonio finalmente bajó del árbol, enroscándose frente a ellos. Sus ojos de rendija se abrieron en totalidad, mientras les mostraba los colmillos, que chorreaban un líquido viscoso.
—Hebi[25] —susurró Kenshin.
El nombrarla pareció incitarla, así que la serpiente fue por él.
Era tan grande y gruesa como uno de los árboles que los rodeaban, un ataque directo ciertamente sería crítico. Sin embargo, también la hacía un blanco fácil. Mientras la serpiente iba tras Kenshin, Satoru trepó a un árbol y después brincó a la espalda del demonio, aunque estuvo a punto de caer, ya que la piel escamosa era resbaladiza.
Clavó las cuchillas para sostenerse y para ralentizar la persecución del demonio, aunque con ello, la serpiente detectó en lugar exacto donde estaba el intruso. Poco a poco, de los laterales, las escamas comenzaron a moverse y alargarse, hasta tomar la forma de retorcidos brazos con garras, algo que tomó totalmente desprevino a Satoru, quien tuvo que retirar las cuchillas y comenzar a correr sobre el lomo para esquivarlas.
—¡A la cabeza, Satoru!
Siguió corriendo, cortando de tajo los brazos que estaba tratando de sujetarlo. Su zorro apareció repentinamente, asestado mordidas para ayudar a su amo a escapar.
Satoru escuchó el impacto de los kunais en la serpiente, su abuelo estaba atacándola desde abajo.
La cabeza de la serpiente estaba coronada con un par de cuernos retorcidos, tan negros como el mismo demonio. Estaba a un par de metros de alcanzarlos, cuando uno de los brazos de la serpiente le atrapó una pierna, encajándole las filosas garras, lo que provocó que tropezara.
Su zorro apareció entonces, cortando el brazo con una mordida.
—Arigatou[26] —le susurró.
Se levantó. La pierna le punzada y podía sentir la sangre corriéndole hacia el tobillo, pero eso no lo detuvo. Con las cuchillas, escaló hasta lo más alto de la cabeza y, cuando llegó hasta ahí, encajó ambas sobre el hocico de la criatura, logrando cerrárselo y atravesarlo por completo.
Eso logró detener la persecución, ya que la serpiente había caído con tal fuerza, que el impacto logró levantar tierra.
A pesar de la tierra volando por todos lados, Satoru bajó de la serpiente de un salto, no sin sentir un tirón en la pierna lastimada.
El demonio siseó y comenzó a moverse de nuevo.
—Oh, no, no te irás —dijo Satoru—. ¡Ojiisan, aléjate de la serpiente!
No recibió respuesta, pero sabía que su abuelo le haría caso.
Con el agarre en la cadena que unía las cuchillas, comenzó a girarlas con fuerza y velocidad y, cuando supo que estaban listas, las soltó en dirección a la cabeza de la serpiente. Se movían tan rápido que generaban un destello dorado en la oscuridad y al llegar a la cabeza del demonio, tal cual un boomerang, la cercenó de tajo.
La serpiente dejó de moverse entonces, finalmente estaba muerta.
La luz de Kenshin se avivó, dejándoles ver que la monstruosa criatura comenzaba a convertirse en ceniza.
El zorro encontró el camino hacia Satoru, éste estaba guiando a Kenshin hacia él.
—Buen trabajo, Satoru.
La luz blanquecina le mostró a su nieto, con mechones de cabello alrededor del rostro, se habían soltado de la coleta que se había hecho; además, tenía el pantalón desgarrado de una de las piernas, donde se veía claramente la herida de las garras y cómo la sangre seguía saliendo.
—No es una herida grave, vas a estar bien. Vamos a casa.
x x x
Abrió los ojos, sobresaltado y respirando dificultosamente, como si todo ese tiempo hubiera estado reteniendo el aliento.
Estaba tirado sobre el camino que llevaba a su casa. Se puso de pie sintiendo latigazos de dolor por todo el cuerpo, pero sobre todo en el corte del hombro, que le había empapado la ropa de sangre.
Comenzó a caminar hacia la casa, casi arrastrando la pierna con la herida de icor. Su vista tampoco tan era clara debido al veneno que había recibido, pero después de tantos años de vivir ahí, se sabía el camino de memoria.
No tenía idea de quién lo había atacado o qué le había hecho, pero había logrado someterlo a un letargo involuntario, que lo había sumergido en todos aquellos recuerdos. No sabía con exactitud cómo es que había logrado liberarse de ese estado, pero al ser su abuelo lo último que vio, supo que aún tenía que ir a buscarlo, ir a ayudarlo y, repentinamente, todo en esas visiones había comenzado a emborronarse.
Al estar frente a la casa, vio que las luces en el interior estaban encendidas. Aunque eso no le dio tranquilidad, porque la puerta de entrada estaba ligeramente abierta y sabía que su abuelo jamás la dejaría así.
Cuando atravesó el umbral, vio a Kenshin tirado justo al lado del butsudan[27], que era donde tenían el kotsutsubo con los restos de sus padres. Corrió hacia su abuelo, ignorando el dolor que lo atacaba como aguijonazos.
—Ojiisan.
Satoru se hincó a su lado, para ayudarle a levantarse. Lo que encontró al girarlo fue una enorme mancha sobre el piso, ya que su abuelo tenía una herida en el abdomen. Buscó con la mirada, tratando de localizar al atacante, pero no había nadie, solo ellos y la katana de Kenshin a pocos metros de distancia, con la hoja teñida en rojo.
—Ojiisan, ¿qué ha pasado?
—Satoru… —lo llamó, la voz llena de agonía—. Perdón.
—No te disculpes, encontraremos a quien te hizo esto. —Intentó levantarlo, pero su abuelo no estaba ayudando, no trataba de moverse—. Debemos conseguir ayuda.
—Es demasiado tarde. La herida que me hice es mortal.
¿Había escuchado bien? ¿Había dicho que se había lastimado él mismo?
—Estás muy débil, no sabes lo que dices.
—Sí que lo sé —respondió, respirando con dificultad—. No fui lo suficientemente fuerte para combatirlo.
—Por favor, trata de levantarte. Tenemos que curarte —pidió, aunque su voz comenzaba a sonar llena de desesperación—. Todavía no domino ninguna invocación de curación, no puedo curarte yo mismo.
—Quisiera… haberte… dado… una… mejor… vida. —Cada vez le costaba más trabajo respirar—. Perdóname.
Antes de que pudiera contestarle algo, se dio cuenta de que su abuelo había dejado de respirar.
—No, por favor.
Tomó el cuerpo de su abuelo, todavía tibio, y se abrazó a él, como si eso fuera a devolverle la vida. Se le llenaron los ojos de lágrimas y éstas comenzaron a caer sobre el rostro pálido de Kenshin.
—¿Satoru? ¡Satoru!
Alguien lo llamaba, ¿cuánto tiempo había pasado? ¿estaba soñando? Seguramente lo estaba, no podía ser posible que su abuelo estuviera muerto.
—Satoru, reacciona.
Sentía pesada la cabeza, no podía levantarla para mirar a quien lo llamaba. Sabía que seguía abrazando a su abuelo, aunque, en realidad, no sentía los brazos.
—¡Otousan! ¡Apresúrate!
¿Quién era? No pudo seguir manteniendo los ojos abiertos y, repentinamente, todo se volvió negro.
Lejano, como un eco, escuchaba voces, aunque no comprendía lo que decían. Su cuerpo se sentía muy pesado, como un bloque de concreto, y parecía como si su cabeza fuera a estallar en cualquier momento.
Las voces iban y venían, así como las dolencias de su cuerpo. Parecía estar en algún tipo de limbo, sin poder reaccionar.
Después de lo que pareció una eternidad, por fin pudo abrir los ojos.
—¡Otousan! ¡Está despierto!
Su visión estaba borrosa, le costó un par de minutos poder enfocar. Estaba acostado sobre el futón y, sentado a su lado, estaba Hikaru Yamada.
—¿Hikaru?
—Por fin despiertas, me tenías muy preocupado.
Los recuerdos del ataque llegaron a él como una ráfaga y su instinto fue levantarse, pero todo lo que pudo hacer en un primer intento, fue sentarse, lo que logró que un estallido de dolor le cruzara el hombro.
—Tranquilo, estás herido.
—Ojiisan. —Se liberó de las manos de Hikaru, que estaban tratando de recostarlo de nuevo—. ¿Dónde ésta?
A pesar de las heridas y del dolor, pudo levantarse y salió de la habitación, topándose de frente con Ryohei.
—Satoru.
—Ojiisan —volvió a murmurar y se apresuró a entrar a la habitación contigua.
Sobre el futón estaba un cuerpo, tapado en totalidad con una sábana blanca. Satoru se acercó, se sentó a su lado y lo descubrió, topándose con el rostro de su abuelo, tan pálido como el papel, pero completamente limpio, no había rastros de la sangre que lo había empapado.
—No, no, no…
—Satoru…
—¡No puede ser cierto! —gritó, a la vez que empuñaba las manos y las lágrimas volvían a salir a borbotones—. ¿Por qué no lo llevaron a otro lugar? Alguien podría haberlo salvado.
—Cuando llegamos, Kenshin ya estaba muerto —notificó Ryohei con tacto—. Y tú estabas muy mal. Si hubiéramos tardado un poco más, el veneno y la pérdida de sangre te habrían matado a ti también.
—Satoru, ven. —Hikaru lo tomó del hombro que no estaba lastimado—. Tienes que descansar. Aunque te dimos un antídoto, tardará en sacar todo el veneno, además, tu cuerpo recibió heridas graves que podrían abrirse si no reposas.
—No voy a dejarlo. No puedo.
Los Yamada no insistieron más, lo dejaron solo con el cuerpo de su abuelo. Fue hasta horas después que, preso del cansancio, Satoru volvió a quedarse dormido, momento que aprovecharon para regresarlo a su habitación.
La siguiente vez que Satoru despertó, estaba solo en la habitación. Después de estar mirando el techo por incontables minutos, decidió levantarse.
Al salir, se encontró con los Yamada, quienes estaban sentados alrededor del kotatsu. Ambos se levantaron al verlo.
—Ven, come algo.
Le habían llevado sopa, pero Satoru se negó a probarla, no tenía apetito. En realidad, no sentía nada, era como si su mente se negara a aceptar la realidad en la que estaba.
—Sé que no es el mejor momento, pero tenemos que hablar de Kenshin.
Satoru miró a Ryohei. Él y Hikaru iban vestidos de negro, presentándole respetos a su abuelo.
—Los trámites pueden ser engorrosos, sobre todo por la forma en que murió… pero, si quieres, puedo ayudarte a…
—No —lo interrumpió—. No vamos a decirle a nadie. Él quería desaparecer para el mundo y es lo que va a tener.
—Pero…
—Cremaremos su cuerpo y reposará al lado de mis padres. Sé que es lo que él hubiera querido.
—Aun así, para cremar el cuerpo…
—Yo puedo hacerlo. Yo lo haré.
Sabían que discutir con Satoru no los llevaría a ningún lado, así que dejaron el tema.
Habían pasado casi dos días desde que los Yamada habían encontrado a los Matsui en esa trágica situación. El tiempo estaba distorsionado para Satoru por todo el tiempo que había estado durmiendo, producto de todas las medicinas que habían tenido que aplicarle. Así que, cuando él dijo que podría hacer el proceso, Ryohei le dijo que no podía esperar demasiado.
Pero Satoru no pensaba esperar. Si de cualquier manera había perdido a su abuelo, no tenía caso seguir con su cuerpo en la casa, por lo menos debía dejarlo descansar como era debido.
Esperaron a que estuviera muy entrada la noche y emprendieron el camino hacia las arboledas. Satoru conocía los alrededores como la palma de su mano, así que supo dirigirlos hasta un lugar alejado, donde nadie pudiera verlos.
Habían llevado el cuerpo entre los tres y, detrás de ellos, el zorro de Satoru cerraba el grupo. Lo acomodaron en un espacio propicio y, tras unos segundos de silencio, en el que todos se despedían de él, Satoru hizo una invocación, que hizo saltar chispas y, en un abrir y cerrar de ojos, había cubierto el cuerpo de Kenshin.
Satoru no sabía cuánto tiempo había pasado cuando el fuego se extinguió. Los Yamada seguían a su lado y aluzaron el lugar para que Satoru pudiera recoger los restos de su abuelo; mientras lo hacía, el gañido de su zorro hacía eco entre los árboles.
Regresaron en silencio. Una vez en la casa, los Yamada entendieron que Satoru quería estar solo, así que no trataron de impedirle que se encerrara en su habitación.
Satoru apenas y probó bocado hasta el día siguiente, cuando se reunió con Ryohei y Hikaru alrededor del kotatsu.
—¿Cómo sabían que algo malo sucedía? —preguntó directamente Satoru.
—Kenshin y yo siempre mantuvimos contacto —contestó Ryohei—. En las últimas semanas, me comentó que habían estado sucediendo cosas raras en las ciudades cercanas. Él creía que se trataba de un demonio, pero no había encontrado rastro alguno.
Hikaru miraba a su padre y a su amigo sin decir palabra, aunque parecía bastante inquieto con la información que se estaba compartiendo.
—Así que, al final, su conclusión fue que se trataba de un demonio con aspecto humano.
—«Los demonios que se ven como humanos son los más peligrosos y difíciles de cazar» —susurró Satoru, citando a su abuelo.
—No estaba seguro de cómo lograba matar a sus víctimas o de qué ganaba haciéndolo, porque las que él pudo encontrar, no tenían rastro alguno de daño por parte de un demonio, todos eran… suicidios.
«La herida que me hice es mortal», las palabras de su abuelo le retumbaron en la cabeza.
—Traté de conseguir información al respecto, pero no tenemos muchos registros de demonios de esa categoría, así que no fui de mucho ayuda. —Negó con la cabeza—. Seguramente, de alguna forma, el demonio se dio cuenta y les puso una trampa.
Ryohei se levantó repentinamente, fue a la habitación que había sido de Kenshin, y regresó un par de minutos después, sosteniendo unas cuantas libretas.
—Encontré estos diarios. Al parecer, estaba registrando todo lo que iba encontrando al respecto. —Se los entregó a Satoru—. Sinceramente, no hay muchas cosas que nos puedan guiar hacia el demonio, pero sé que querrás saber qué es lo que estaba haciendo.
—Gracias, Yamada-san.
Tomó los diarios con fuerza y se retiró a su habitación.
Durante el siguiente par de días, lo único que hizo Satoru fue leer los diarios.
—¿Satoru-kun? ¿Puedo entrar?
—Adelante.
Hikaru entró a su habitación y se sentó al lado de su amigo, quien aún contemplaba las últimas páginas de uno de los diarios.
—¿Has encontrado algo importante? —preguntó Hikaru, aunque ya sabía la respuesta, su padre había sido claro al respecto.
—No en realidad. Si tan solo tuviera más información sobre demonios, si pudiera acceder a los datos que tiene la compañía…
—Mi padre ya buscó y no encontró nada que le fuera útil a tu abuelo —interrumpió—. Además… ellos no van a ayudarte.
Satoru miró a su amigo, un poco sorprendido ante el comentario.
—Cuando tu abuelo decidió abandonar la compañía, ellos no lo tomaron muy bien —explicó—. Desde ese momento… los Matsui fueron considerados traidores.
—¿Traidores?
—Por eso otousan me pidió no decir nada cuando era niño y por eso los visitábamos tan poco. Si se daban cuenta de que sabíamos donde estaban, a todos nos hubiera ido muy mal. —Suspiró—. No lo entendí en ese entonces, pero ahora que soy un cazador, he escuchado cuchicheos al respecto y todo encaja.
—Bien, si no me quieren ayudar, no me importa. —Cerró el diario de golpe—. Tendré que apañármelas con lo que mi abuelo dejó.
—¿Qué significa eso, realmente?
—Al parecer, lo que está haciendo el demonio es solo una parte de algo más grande —contestó Satoru—. Y creía que, para detenerlo, necesitaría la ayuda de alguien que tiene un tipo de don.
—¿Cómo ustedes?
—No lo creo. De ser así, hubiera sido suficiente con nosotros. Menciona a una chica con habilidades extrasensoriales.
—¿Eso va a ayudar a encontrar a un demonio?
—Mi abuelo creía que sí.
—Bueno, de acuerdo. ¿Y dónde está esa chica? ¿Hay forma de que la encontremos? ¿Vive en alguna ciudad cerca?
—No, para nada.
—¿Qué quieres decir? ¿Vive en alguna aldea recóndita, como ustedes?
—No, es aún peor. Vive en otro país.
—¿¡En otro país!?
—Sí. En México.
—¿¡Qué!? Debes estar bromeando.
—Esa es la información que está en los diarios.
—Debe haber alguna otra forma. No puedes irte a México así como así.
Satoru dudó momentáneamente, aunque al final, negó con la cabeza.
—Tengo que ir.
—¿Y qué diablos piensas hacer allá? ¿Cómo vas a encontrarla siquiera?
—Mi abuelo dejó algunas pistas, me las arreglaré de alguna manera.
—Satoru…
—Tengo que encontrarla y, entonces, vengaré la muerte de mi abuelo.
[1] Tipo de yokai que cuenta con la capacidad de transformarse en una hermosa mujer, por lo que recibe los nombres de «esposa enredadora» y «araña prostituta».
[2] Son una clase de criaturas pertenecientes al folclore japonés. Algunos tienen partes animales, humanas o de ambos. Pueden ser espectros, espíritus o demonios.
[3] Abuelo.
[4] Sí.
[5] Mamá.
[6] Papá.
[7] Usado como sufijo para referirse a la cabeza de una compañía.
[8] Es un sable curvado de filo único y punta aguzada.
[9] Urna.
[10] Perdón.
[11] Estilo arquitectónico típico del Japón rural durante la época feudal. Significa «manos juntas para rezar» debido a que sus tejados tienen una gran inclinación para soportar las intensas nevadas de los inviernos.
[12] Puerta tradicional en la arquitectura japonesa. Consiste en papel japonés traslúcido con un marco de madera.
[13] Marco de mesa bajo hecho de madera y cubierto por un futón o una cobija pesada, sobre el cual se apoya la superficie de la mesa. Debajo hay un brasero, calentón o estufa, que a veces es parte de la estructura de la mesa misma.
[14] Es un tipo de chimenea sumergida tradicional en Japón. Consiste en un hoyo cuadrado en el suelo con gancho para ollas.
[15] Baño japonés de agua caliente.
[16] Es un dumpling tradicional de la gastronomía japonesa elaborado con mochiko (harina de arroz), y derivado por lo tanto del mochi (pastel de arroz glutinoso).
[17] Es la palabra japonesa para designar las historietas en general.
[18] Arma que consiste en un palo o vástago, en cuyo extremo se fija una hoja metálica o cuchilla puntiaguda.
[19] Arma formada por dos palos cortos, generalmente de entre treinta y sesenta centímetros, unidos en sus extremos por una cuerda o cadena.
[20] Arma compuesta por una hoz unida a una cadena con una longitud entre uno y tres metros y que tenía un peso de hierro o piedra en su extremo.
[21] Sinogramas utilizados en la escritura del idioma japonés.
[22] Pequeños objetos en forma de punta de lanza que se lanzan sobre los enemigos como si fueran cuchillos.
[23] Término para describir que algo es «fenomenal» o «extraordinario».
[24] Término utilizado para los espíritus invocados por un onmyoji o un hechicero japonés. Se utilizan para proteger y servir a su amo.
[25] Serpiente.
[26] Gracias.
[27] Pequeño altar armado en un mueble de madera. Estos santuarios privados se utilizan para honrar a los muertos. Debajo del butsudan por lo general se encuentran fotos de familiares que han fallecido.



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