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La doncella de los espíritus

  • Selene Ortega
  • 21 abr
  • 55 Min. de lectura

—¡Apresúrate! ¡Las demás nos están esperando!

Lucía caminó apresuradamente hacia la puerta que la llevaría directamente a la calle, donde su mejor amiga esperaba, mientras movía impacientemente las llaves en su mano.

No tenía deseos de ir, pero Victoria (o Vicky, como todos la llamaban) había sido terriblemente insistente y terminó aceptando, después de todo, era la única amiga en la que confiaba, aunque había un secreto que no le había dicho ni a ella ni a nadie.

Cuando llegó a la acera, Vicky ya se había subido al coche, así que Lucía, después de un largo suspiro, tomó el asiento de copiloto.

—¿Sobre qué dices que es la reunión?

—Es algo casual, solo para entretenernos.

Lucía frunció el ceño, eso no le dejaba saber nada en realidad, pero su amiga no soltó prenda y permaneció el resto del camino cantando a la par de la música de la radio.

Llegaron al apartamento de Joana, una de sus «amigas», aunque sabía que, en realidad, todas ellas apreciaban solo a Vicky, pero su apellido pesaba demasiado para que decidieran repudiarla del grupo.

En cuanto Lucía estuvo frente a la entrada, supo que algo no estaba bien. Un escalofrío la recorrió y su reacción inmediata fue de huir, pero Vicky ya había tocado el timbre y la tomó de la muñeca para hacerla pasar en cuanto Joana abrió la puerta.

A Lucía se le erizaron los vellos en cuanto estuvo adentro. Todo el lugar estaba pobremente aluzado con unas cuantas velas colocadas aquí y allá, y cuando alcanzaron la sala, vio que Joana se sentaba de nuevo sobre el piso, cerca de las otras dos chicas que rodeaban una mesa que tenía un tablero sobre ella.

—¿Qué creen que hacen? —preguntó Lucía en tono enfadado.

—Estaban tardando demasiado, así que comenzamos sin ustedes.

No era eso lo que Lucía estaba reclamando, sino que el tablero sobre la mesa era una ouija. Sintió cómo alrededor de ella algunas presencias comenzaban a vagar, no eran fantasmas, como posiblemente las chicas pensaban, sino otra cosa, algo peor.

—No deberían estar jugando con algo así. —Lucía no se había movido, se dedicaba a pasear la mirada por la sala, cuidándose del acecho que las demás no percibían.

—No es gran cosa, Lu. Sabemos que tu familia es católica y quieres alinearte a sus creencias, pero deberías dejar de ser tan anticuada, solo es para entretenernos un rato —soltó Joana con tono impaciente.

Joana sabía que odiaba que le dijeran Lu; ella decía que se escuchaba con más estilo, pero Lucía sabía que la llamaba así solo para molestarla. Sin embargo, ignoró su intento de provocarla al mencionar su nombre y las creencias de su familia, ya que su atención estaba en aquellas presencias que sentía y que la estaban hostigando.

—No es eso, es…

—Vamos, Lucy —le susurró Vicky, mientras las otras chicas enfocaban su atención al tablero—. Solo queremos preguntar algunas cosas.

—Esto está mal.

—No tardaremos.

Vicky le sonrió y la jaló para que ambas se sentaran alrededor de la mesa.

Lucía cerró los ojos con fuerza, mientras permanecía ahí, escuchando la risita tonta de Joana mientras preguntaba si su novio la llevaría de viaje a Europa, como ella le había sugerido sutilmente.

Las demás comenzaron a preguntar también; a Lucía le parecía que cada pregunta era más tonta que la anterior y maldecía internamente porque por diversión estaban invocando algo que no comprendían, sin saber que ni siquiera estaban obteniendo respuestas verdaderas, ellos siempre mentían para obtener algo mientras embaucaban a los humanos.

Lucía sintió una respiración sobre la nuca y el frío le recorrió la columna, esos entes estaban tomando fuerza porque las chicas no cortaban la conexión. Trató de ignorarlos, enfocando la mirada sobre el tablero, que no dejaba de moverse; si no los miraba, quizá la dejaran en paz. Pero, aun así, los sentía revoloteando a su alrededor y unos borrones oscuros le eran perceptibles de reojo.

Cuando sintió que le rozaban el brazo, Lucía se puso de pie instintivamente y retrocedió, con el miedo carcomiéndola y el corazón a punto de salírsele del pecho. Aún no tenían una forma homogénea, pero si seguían con aquella tontería, las cosas se iban a salir de control.

—¿Lucy? —la llamó Vicky, a la vez que se ponía de pie para acercarse a ella—. ¿Estás bien?

Pero al llamarla, ellos también lo hicieron. Su nombre resonó como un eco a través de la sala, como murmullos destinados a sumergirse en su mente, además de sollozos, o eran… ¿risas? Se estaban burlando de ellas, de lo fácil que les había resultado invadir aquel espacio. Y sus «amigas» ni siquiera se daban cuenta, solo ella.

—Chicas, ya basta, Lucy está asustada.

Vicky se levantó y encendió la luz. Joana resopló y las demás abuchearon, creyendo que todo había terminado. Pero no para Lucía. A pesar de que apagaron las velas, balbucearon algunas palabras para «finalizar» la sesión y guardaron la tabla, ella los seguía sintiendo.

Lucía no esperó más y salió del apartamento a trompicones. Nunca había sido fácil hacerlo llevadero, pero cuando se veía metida en un ambiente totalmente propicio para lo sobrenatural, su control era hecho trizas.

Escuchó que Vicky la llamaba, pero no se detuvo, tenía que alejarse de ellos, quería librarse de la sensación de tenerlos a su alrededor. Aunque tampoco era fácil, no viviendo en una ciudad tan colonial como era aquella, llena de edificios de cantera, con paredes llenas de secretos y espíritus que siempre tenían algo que decir, que pedir, de que quejarse.

No había sentido que estuviera tan lejos de casa cuando viajó con Vicky, pero al ralentizar sus pasos, notó que aún le faltaba buena distancia para llegar.

Y, sin embargo, cuando lo hizo, no estaba mejor. Todavía percibía un poco esa sensación de electrificar que flotaba en el aire que a veces venía acompañado de un ente no llamado y que siempre la hacía sentir tan pequeña y temerosa.

Al entrar, fue directamente al piso de arriba, para tomar un baño, quería dejar de pensar en lo que había sucedido, aunque sabía que su ducha no lograría que esa desagradable sensación desapareciera, nunca lo hacía.

Estuvo acurrucada en la cama el resto de la tarde, su pequeña escapada había resultado fatal, ese desagradable encuentro le había succionado toda la energía. Dejó la puerta del balcón abierta, porque en las últimas semanas había estado haciendo demasiado calor y no quería ser víctima de eso también.

Y así, en algún punto mientras la noche caía, Lucía se quedó dormida.

Entre sueños, creyó escuchar algo, pero estaba demasiado cansada para abrir los ojos, así que lo ignoró. Hasta que un golpe la despertó. Había sido tan estruendoso, que había hecho saltar a Lucía y logró que finalmente abandonara la cama.

La habitación estaba prácticamente a oscuras, de alguna forma, la puerta del balcón estaba casi cerrada, solo dejaba entrar por el resquicio una fina línea de luz lunar. Y a pesar de que no podía ver casi nada, sabía que algo había cambiado desde que se había recostado.

Dio unos cuantos pasos, tratando de encontrar a tientas el interruptor de la luz, necesitaba saber qué era eso que estaba rondando, porque podía sentir algo moviéndose en la habitación. Cuando finalmente encontró el interruptor, lo presionó, pero nada sucedió, seguía a oscuras.

El temor y la angustia se apoderaron de ella, dejándole saber que lo que rondaba no era bueno. A través de los años, había aprendido a identificar algunas sensaciones que, de alguna manera, iban ligadas a cada ente o espíritu.

«No, no, no. Vete, déjame», se repetía en su mente, tenía que controlarse, ser fuerte. Pero la respuesta a su plegaria interna fue solo un sonido flotando en el aire, comenzó como una risita burlona que poco a poco trasmutó a un gruñido.

Luego murmuraron su nombre. Deseó que fuera su imaginación, pero sabía que no lo era, porque desde que tenía uso de razón, su nombre había sido usado con más frecuencia de lo que hubiera querido y no siempre de parte de los humanos.

«Déjame entrar».

Se tragó un chillido y caminó un par de metros hacia la puerta. Al encontrar la perilla y girarla, la puerta no se abrió. Presa de la desesperación y el miedo, intentó de nuevo, con más fuerza, pero el resultado fue el mismo.

«Déjame entrar», resonaron de nuevo las palabras en su cabeza, porque sabía que no era una voz real, no una voz que alguien más escucharía si estuviera ahí.

—¡No! —gritó Lucía con fuerza—. ¡Vete!

Una risa ronca fue la respuesta.

Y entonces Lucía cayó en cuenta de otra cosa: No se escuchaba ningún otro sonido. Su casa estaba en un barrio exclusivo y tranquilo, y aunque no había gran fluencia de coches o personas caminando por la acera por las noches, siempre se escuchaba algo: Los aspersores que se encargaban de mantener el césped vivo, algún grillo despistado cerca de la jardinera o el débil murmullo de la música del vecino de al lado. Pero en ese momento, la habitación estaba envuelta en un silencio sepulcral, roto únicamente por la espeluznante voz que la estaba atormentando.

«Vas a quedarte aquí».

¿Quedarse? ¿A qué se refería? ¿A su habitación? No podía retenerla ahí por siempre, ningún espíritu antes había sido tan persistente o poderoso para hacer que lo escuchara por mucho tiempo.

«Nos llamaron y vinimos. Y tú serás mi entrada».

Lucía comenzó a sudar frío. «Nos llamaron y vinimos», había murmurado la voz, y eso solo podía significar una cosa: Era uno de los entes que habían convocado con la ouija. Se había aferrado a ella, la había seguido a casa y se negaba a regresar al lugar de donde había salido.

No lo quería ahí, atosigándola, no podría soportarlo. Pero se sentía perdida. En alguna otra situación, ya hubiera sido lo suficiente fuerte para alejarlo, ¿por qué está vez era diferente?

Más risas flotaron a su alrededor y Lucía se tapó los oídos, apretándolos tan fuerte con las manos que casi llegaba a ser doloroso.

Retrocedió y sintió el filo de la cama, así que se giró para subir en ella y perderse entre las cobijas. Justo en ese momento, la puerta del balcón se abrió violentamente, a raíz de un furioso rugido del viento, haciéndola gritar por el inesperado estruendo. La luz de la luna le ayudó a ver mejor, encontrándose con otra aterradora visión: Ella sobre la cama.

¿Cómo era posible? ¿Era un engaño del ente para asustarla? No podía estar en dos lugares al mismo tiempo…

«Tú serás mi entrada. Tu alma se quedará aquí y vagará eternamente».

Un borrón negro apareció al otro lado de la cama, un ser amorfo, pero enorme, tanto, que casi tocaba el techo de la habitación. Lucía sintió las lágrimas bailar en sus ojos, a la vez que veía su cuerpo aún sobre la cama, a escasos centímetros de aquel ente que quería quedarse con él.

Una garra salió de aquella oscuridad y se acercó al rostro sobre la almohada.

—¡No! —gritó desgarradoramente.

Lucía trató de tomar la garra para detenerla, pero no había nada corpóreo que pudiera sujetar, solo la atravesó, lo que le causó un escalofrío que la paralizó.

Estaba desesperada ante su falta de movilidad, si tomaba su cuerpo, no podría recuperarlo jamás.

Entonces, una bola blanca cayó sobre la cama, bufando. El espíritu rugió y retrocedió, dejando a Lucía sorprendida.

Por un par de segundos, no reaccionó, se quedó mirando cómo el ente se arremolinaba sobre la cama, pero sin atrever a acercársele al gato que había aparecido tan repentinamente. Después de que el minino también rugiera y mostrara sus colmillos, Lucía por fin pareció despertar de su estupefacción y se abalanzó sobre su cuerpo.

Se sentó sobre la cama, sobresaltada y respirando dificultosamente, como si todo ese tiempo hubiera estado reteniendo el aliento. Se miró las manos y las movió, quería comprobar que en realidad había vuelto a su cuerpo.

Pidió con todas sus fuerzas que solo hubiera sido una pesadilla, sin embargo, el gato a su lado, que todavía observaba todo alrededor, le dejaba saber que había sido una horrorosa realidad.

Después de permanecer en trance por algunos segundos, comenzó a llorar. Gruesas lágrimas llovían por su rostro, acompañadas de lamentos tan desgarradores, que pensó que se quedaría sin aire. Se cubrió el rostro y recargó los codos sobre las piernas, mientras sus manos se humedecían, pero no trató de controlarse, quería que todo ese miedo y desesperación la abandonaran, destilados a través del llanto. Su alma jamás la había abandonado y no tenía idea de cómo es que esa noche había sucedido, pero le aterraba que volviera a pasar y no fuera capaz de volver.

No supo cuánto tiempo permaneció sin moverse, entre las cobijas revueltas, pero en algún momento, el gato se acurrucó a su lado, apoyando la cabeza sobre una de sus piernas. La sensación de terror comenzó a disminuir al escuchar el suave ronroneo del que había sido su salvador.

Estuvo horas despierta, con el temor de que el espíritu regresara. Sin embargo, dado a que el gato se había quedado con ella y seguía sintiendo su calidez, no supo en qué momento el sueño volvió a tomarla.

x x x

Lucía nunca buscó tener una mascota, pero aquel gato se había convertido en su refugio, tenerlo era la única forma en la que se sentía tranquila desde que su abuela había fallecido, varios años atrás.

Claro que, teniendo la familia que tenía, prefirió dejar a Viento en el anonimato, por lo menos, lo más que pudo. Hubiera querido un mejor nombre, uno que concordara con lo que realmente representaba para ella, pero se imaginaba a su madre diciéndole que era una blasfemia haber llamado «ángel» a un gato y su padre, aunque no diría nada, la miraría con desaprobación.

Aunque claro, meses después, cuando su familia se enteró del gato debido a una visita no anunciada a su casa, le fue evidente que Viento se les hacía de mal gusto. Si iba a tener una mascota, tendría que haber escogido un enorme perro de sangre pura, o si quería un gato, por lo menos uno de una raza conocida, no un mestizo de pelaje blanco que tenía un ojo azul y el otro amarillo (casi dorado, al punto de vista de Lucía).

Sin embargo, su familia no entendía que Viento era más que una mascota para ella, era su compañero y su guardián. No había tenido otra experiencia tan aterradora como la de la noche en que apareció y sentía que su alma estaba segura gracias a su presencia.

De cualquier manera, Viento no fue un tema de conversación que durara mucho tiempo. Su hermano menor, que todavía era un adolescente, estaba encantado, jugando con el gato, mientras sus padres le recalcaban que sus otros dos hermanos, mayores que ella, tenían trabajos de alto impacto y que quizá debería pensar en seguir sus pasos, pedirles consejo o incluso un empleo.

No era la primera vez, y sabía que no sería la última, que sus padres insistieran con eso. Años antes, se había sorprendido de que la hubieran dejado elegir «Arte y Diseño» como carrera y que le dieran aquella casa como regalo de graduación, para que pudiera pintar maravillosas obras. Suponía que la emoción había desaparecido cuando se dieron cuenta de que no sería la siguiente Frida Kahlo y que no tendría abarrotadas exposiciones que pudieran presumir con sus amigos de alcurnia.

Su arte solo era un escape de la presión social que le daba su apellido y de todas aquellas cosas espeluznantes de las que había sido testigo desde que era niña. Así que, cuando sus padres vieron sus cuadros abstractos o los que tenían aquel halo de oscuridad, poco les faltó para mandarla con un sacerdote para que guiara su camino.

Y debido a todo eso, se sentía un poco triste por su hermano menor. Daniel todavía vivía con sus padres y estaba por comenzar una carrera que, todo el mundo sabía, había sido escogida por ellos. No había nada que Lucía pudiera hacer, de cualquier manera, sus padres eran inexorables y Daniel era demasiado bonachón para refutar una orden, sobre todo si la frase «haznos sentir orgullosos» estaba incluida.

—Pronto será el aniversario luctuoso de tu abuela. Se oficiará una misa en la catedral, así que llega con tiempo a casa, para que todos lleguemos juntos la iglesia, como familia.

—Sí, mamá.

Lucía amaba a su abuela, la extrañaba terriblemente todos los días, pero una misa no la entusiasmaba en lo absoluto, sobre todo si sería en la catedral, que estaba llena de todos esos espíritus atormentados que la abrumaban. Ni siquiera podía concentrarse en tener una conexión con Dios o realmente pedir que su abuela estuviera tranquila, no en ese lugar.

—Será buena oportunidad para que platiques con Santiago, dijo que quizá puedas trabajar con él.

—Es el día de la abuela, papá —recalcó Lucía, un poco molesta.

—No estaría de más.

Ella estaba por refutar, pero Daniel la miró, como pidiéndole que no empezara una discusión con sus padres, Aura y Adrián Ponce De León podrían ser muy duros cuando los provocaban. Así que se tragó las palabras, todo fuera porque no atosigaran a su hermano el resto de la tarde.

—Nos vemos el sábado entonces —dijo su madre, viendo de reojo a Viento y haciendo una mueca antes de regresar la vista a su hija—. Hazte un peinado bonito. Y no estaría de más que usaras uno de los tantos vestidos que Carlota o yo te hemos regalado.

Porque claro, su madre y su hermana eran la representación perfecta de belleza y elegancia. Ambas tenían ojos verdes y pómulos altos, pero Lucía solo había alcanzado un tono claro de café para sus ojos y la nariz de botón de su padre, así que nunca se había sentido especialmente bonita estando al lado de ellas. Y la ropa… ni hablar, usar vestidos todo el tiempo era demasiado incómodo.

—Probablemente le haga algún cambio a mi cabello ese día, temprano.

—Muy bien. —Aura tomó el brazo de su esposo.

Adrián llamó a su hijo menor y él, después de darle un fugaz abrazo a Lucía, salió de la casa tras sus padres.

No tenía deseos de ir a esa misa, de tener una reunión familiar o, para el caso, de convivir con otra gente.

Por lo menos sabía que Vicky estaría ahí y haría llevadera la reunión, aunque se sentía un poco culpable, porque tras la sesión en casa de Joana, la había visto poco. No había podido revelarle que no había tenido miedo solo por usar una tabla ouija, sino que todo lo sobrenatural la afectaba de una u otra manera. Era un secreto que guardaba celosamente, porque si bien no le interesaba si su apellido «se manchaba», no quería que la gente estuviera preguntándole sobre eso todo el tiempo, porque era incómodo y, en ocasiones, difícil de explicar.

Así que cuando llegó el sábado, fue al salón de belleza, como le dijo a su madre, pero no para hacer lo que ella esperaba, sino lo que venía deseando desde hacía tiempo. Su cabello apenas le rebasaba los hombros, pero cuando se sentó y la estilista lo cortó de tajo, sintió una liberación instantánea, aunque sabía que ese sentimiento le duraría solo hasta que se presentara ante su familia. Cuando terminaron de peinarlo y miró su reflejo llevando ese corte pixie, sonrió.

Tampoco cumplió con las indicaciones de llegar a casa de sus padres, regresó a su propio hogar, jugó un poco con Viento y tomó un taxi hasta que calculó que podría llegar justo a tiempo; al final sí usó un vestido, era color palo de rosa y resaltaba su piel apiñonada, era el más ligero y cómodo que había encontrado.

Comenzó a sentir malestar en cuanto puso un pie en el atrio de la catedral, después de cruzar sus enormes puertas de reja negra. Caminó, tratando de ignorar las sensaciones de angustia que comenzaban a hacerse presentes, y cuando llegó ante su familia, que la esperaba en la entrada de la iglesia, le fue muy evidente que su padre estaba disgustado y su madre un poco decepcionada. Saludó a todos como si no hubiera desobedecido terminantemente, quedándose al lado de Daniel, quien siempre había sido el más amable de sus hermanos.

La incomodidad flotaba en el aire, pero Lucía, además, sentía esas presencias, quejándose y pidiendo que les prestara atención. Una chispita de alivio la invadió cuando la tomaron del brazo y reconoció la armonía que siempre rodeaba a Vicky.

—Lucy, ¡ese corte te va de maravilla!

—Gracias —contestó en un murmullo.

Los comentarios de su amiga la hacían sentir mejor, aunque sabía que el halago de la hija del matrimonio Vega no sería suficiente para que sus padres olvidaran su gesto rebelde. No entendía por qué su madre creía que un vestido y un cabello largo y bellamente peinado era lo que destacaban a una mujer, para Lucía, eso no demostraba absolutamente nada.

Agradeció que su familia comenzó una conversación con los padres de Vicky, así pudieron alejarse unos pasos y platicar entre ellas más tranquilamente.

—¿Cristina vendrá?

—No. —La expresión en el rostro de Vicky se marchitó—. Ella… no se encuentra bien.

—Lo siento mucho.

—Quisiera que mis padres trataran realmente de comprenderla, no solo… mandarla a esos lugares para que se encarguen de ella, eso no la ayudará para nada.

Lucía le apretó la mano, un gesto silencioso de apoyo, sabía que Vicky adoraba a su hermana menor, pero desde hacía ya algunos años, su adicción se había vuelto demasiado fuerte para ignorarla y las discusiones con su familia a raíz de eso había fragmentado su convivencia.

Cuando escucharon la última campanada que indicaba que la misa daría inicio, Lucía y Vicky regresaron al lado de sus respectivas familias y entraron a la catedral, para tomar asiento en las bancas que estaban más cercanas al altar, era una costumbre que sus padres no cambiarían por nada del mundo.

La voz del sacerdote era un eco para Lucía, no le era posible entender nada, ni siquiera escuchar el nombre de su abuela, a quien estaba dedicaba esa misa, porque los murmullos a su alrededor no se lo permitían, entre más tiempo estaba ahí, más insistentes se volvían, querían que ella respondiera a sus peticiones.

Permaneció quieta, respondiendo automáticamente en murmullos, para que su madre no la riñera. Afortunadamente, debido a que toda su vida había sido instruida en la religión, sabía todas las plegarias de memoria, aun sin realmente seguir el hilo de las palabras del sacerdote.

Se acercó a tomar la hostia, a pesar de que llevaba años sin ir al confesionario, no quería que sus padres le reclamaran lo mal que se vería que una Ponce De León no comulgara. Después de todo, tampoco es que hubiera asesinado a alguien, solo que, si no era obligada por su familia a ir a la iglesia, no se acercaba ni de broma, aunque ellos no sabían por qué, ni planeaba explicárselos nunca.

Una vez terminada la misa, Lucía salió tras sus padres con paso apresurado, sentía las presencias casi encima de ella. Vicky la alcanzó y la tomó del brazo, porque la notaba extraña, aunque pensaba que era por lo duro que era para ella no tener a su abuela.

Ambas familias fueron a comer y, a pesar de que Lucía creía que era de mal gusto, porque justo habían recordado un aniversario luctuoso, tenía que admitir que se relajó un poco, lejos del centro histórico y teniendo a su mejor amiga con ella.

Vicky trató de animarla y le confesó que haría visitas a Cristina a escondidas, para ver si lograba convencerla de amigarse un poco con sus padres, ya que parecían estar en guerra desde que la habían dejado en la clínica de rehabilitación.

Para el final del día, cuando regresó a casa, estaba exhausta. Recibió a Viento en la cama y lo dejó dormir a su lado.

x x x

Durante las siguientes semanas, Lucía evadió a sus padres, para que no siguieran insistiendo en que trabajara con Santiago, y salió más con Vicky, porque estaba decaída, ya que su hermana había empeorado. Mientras pasaba por el proceso de desintoxicación, Cristina se mostró en contra de su familia más que antes, se volvió violenta y estuvo a punto de ser expulsada de la clínica. De hecho, en las últimas visitas que Vicky había hecho, Cristina le había gritado cosas horribles y terminaba corriéndola.

Debido a ello, no fue una total sorpresa cuando la familia Vega fue notificada de que Cristina había fallecido, había decidido ponerle final a su vida.

Vicky estaba deshecha. Esa aura de tranquilidad que siempre la rodeaba, estaba manchada de tristeza y culpa. Lucía no creía, de ninguna manera, que su amiga tuviera la culpa de la muerte de su hermana, pero sabía que cuando un ser querido se marchaba, no había nada que aliviara esa pena.

Tenía que estar al lado de su amiga, así que se preparó mentalmente para verse inmersa, de nuevo, entre los espíritus que siempre rondaban en las iglesias y cementerios.

Debido a la forma en la que Cristina había muerto, la familia Vega trató de mantenerlo lo más discreto posible, con la cantidad mínima de personas involucradas. Lucía estuvo todo el tiempo al lado de Vicky, tomándola fuertemente de la mano, para apoyarla y porque, también, eso la ayudaba a enfocarse en ella y no en todos los entes que revoloteaban alrededor.

Ese día, estaban especialmente perturbados, aunque no quería saber la razón.

Casi al final del entierro, Lucía sintió el tan conocido y odiado escalofrío subiéndole por la nuca. Pero también había un halo de furia alrededor, aunque claro, nadie se daba cuenta, todos estaban enfocados en el ataúd, que se iba tapando poco a poco con tierra.

Vicky cayó de rodillas, sollozando, a la vez que aventaba un ramillete de rosas blancas antes de que su hermana quedara sepultada para siempre. La señora Vega se acercó y la hizo ponerse de pie casi de inmediato, su rostro, más que tristeza por la pérdida, mostraba un sonrojo producto de la vergüenza. Si Lucía no hubiera estado tan concentrada en repeler los espíritus, probablemente hubiera dicho algo, porque su amiga no estaba haciendo nada malo.

No hubo pompa alguna después del entierro. Los Vega agradecieron a las personas que asistieron y se marcharon enseguida, casi arrastrando a Vicky, evitando que mostrara su sufrimiento frente a la tumba.

Durante el siguiente par de semanas, Lucía trató de estar con su amiga lo más que pudo, pero ella pocas veces contestaba los mensajes o las llamadas. En ocasiones, se presentaba directamente en su casa, pero la servidumbre siempre decía que Vicky estaba indispuesta y no podía recibirla.

Lucía estaba muy intranquila, porque, además, el matrimonio Vega había decidido que irse de viaje sería la solución, queriendo así borrar el trágico destino que había sufrido su hija menor. Vicky se había negado a ir, por supuesto, pero era por ello que Lucía estaba más preocupada, su amiga se la pasaba encerrada en casa y no creía que estuviera cuidando de sí misma.

Así que una tarde, a pesar de haber recibido las mismas negativas para ver a su amiga, Lucía se empecinó en quedarse y entró a la fuerza a la casa. Seguida de cerca por la chica del servicio, quien tenía una expresión de preocupación, llegó hasta la habitación de Vicky.

—Déjanos solas.

—Señorita, tengo indicaciones de…

—No me importa. Si no comentas esto, yo tampoco lo haré.

La chica, sabiendo que no podría imponerse a los mandatos, asintió débilmente y se marchó.

Lucía abrió la puerta de un jalón y fue recibida por un golpe de frío, casi como si la hubieran abofeteado. ¿Qué estaba sucediendo? Nunca antes aquella casa, mucho menos la habitación de su amiga, le había causado esas terribles sensaciones, era uno de los lugares donde no tenía que estar a la defensiva, porque no había entes o espíritus. Hasta ahora.

Al visualizar la esquelética silueta de su amiga cerca de la ventana, sintió un tirón en las entrañas. Vicky sostenía un rosario en las manos, tenía los ojos cerrados y recitaba con fervor un «Ave María».

—¿Vicky?

Vicky abrió los ojos, giró el rostro hacia su amiga y le sonrió débilmente, aunque aquel gesto estaba manchado de tristeza. A Lucía se le estrujó el corazón al notar su cara demacrada, con las ojeras resaltando sobre su tez morena, ni una pizca de rubor y su piel tan pegada a su mandíbula y mejillas debido a la pérdida de peso.

—Santo cielo, Vicky. —Lucía se sentó a su lado, tragándose las lágrimas—. No has estado comiendo bien, ¿verdad?

Era solo una de las cosas que la tenían en aquel estado, pero Lucía no quería abrumarla con más comentarios, no tenía la intención de criticarla, solo estaba preocupada por ella.

—No he tenido mucho apetito últimamente.

—No puedes seguir así.

—Está bien, Lucy.

—No, no lo está. —Le tomó la mano, temiendo dañarla si le daba un apretón, debido a la fragilidad que reflejaba—. Sé por lo que estás pasando, pero no puedes descuidarte así.

—Es solo que… —Lanzó un suspiro—. No he podido descansar desde que Cristina murió.

—Me lo imagino. Sé lo que es perder a alguien, pero…

—No. No es solo mi pérdida —interrumpió Vicky, apretando con más fuerza el rosario—. Hay algo… algo que no me deja estar tranquila.

Lucía estaba sorprendida. Ella, evidentemente, sabía que había un cambio, que había algo instalado en la habitación, pero no creyó que Vicky lo notara, a menos que…

Un jarrón con flores se cayó del tocador que estaba a unos cuantos metros de ellas, logrando que Vicky diera un respingo. Lucía miró en esa dirección de inmediato, buscando, pero no había nada que pudiera ver, solo lo sentía.

Había un halo de tormento, pero mayormente, era una presencia enojada y, casi en un parpadeo, lo sintió rondar entre ellas, logrando que a Lucía se le pusiera la piel de gallina.

«Déjanos. Aléjate», repitió Lucía en su mente, una y otra vez. Tampoco quería tratar de hablarle directamente al espíritu, porque sabía que, en ocasiones, eso los alentaba a quedarse con ella.

Se quedaron en silencio por varios minutos, hasta que, repentinamente, Vicky rompió a llorar. Lucía le pasó un brazo por los hombros, tratando de consolarla, mientras acariciaba con delicadeza su largo cabello oscuro.

—Todo mejorará. Ya lo verás.

Pero… ¿en realidad mejoraría? Mientras un espíritu rondara, las posibilidades eran remotas.

Después de aquella tarde, Lucía se dedicó a cuidar a su amiga. La visitaba todos los días, para tratar de que se sintiera mejor, y la obligaba a comer, por mínimo que fuera. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, Vicky seguía estando intranquila y Lucía sabía perfectamente la razón.

Al pasar de los años, Lucía había ido aprendiendo a controlar esas sensaciones y, mayormente, a repelerlas. Era de esperar que ahora que estaban atacando a Vicky, ella no supiera cómo y tampoco se diera cuenta de que más allá de su luto, había otra razón por la cual sufría de depresión y falta de apetito.

En aquel momento, Vicky era su prioridad, así que, a pesar de que sus visitas significaban un desgaste para ella, no había un día que Lucía no fuera a verla. El espíritu las rondaba todo el tiempo y parecía robarle la energía, a veces, incluso llegaba a casa con un terrible dolor de cabeza, pero estaba dispuesta a aceptar todo, así tuviera que sentir ese miedo y esos escalofríos por tiempo indefinido.

—Lucy…

—¿Sí?

—Creo que Cristina está sufriendo.

Levantó la vista del libro que estaba leyendo. Vicky había estado enfocada en un viejo álbum de fotografías que se había encontrado en una de las habitaciones de huéspedes y, una vez que se topó con fotos de ella y su hermana cuando eran niñas, se quedó mirándolas y los ojos se le llenaron de lágrimas.

¿Era Cristina? ¿Eso que se sentía, que estaba tan enojado… era ella? Pero… ¿por qué? Vicky la adoraba y habría dado lo que fuera por ayudarla.

Escucharon un estruendo proveniente de una de las habitaciones contiguas, seguido de los pasos apresurados de una chica del servicio, mientras murmuraba rápidamente, aunque lo que dijo no fue entendible para ninguna de ellas. Vicky la miró y se mordió el labio inferior.

—Han pasado estas cosas desde que ella murió —confesó Vicky.

Vicky no había querido hablar demasiado de Cristina, del entierro ni de nada que se relacionara, y Lucía no la había presionado, sabía que le contaría cuando estuviera lista.

—Después de que llegamos del entierro, me encerré aquí. Lloré y lloré, porque no podía creer que ella ya no estuviera. Y también porque estaba enojada.

—¿Enojada?

—Mis padres nunca la comprendieron y, aun con ella muerta, no se inmutaron. —Se rio sin pizca de gracia—. Para ellos, simplemente fue un momento embarazoso que terminó al llegar a casa. Ahora incluso están de viaje, como si Cristina nunca hubiera existido.

Vicky comenzó a llorar copiosamente, pero después de un par de minutos, se obligó a calmarse y continuar.

—Entonces cosas comenzaron a pasar. Primero lo supe por la servidumbre, me di cuenta de los cuchicheos que había por los pasillos, decían que había ruidos extraños y cosas que se caían sin explicación alguna. La verdad, no presté mucha atención, por estar metida en mi propia pena, pero luego… esas situaciones se trasladaron a mi habitación.

Lucía ya sabía eso, podía sentirlo, justo en ese momento, como si flotara encima de ellas, esperando el momento propicio para atacar, aunque también sentía esa furia por no poder hacer más que tirar cosas y causarle a la invitada aquellas sensaciones de malestar.

—No le di importancia al principio, pero entre más pasaba el tiempo, era como si se esforzara más. Las cosas se caen con frecuencia y se hacen añicos, las luces parpadean y, a veces, mientras duermo, siento como una opresión que no me deja descansar y mis sueños son borrones negros.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Pensé que no creerías que cosas así pasaran de verdad.

—Te sorprenderías —respondió Lucía con pesar.

—Siendo sincera, me da mucho miedo. —Tomó el rosario que estaba sobre el tocador que tenía a su lado—. Me he aferrado a este rosario y rezo todo el tiempo, pero no ha ayudado en nada, al contrario, parece que mis oraciones solo logran que haya destrozos más constantemente. —Hizo un movimiento de cabeza hacia el espejo—. Eso pasó ayer.

Lucía se giró y notó que el espejo de pared estaba roto, cientos de grietas que distorsionaban la imagen, pero los pedazos no habían caído al piso.

—Estaba resignada a vivir en constante temor de que pasaría todos los días, hasta que caí en la cuenta de que todo comenzó después de la muerte de Cristina. Entonces, el miedo se convirtió en angustia. —Bajó la mirada hacia las fotografías—. Si es ella… ¿cómo se supone que voy a ayudarle? No quiero que esté sufriendo. Si ya no puedo tenerla conmigo, por lo menos quiero que pueda descansar.

Lucía tragó saliva. Sabía una forma de ayudar, aunque significaba que, de hacerlo, las repercusiones serían para ella. Por primera vez desde que había descubierto que tenía esa «habilidad», podía utilizarlo para ayudar a alguien.

—Quizá yo… pueda ayudarte.

—Lo has estado haciendo. Tus visitas me han animado.

—No, Vicky, no me refiero a eso. —Dudó. Pensó si debía retractarse, no decir que trataría de comunicarse con un fantasma. Después de unos segundos, sacudió la cabeza y finalmente lo soltó—. Podría intentar conectar con lo que sea que ronda aquí y… así saber si en realidad es Cristina.

—Pero… ¿cómo? —Vicky estaba perpleja—. ¿Te refieres a usar una ouija, como en casa de Joana?

—No. Una ouija es un imán para malos espíritus y entes que no deberíamos contactar jamás.

—¿Cómo sabes eso? —Vicky parecía confundida—. Y si no es con la ouija… ¿cómo vas a lograrlo?

—Creo que es momento de contarte algo sobre mí que no sabes. Y entonces, comprenderás a qué me refiero.

x x x

Lucía no recordaba en qué momento comenzó a ver y a sentir cosas que los demás no. Solo sabía que, repentinamente, podía.

Claro que, inicialmente, no tenía idea de que aquello que veía no era humano, de un plano físico, sino un espíritu o ente que se había quedado rondando.

Cuando Lucía era una bebé, su madre se quejaba constantemente de lo mucho que lloraba sin razón, sin imaginarse que podía percibir auras que causaban ese comportamiento. Aunque su abuela, con una sonrisa siempre iluminándole el rostro, la tomaba en brazos y la mecía hasta que se tranquilizaba.

En esos primeros años, todas las sensaciones que tenía Lucía eran desconocidas y su reacción natural era llorar o comenzar a reír, dependiendo de lo que estuviera cerca de ella. Aunque claro, para su madre, era solo la conducta de una niña desobediente y que le daba dolores de cabeza.

Así que, cuando Lucía comenzó a tener amigos imaginarios, fue un alivio para Aura, porque, mientras su hija estuviera jugando en el jardín, ella podría dedicarse de lleno a ser una ama de casa impecable, digna del apellido que había adoptado de su marido.

La casa Ponce De León estaba bien ubicada, en un vecindario de buena reputación. Adrián se había esforzado en conseguir una con jardín, porque tener a tres niños corriendo en el interior, mientras su esposa hacía sus labores o él trabajaba, era inimaginable.

Debido a que la casa era lo suficientemente grande, Quetzali, la madre de Aura, los visitaba constantemente y, en ocasiones, pasaba algunos días con ellos. Si bien era una abuela encantadora con los tres niños, era Lucía la que siempre captaba su atención y la seguía con la mirada mientras se movía a través del jardín.

Varias veces la vio correr, riendo a carcajadas, o entregar una de sus muñecas a un espacio vacío. Quetzali solo se quedaba ahí, observándola, mientras Aura se quejaba de algún vecino o bufaba al darse cuenta de que su hija menor prefería jugar con aquel amigo imaginario en lugar de con sus hermanos.

—No sé hasta cuando dejará esas boberías, pronto cumplirá cinco años. Carlota ya trataba de leer a esa edad.

—No tratas de comprenderla, Aura. Deberías prestar más atención.

—¿A qué? ¿A cómo se ríe sola? Por Dios, mamá, déjate de tonterías. Y no la consientas tanto, la vas a malcriar.

Quetzali no la contradijo, aunque sabía que Lucía no era como sus otros hijos y que, quisiera o no, tendría que intervenir a medida que fuera creciendo.

Para cuando Lucía cumplió cinco años, Aura esperaba a su siguiente hijo. Y dado a que la familia estaba creciendo, Adrián buscó una casa más grande, porque, además, Quetzali se mudaría con ellos. Tras las peticiones de su esposa, él aceptó a su suegra, ya que estaba entrada en edad y no tenía a nadie más que cuidara de ella, sus otros hijos habían abandonado la ciudad en cuanto habían tenido la oportunidad. Además, sería perfecto, porque, ¿quién sería mejor para ayudarle a Aura con el nuevo bebé?

Pero cuando Daniel llegó, tampoco fue la prioridad de Quetzali. Evidentemente le ayudó a Aura con él y con sus otros nietos, pero sabía que la nueva casa le estaba dando dificultades a Lucía y ella era su foco principal.

Esa nueva casa no tenía jardín, pero sí dos pisos adicionales a la planta baja, además de que los niños tenían un par de habitaciones adaptadas para sus labores escolares y sus momentos de juego. Lucía los odiaba. De jugar todo el tiempo en el jardín, había pasado a estar casi todo el día en su alcoba, mayormente retraída en una esquina de su cama, con mantas cubriéndola.

Quetzali la visitaba constantemente, a veces llevando a Daniel en brazos, pero por más que su abuela la invitaba a ir al salón de juegos, Lucía nunca aceptaba, aunque cuando le preguntaban por qué no iba, solo decía que no le gustaba. La realidad es que le daba miedo.

Aura, por otro lado, no era tan complaciente como Quetzali, menos con un bebé que atender. Así que, un día, después de la hora de la comida, los mandó a todos al salón de juegos. Lucía dijo que prefería ir a su habitación, pero su madre, molesta por ir atrasada en sus labores, la miró con desaprobación.

—He dicho al salón de juegos, Lucía. Ve con tus hermanos.

Su abuela no estaba en casa, así que no pudo buscar apoyo en ella y, en contra de sus deseos, acató las órdenes de su madre.

Santiago y Carlota hurgaron buen rato en la caja de juguetes y luego comenzaron la partida de un juego de mesa. Mientras tanto, Lucía se quedó escondida en un rincón, tratando de aguantar los escalofríos que la estaban atacando.

Todavía no podía verlo, pero lo sentía. Las risas de sus hermanos inundaron la habitación, y quiso enforcarse en ellos, pero no podía, porque un quejido se escuchó y comenzó a hacerse más fuerte. Contuvo la respiración al oírlo, como si eso lograra realmente esconderla.

Y entonces lo sintió a su lado, casi como si le respirara en la nuca. Los vellos se le erizaron y le fue imposible alejarse, era como si sus pies estuvieran pegados al piso. Un temblor incontrolable se apoderó de ella y fue hasta que sintió que una mano la tomaba del cabello, que un desgarrador grito llenó la habitación.

—¡Cállate, Lucía! —exigió Santiago—. Por tu culpa me desconcentré y tuve un tiro espantoso.

—Qué mentira, vas perdiendo porque eres malo —se burló Carlota.

Él la había soltado, pero Lucía seguía sin poder moverse. El corazón le latía a mil por hora y pensó en pedir ayuda a sus hermanos, pero después del reclamo de Santiago, habían vuelto a poner la atención sobre el tablero, sin importarles el motivo por el cual su hermana menor había gritado.

Las lágrimas le corrieron por las mejillas al darse cuenta de que él seguía ahí, la veía a un par de metros de distancia. Ese día era bastante más nítido que las veces anteriores, su cabello canoso y revuelto, su cara llena de arrugas que, para Lucía, lo hacían ver como el más terrorífico de los seres.

Escuchó el rechinido de la duela antigua, mientras él se acercaba, sin quitarle la mirada de encima. Sus dedos larguchos y callosos se acercaron a su cara y Lucía cerró los ojos como un impulso, pidiendo que se detuviera, que no fuera real, que fuera solo era una pesadilla y que no pudiera tocarla.

—Ella no puede ayudarte. Aléjate, por favor.

Lucía abrió los ojos al reconocer la voz de su abuela. Sintió alivio automático al saberla ahí y aunque su petición había sonado amable, notó que su rostro no mostraba su cálida sonrisa, sino una seriedad impropia de ella.

—¡Abu!

Lucía no se había dado cuenta que había recuperado la movilidad de su cuerpo hasta que se encontró corriendo hacia su abuela, quien la recibió con los brazos abiertos. Sus hermanos estaban molestos por tal escándalo, sin embargo, dado a que Quetzali estaba ahí, no se atrevían a reñirla.

—Abu —volvió a decir entre sollozos.

—Mi niña. —Le acarició el sedoso cabello, que le llegaba casi hasta la espalda—. Así que tú también los ves.

Lucía no entendió su comentario, su respuesta fue enterrar la cara en el pecho de su abuela y comenzar a llorar más fuerte, preocupada de que él regresara.

—No tengas miedo, ya estoy aquí.

Después de buen rato, Lucía finalmente dejó de llorar. Quetzali la tomó de la mano y la acompañó a su habitación.

—¿Ya estás mejor?

—Sí, abu.

—¿Por qué no me dijiste que lo veías?

—Mami dijo que no le dijera a nadie —contestó Lucía, después de dudarlo por varios segundos, quizá temerosa de echar de cabeza a su madre—. Dijo que no debo inventar cosas. Pero yo lo veo, se mueve por la casa. Me da miedo.

—¿Sabes lo que es?

—No.

—No te preocupes. Yo te voy a cuidar, ¿de acuerdo?

Lucía asintió y se dejó acurrucar por su abuela. Si ella decía que la cuidaría, le creía.

Sin embargo, la habilidad que Lucía poseía, no iba a darle tregua, porque estaba destinada a seguir sintiendo todas esas presencias que vagaban por la casa. Y tampoco estaba en manos de su abuela el protegerla todo el tiempo, por mucho que lo quisiera.

Quetzali hubiera querido explicarle, que aprendiera a controlarlo, por lo menos, lo más que pudiera, pero era consciente de que Lucía era aún muy pequeña para que comprendiera todo lo que esa habilidad conllevaba.

Así que los siguientes años, fueron una tortura para Lucía, porque a pesar de la promesa de su abuela, él seguía apareciendo, al igual que algunos que veía transitar por la calle, sobre todo cuando sus padres se empeñaban a caminar por la avenida principal de la ciudad, que estaba llena de edificios antiguos, de los cuales salían murmullos que le ponían los pelos de punta.

Lo peor era cada domingo, cuando la familia Ponce De León iba a misa a la catedral. Con el correr de los años, Lucía había caído en la cuenta de que no todos los que veía estaban realmente ahí, sobre todo por los escalofríos y los insistentes cuchicheos que no la dejaban en paz. Cuando era más pequeña, se había soltado a llorar en la iglesia, pero tras constantes regaños de sus padres, había tenido que aguantar el miedo que sentía cada vez que hacían una visita.

Fue hasta que Lucía tenía ocho años que su abuela le explicó más a detalle, considerando que ya estaba en una edad donde podría comprender mejor lo que estaba sucediendo.

—¿Qué son, abu?

—No todos son lo mismo, ni se ven igual —contestó, mientras le sonreía dulcemente.

—El anciano que vaga por la casa…

—Es un fantasma. Creo que no quiere hacerte daño, pero entiendo que su aspecto te asuste.

—En la casa anterior… los niños se portaban bien conmigo, jugábamos.

—Es lo que trato de explicarte, mi niña. No todos son fantasmas, pero tampoco es que pueda decir exactamente qué son todos los que vas encontrarte mientras vayas creciendo. Hay tantos rondando, que ni yo misma sé definirlos a veces.

—¿Por qué podemos verlos? Mis papas y mis hermanos no pueden, siempre dicen que estoy mintiendo.

—No lo sé. Por alguna razón, fuimos elegidas para tener esta habilidad y lo único que podemos hacer es aprender a controlarla.

Lucía hizo un puchero. De más pequeña, siempre decía que quería un don, porque en la televisión, los superhéroes eran alabados y se veía muy divertido. Pero lo que ella poseía ni siquiera se acercaba, no lo quería, debido a ello vivía asustada la mayor parte del tiempo.

—No quiero seguir viéndolos.

—Lamentablemente, no puedes deshacerte de esta habilidad. —Le acarició con cariño el cabello, tratando de animarla—. No es algo bonito de ver, y muchas veces las sensaciones son negativas, pero créeme, vas a poder hacerlo llevadero.

—¿Tú lo controlas?

—Mayormente.

—Enséñame.

—Lo haré. Lo prometo.

Y Quetzali cumplió, aunque enseñarle era muy complicado. Lucía era muy inteligente, pero seguía siendo una niña y sus emociones eran volátiles. Cuando estaban juntas y percibían una presencia, la pequeña no podía evitar asustarse, lo que debilitaba su intento de ponerles barreras.

Además, su familia no ayudaba. Ningún otro Ponce De León tenía la habilidad de Lucía y más de una vez había escuchado a sus hermanos reírse de ella cuando la escuchaban murmurar, sin saber que estaba tratando de alejar espíritus. Sus padres, por otra parte, la presionaban para ser impecable en la escuela, para convivir con otros niños en fiestas importantes, para ser una católica excelente, sin saber todo con lo que ella estaba lidiando.

Lucía estaba lejos de ser la hija modelo y, para su frustración, tampoco controlaba su habilidad. Solo tenía a su abuela, la única que la comprendía, pero le molestaba que, por su culpa, Quetzali tuviera riñas con Aura.

—Mamá, ya basta —reclamó Aura una tarde.

Sus hermanos estaban en el salón de juegos, su padre no estaba en casa y ella estaba escondida tras la puerta. Había ido a buscar a su abuela, pero al escuchar que estaba con su madre, decidió no intervenir.

—Debes dejar de presionarla tanto, apenas cumplió diez años.

—Está a nada de convertirse en una señorita y no está ni un poco cerca de aprender todo lo que Carlota ya sabe.

—Todos somos diferentes. Lucía jamás va a ser como Carlota.

—¡Y eso es lo que me molesta! —gritó, a la vez que cerraba ambas manos en puño. Luego exhaló un par de veces, tratando de recobrar la compostura—. Todo el tiempo la consientes y le permites que no realice sus deberes. Es una Ponce De León, tiene obligaciones que cumplir.

—Sí, una Ponce De León —repitió Quetzali—. Me dejaste muy claro que el apellido de tu esposo es más importante que el nuestro.

A Lucía le tomaría años darse cuenta de que su madre había cambiado el apellido de su madre para tomar el de su esposo, algo que no era nada común en México.

—Eso no… —A Aura se le atoraron las palabras en la garganta—. Lo único que te pido es que no intervengas con su educación.

—Hay otras cosas que debe aprender.

—¿Qué cosas?

—Tú lo sabes.

—Dios santo, mamá, ¿insistes con eso? Durante años han dado explicaciones para todo lo «paranormal» que dices ver y sentir, son solo ideas tuyas.

—Espero que no te arrepientas de no ayudar a tu hija con esto.

Aquella discusión se repetiría cada vez más constantemente, mientras las obligaciones de señorita de Lucía parecían venírsele encima. Con cada año que pasaba, había más pleitos al respecto entre Quetzali y Aura.

La cereza del pastel fue cuando Lucía le anunció a su madre que no quería una fiesta de XV años. Aura consideró aquello casi como una deshonra, porque, además, nunca dejaba de comparar a sus dos hijas. Pero Lucía sabía que no podría soportarlo. Si bien su habilidad estaba más ligada a seres sobrenaturales, también tenía una cierta sensibilidad con las auras de las personas y estaría demasiado abrumada en una fiesta con cientos de invitados para poder protegerse, peor si su madre se aferraba a hacerla en un salón de algún edificio antiguo.

Su castigo fue no salir de casa por dos semanas, porque sus padres se encargaron de difundir que estaba de vacaciones en Europa por su cumpleaños. A Lucía no le importó, porque eso significaba no tener que aguantar a sus compañeros murmurando lo rara que era y que no tenía clase como el resto de su familia.

Pasó esas semanas con su abuela y, por primera vez en mucho tiempo, pudo concentrarse más en controlar su habilidad. No buscaba convivir con entes, pero aquella casa siempre había estado plagada de ellos y nunca había dejado de topárselos en mayor o menor medida. Aunque ya como adolescente, se dio cuenta de que el anciano era inofensivo, le daba siempre una sensación de tristeza; había un par de niños que se escondían casi todo el tiempo; y de vez en cuando, se topaba con una chica que parecía un poco mayor que Carlota, que era la que se mostraba más hostil, compartiendo sensaciones de rechazo y cierto resentimiento.

Se había acostumbrado a lo que había en su casa, pero nunca a lo del exterior. No importaba cuando practicara, siempre que caminaba por las abarrotadas calles del centro histórico o visitaba alguna iglesia, se sentía hostigada, temerosa y cansada.

Además, había algo que su abuela siempre le decía y era una regla que no debía romper: No tenía que hablarles, a menos de que fuera totalmente necesario.

Si bien era cierto que había espíritus que buscaban ayuda, nunca podían saber cuáles querían eso y cuáles no, había algunos violentos y hablarles o prestarles más atención de la necesario lograba que crearan un tipo de vínculo del cual no podían deshacerse fácilmente.

Pero Lucía era humana, después de todo, y terminó cruzando esa línea.

Su abuela le había enseñado bien, aunque permanecer concentrada en protegerse casi era un trabajo de tiempo completo. Por ello, aquella tarde, después de haber cumplido diecisiete años, sintió pena por aquella niña que lloraba desconsoladamente en una banca del parque, así que se acercó y murmuró un «tranquila».

Jamás olvidaría ese error.

La niña se descubrió el rostro, haciendo que Lucía retrocediera: Estaba lleno de arañazos y uno de sus ojos estaba vacío. Los escalofríos le treparon por los brazos y se extendieron por todo su cuerpo en cuestión de segundos, a la vez que la niña cambiaba su expresión triste a una llena de enojo.

La niña se abalanzó sobre Lucía, haciéndola dar un traspié y caer al piso de un sentón. Sabía que nadie vería lo que sucedía, así que ni siquiera pidió ayuda y trató de alejarse del espíritu. Después de lastimeros segundos, finalmente pudo ponerse de pie y comenzó a correr lo más rápido que pudo.

Se detuvo hasta que se quedó sin aire y regresó la vista, para asegurarse de que no la había seguido. No veía a la niña por ningún lado y la sensación de escalofríos estaba desapareciendo, así que creía que se había librado del espíritu.

Pero no fue así, aunque no lo supo en ese momento.

Un par de días habían pasado desde su encuentro con la niña. Estaba sola en casa, su abuela visitando a una amiga y sus padres y hermanos en una fiesta importante, le habían permitido quedarse, al parecer, preferían excusar su ausencia que permitir que hiciera algo que los avergonzara.

Leía en silencio, sentada sobre la cama de su habitación, que era de los pocos lugares tranquilos dentro de la casa. Repentinamente, la luz comenzó a parpadear, logrando que Lucía frunciera el ceño. Y así, sin más, hubo un apagón. En alguna otra situación, solo hubiera bufado y esperado a que la luz regresara, pero podía sentir que el frío aumentaba poco a poco, dejándole saber que un espíritu era el culpable.

Aun así, estaba un poco sorprendida, porque a través de los años, había aprendido que los entes de la casa no causaban demasiado conflicto. Dejó el libro sobre el buró y se levantó para salir y buscar alguna linterna o velas, antes de que la tarde terminara y la casa quedara en oscuridad total.

Al ir bajando las escaleras, escuchó claramente que la seguían, por el rechinido de la madera al recibir el peso de alguien. Se giró, pero no había nada tras ella. Siguió su camino hasta que llegó a la sala y comenzó a hurgar en los cajones de los muebles, buscando algo con que aluzar.

Y entonces, la televisión se encendió, haciendo que Lucía respingara. Solo se escuchaba el ruido de la falta de señal, que era tremendamente extraño, porque hacía ya algunos años que, de no haber imagen, la pantalla solo mostraba un fondo negro, pero ahora había un tipo de estática y un ruido poco común.

Las luces comenzaron a parpadear de nuevo, atizando el miedo que Lucía estaba tratando de tener bajo control. Escuchó que en la cocina algo se hacía añicos y ya no lo soportó más, regresó corriendo a su habitación. Al llegar, se sumergió bajo las cobijas de su cama, como cuando era niña; sabía que eso nunca la protegía en realidad, pero por lo menos, quizá, evitaría que viera algo horrible.

Lucía escuchó murmullos afuera de la puerta, así que cerró los ojos con fuerza, suplicando internamente que la dejaran en paz. La respuesta fue una risa infantil y al escucharla, se le puso la piel de gallina.

Y entonces, el silencio sepulcral regresó.

Estuvo sin moverse por incontables minutos y aun cuando parecía que habían dejado de perseguirla, no quiso descubrirse, se quedó acurrucada bajo las cobijas. Así fue como la encontró su abuela cuando regresó, solo que Lucía estaba profundamente dormida.

El siguiente par de días, todo parecía normal, tanto, que Lucía decidió no contarle a su abuela lo que había sucedido. Pensó que había sido algo de una sola vez, que tal vez algo había perturbado a los niños que rondaban la casa.

Pero el espíritu regresó, igual de súbitamente como la primera vez. Y desde entonces, ya no se quedó en silencio.

Para Lucía, ya era común que cosas se cayeran o se quebraran en su habitación, que las luces parpadearan cuando estaba sola y que le murmuraran en el oído cuando se había acostado a dormir, aunque nunca entendía qué decían. Una vez, incluso pudo ver un par de manos sobre el vitral de la puerta de la ducha, lo que casi provoca que se resbale.

Una noche, mientras ya estaba cubierta por las cobijas, volvió a escuchar los murmullos, pero trató de cerrarse a ellos, no quería tener nada que ver con ese espíritu. Al parecer, eso solo logró molestarlo más, porque sintió un peso sobre ella y la voz comenzó a gritar su nombre con ímpetu.

Lucía gritó, aventó las cobijas a un lado y salió corriendo hacia la habitación de su abuela. Quetzali estaba despierta y estaba levantándose de la cama cuando su nieta entró y se abrazó a ella, llorando.

—¿Qué está pasando? Últimamente se siente algo raro por la casa.

—Abu, cometí un terrible error. —Sollozó más fuerte.

Quetzali la hizo sentarse sobre la cama, a su lado, y la dejó llorar, necesitaba tranquilizarse para que le explicara qué había sucedido.

Una vez que Lucía se calmó un poco, alejó la cabeza del pecho de su abuela y se encontró con sus ojos oscuros, que parecían casi negros debido a la falta de luz. Exhaló fuertemente un par de veces y después le contó sobre la niña del parque, porque estaba segura que se trataba de ella, aunque no se había mostrado como esa vez.

—Te lo había advertido, Lucy.

—Lo sé, lo siento. Se veía inofensiva.

—Ya no tiene importancia. Ahora solo hay que lidiar con el espíritu, saber qué quiere, para que pueda irse.

En el parque, había tratado de consolar a la niña, pero entablar conversación con ella, sabiendo cómo se veía y lo violenta que podía volverse, no animaba a Lucía en lo absoluto. Pero era su culpa y sabía que su presencia también afectaría a Quetzali, así que tenía que solucionarlo.

Esa noche, durmió con su abuela. No lo había hecho desde que era niña, antes de que Quetzali la instruyera para tratar de mantenerse alejada de las presencias, pero estaba demasiado asustada para quedarse sola.

Los días siguientes fueron difíciles, porque Lucía tenía que armarse de valor y tratar de comunicarse con la niña. Así que, cuando escuchaba los murmullos, las luces titilaban o sentía una respiración en su nuca, preguntaba: «¿Qué es lo que deseas?».

Al parecer, no había forma directa de que le dijera qué necesitaba, aunque se había portado menos agresiva. Lo que Lucía había notado es que, en ocasiones, había un aroma floral y una que otra vez, movía de lugar sus antiguos juguetes.

Así que tomó un viejo oso de felpa y regresó al parque donde la había visto por primera vez. Buscó el lugar exacto y esperó, quizá estando ahí, pudiera darle una señal. Estuvo sentada en una banca por buen rato, pero nada sucedió, así que, derrotada, regresó a casa.

Repitió esa rutina en varias ocasiones, hasta que, una tarde, por fin la escuchó. Estaba llorando, justo como cuando la había encontrado, pero aunque revisó los alrededores con la mirada, no se veía por ningún lado.

Se sorprendió cuando, al regresar la mirada a su lado, notó que una mujer joven se había sentado. La mujer soltó un pesado suspiro y Lucía sintió la tristeza que la rodeaba. Dio un respingo cuando la niña apareció frente a ellas, su rostro había cambiado, estaba limpio y sin heridas, dejándole ver un bonito color miel en sus ojos.

La niña señaló a la mujer y luego desapareció. Lucía estaba muy confundida, pero al parecer, hablar con aquella mujer haría que el espíritu se marchara.

—Disculpe —dijo Lucía, estrujando el oso de felpa—. ¿Acaso usted… perdió a una niña?

La mujer la observó algunos segundos, sin decir palabra, entre desconfiada y sorprendida.

—¿Por qué preguntas?

—Porque creo que ella está aquí.

Lucía la vio retener la respiración y luego cómo se le llenaban de lágrimas.

—Alguien me la arrebató —contestó—. Y la encontraron aquí, sin vida.

A como había visto a la niña la primera vez, su muerte había sido violenta; había estado sola y con gran dolor. Lucía le entregó el oso de felpa a la mujer, y ella, aunque desconcertada, lo tomó.

—Creo que quería despedirse.

—¿Usted… puede hablar con ella?

—No realmente. No funciona así —Lucía se apresuró a decir, antes de que hiciera peticiones que no podía cumplir—. Pero me guio hasta aquí, hasta usted. —Se puso de pie—. Creo que ahora podrá estar en paz.

La mujer comenzó a llorar, mientras abrazaba el oso de felpa. Lucía suspiró y emprendió el camino a casa.

Al parecer, eso era todo lo que la niña necesitaba, porque después de eso, no volvió a verla o a sentirla.

Para el tiempo en que Lucía ya asistía a la universidad, constantemente estaba preocupada. Su abuela llevaba algún tiempo sintiéndose mal, aunque nunca se quejaba de dolores y la animaba a esforzarse mucho en la escuela.

Y aunque era muy unida a su abuela, siempre buscaba cualquier pretexto para estar con ella más tiempo. Si tenía que hacer deberes o estudiar para un examen, lo hacía en compañía de Quetzali, porque su presencia la tranquilizaba y porque quería estar pendiente de ella.

Además, Quetzali nunca fue partidaria de quedarse quieta. Aun cuando los Ponce De León aumentaron su fortuna y fueron capaces de contratar servidumbre, se metía en la cocina para ayudar con las comidas o se le veía limpiando aquí o allá. Por eso Lucía se preocupaba tanto, jamás se quejaba de nada ni les dejaba saber si se sentía enferma.

Y la energía de la casa tampoco ayudaba. A pesar de que los espíritus eran manejables, les drenaban cierta cantidad de energía, sobre todo al tener encuentros directos.

—Lucy, no.

Lucía giró el rostro hacia su abuela, quien ya la había tomado de un brazo.

—No los llames, no dejes que se vinculen contigo —dijo Quetzali, sabiendo bien la intención que tenía su nieta.

—Pero, abu… si logro que se vayan, tú podrías descansar mejor.

—Ya descansaré cuando me muera.

—¡Abu! No digas esas cosas.

—Algún día va a pasar y tú te las apañarás sin mí.

—Claro que no.

—Lo importante ahora es que termines la carrera, ¿de acuerdo? Y si los dejas entrometerse, no podrás concentrarte igual.

—Entonces busquemos otro lugar, uno donde no haya fantasmas ni nada que te afecte. No debería ser un problema si solo somos nosotras dos.

—Por muy tozuda que sea Aura, quiero estar con ella, y con todos ustedes, hasta que se me acabe el tiempo.

—Abu, deja de decir eso, no me gusta.

—No te preocupes, mi niña. —Le sonrió dulcemente—. Siempre te voy a cuidar.

La charla con su abuela la dejó intranquila, a pesar de que Quetzali insistió en que solo eran «palabras al viento».

Un par de noches después, Lucía fue a acostarse, después de haber terminado un proyecto muy demandante para la escuela. Se sentía tan cansada, que no tardó en quedarse profundamente dormida.

En el sueño, estaba al lado de su abuela y veía cómo la abrazaba, cómo la peinaba y le contaba muchas historias que le arrancaban una sonrisa. Repentinamente, abrió los ojos, notando que su habitación tenía un halo de luz blanquecina y que su abuela estaba sentada sobre la cama, muy cercana a sus piernas.

—Abu, ¿qué haces aquí?

—Quería verte dormir. Te ves tan tranquila cuando sueñas.

—Deberías estar descansando. —Se sentó sobre la cama—. Puedo ir a dormir contigo, si quieres.

—No, está bien. —Se puso de pie—. Solo quería verte por última vez.

—¿Qué?

Su abuela no contestó, solo le sonrió y comenzó a desaparecer entre una luz prístina.

—¡Abu!

Quiso levantarse, pero la luz la cegó y tuvo que cubrirse el rostro con las manos.

Y entonces abrió los ojos. Se sentó sobre la cama, dándose cuenta de que había estado dormida. Sin embargo, sabía que no todo había sido un sueño, además de que una angustia le invadió el pecho.

Salió de la cama de un salto y corrió descalza hasta que llegó a la habitación de su abuela. Abrió la puerta de un tirón y fue hasta la cama, encendió la lámpara de noche en el buró y la miró; parecía dormir plácidamente, pero cuando miró su pecho, se dio cuenta de que Quetzali ya no estaba ahí.

—¡ABU! —gritó desgarradoramente.

Se acostó al lado de su abuela y se aferró a ella. Su cuerpo aún estaba tibio, de no ser porque ya no respiraba, hubiera creído que seguía durmiendo.

—¡Abu! ¡No!

Comenzó a llorar desconsoladamente, sin poder creer que su abuela se había ido. ¿Qué iba a hacer sin ella? Era la única que la comprendía, la única que la había hecho sentir querida.

Se escucharon pasos y luego la luz de la habitación se encendió.

—¿Qué está pasando? —preguntó Aura, con voz alterada.

Al ver a Lucía aferrada al cuerpo de Quetzali, se tapó la boca con ambas manos.

—¿Mamá?

Los gritos de Lucía seguían llenando la habitación y seguida de ella, Aura comenzó a llorar mientras se acercaba con pasos indecisos hacia la cama, no creyendo que su madre había muerto. Los demás miembros de la familia también comenzaron a llegar a la habitación, encontrándose con una lastimera escena.

Nadie pudo lograr que Lucía se separara del cuerpo de su abuela, fue hasta que un doctor llegó a la casa para comenzar el proceso de defunción, que la apartaron de Quetzali, tras haber aplicado un calmante.

La velación, la misa, el entierro… todo fue un borrón para Lucía, quien parecía estar en trance, aún no podía creer que no volvería a ver a su abuela. Los espíritus de la iglesia y del cementerio habían estado rondando, pero ella no estaba en la posición de estar a la defensiva, de repelerlos, así que tomaron toda su energía y, cuando el entierro terminó, todo se volvió negro.

Lucía estuvo deprimida mucho tiempo. Incluso cuando sus padres la obligaron a regresar a la universidad, funcionaba casi por inercia. Fue en aquella temporada que comenzó a realizar sus primeros cuadros, que se tornaron lúgubres, reflejo de cómo se sentía.

Los espíritus seguían ahí, pero de alguna manera, la depresión había resultado ser un tipo de escudo, estaba tan hundida en su dolor, que no podía ponerle atención a nada más.

Fue en ese tiempo que Victoria se convirtió en una constante en la vida de Lucía. Se había conocido años atrás, en una fiesta donde sus padres habían coincidido, pero fue hasta la muerte de su abuela que se acercó más a ella, al principio por mera cordialidad, pero luego, comenzaron a quererse de verdad.

Vicky no podría reemplazar el cariño de su abuela, pero casi sin quererlo, se convirtió en la compañera de Lucía, le dio una amistad sincera que nadie le había ofrecido antes.

Gracias a ello, Lucía volvió a sonreír, volvió a prestarle atención a la vida, a pesar de que, con ello, los espíritus también regresaron a su día a día.

Cuando terminó la carrera, dedicó una exposición a su abuela y sus padres le regalaron la casa donde se volvería una ermitaña, porque aquel lugar se convertiría en su escudo contra el mundo sobrenatural con el que tenía que lidiar.

x x x

Vicky estaba boquiabierta y Lucía un poco preocupada de la reacción que tendría, porque ella era su única y verdadera amiga y no quería perderla por nada del mundo.

—Tú… ¿puedes ver fantasmas?

—No solo fantasmas y no siempre.

—¿Por qué nunca me dijiste?

—Bueno, no es algo que sale a relucir en una conversación normal. —Lucía suspiró—. Ya tenía suficientes comentarios de compañeros de clase diciendo que era rara, que no parecía ser una Ponce De León, que quizá era adoptada…

—Bola de idiotas.

—Y tampoco quería asustarte —confesó—. Sé que ahora sabes que hay algo más allá, pero años atrás, no sabía si me ibas a creer o simplemente te ibas a alejar de mí.

—Siento tanto que hayas tenido que pasar por todo eso.

—Tenía a la abuela. —Se le hizo un nudo en la garganta al recordarla—. Ella siempre me protegió. Me creyó y me enseñó «cómo controlarlo». —Hizo comillas con los dedos.

—Ella… —Vicky dudó un momento, el tema de su abuela siempre había sido un punto sensible para Lucía—. ¿La has visto?

—No desde la noche en que murió.

—Pero no podrías… ¿llamarla? Puedes sentir espíritus, verlos, incluso hablarles. ¿Nunca has querido hacerlo por tu abuela?

—Puedo hacer todo eso si siguen aquí. Generalmente hay algo que no los deja ir —explicó, a la vez que reacomodaba su postura—. No puedo llamar a la abuela porque ella realmente se fue. Era buena, tenía un alma pura, no había nada a lo que tuviera que quedarse. —Se le aguaron los ojos, así que miró hacia arriba, para evitar llorar—. Estaría tentada, solo por volver a verla, pero me alegra que no pueda, porque significa que está en el lugar que le corresponde.

—Yo desearía que Cristina también estuviera en el lugar adecuado.

Su comentario hizo que Lucía recordara por qué le había contado su secreto en primer lugar. Se acercó a Vicky y la tomó de la mano.

—No sé si lo que ronda es Cristina, no he podido ver nada, solo sé que hay un espíritu enojado en la casa. —Tragó saliva—. ¿Quieres que intente hablarle?

—Pero, Lucy, si lo haces… ¿no crearás un vínculo?

—Es probable.

—No quiero causarte problemas, sobre todo ahora que sé lo desgastante que es para ti.

—Es tu hermana de quien estamos hablando. Es importante para ti y no me gustaría dejar que vague con resentimiento si puedo hacer algo.

—Pero… ¿cómo vas a hacerlo?

—No estoy segura si está aquí porque era su casa o si es por ti. Me gustaría que me acompañes a la mía, para tratar de tener un lugar donde pueda controlar el ambiente.

—Claro, cuenta con ello.

Lucía regresó a casa después de eso. Tomó una ducha, luego se recostó y llamó a Viento para que se acurrucara a su lado.

No podía negar que estaba nerviosa, hacía años desde que le había hablado a un espíritu y recordar cómo se había tornado la situación no era alentador. Pero era por Vicky, se lo seguía recordando una y otra vez, porque de no ser por ella, sabía que no lo haría nunca más.

Un par de días después, Vicky llegó a casa de Lucía luciendo una sonrisa, a pesar de que todavía no se veía recuperada.

Lucía la hizo pasar a la sala, donde Viento estaba cómodamente recostado en uno de los sofás. En cuanto Vicky hizo su aparición, el gato reacomodó su postura, más alerta, aunque no llegó a bufarle. Lucía frunció el ceño, generalmente Viento era cariñoso con su amiga, así que aquello no auguraba nada bueno.

Una vez que tenían café y galletas, ambas amigas se sentaron, una al lado de la otra, y se miraron, a la vez que daban los primeros sorbos al líquido humeante y oscuro.

—Y, entonces… ¿sientes algo? —preguntó Vicky con delicadeza.

—No lo que debería. —Lucía dejó la taza sobre la mesita de centro—. Es una sensación muy débil. Creo que Viento también lo percibe, por eso hoy está tan arisco contigo, pero…

—¿Pero?

—No es lo suficiente para intentar entablar comunicación. —Suspiró—. Creo que hoy tendremos una tarde de café normal.

—Hacía mucho que no teníamos una, así que al final, que no haya nada rondando también fue bueno.

—Supongo que sí. —Le sonrió.

Vicky respondió la sonrisa.

Pasaron el resto de la tarde charlando, recordando viejas anécdotas que las hicieron reír e, internamente, Lucía se sentía aliviada, porque se había ahorrado un desgaste físico y emocional y, además, porque Vicky se había divertido, aunque fuera solo por un rato; sabía que no había tenido un momento así desde que su hermana había muerto y se alegraba de haber podido ayudar, por mínimo que fuera.

Durante la siguiente semana, Lucía continuó con las visitas a Vicky. Se dio cuenta de que el espíritu seguía ahí, enojado, se aferraba sobre todo a estar cerca de su amiga, entonces pensó que, quizá, Viento había tenido que ver en que la presencia se alejara.

Así que, con todo el pesar de no tener a su gato cerca para que pudiera protegerla, Lucía aseguró que trataría de hacerlo en la casa de los Vega.

No sabía cómo se tornaría la situación, así que le pidió a Vicky que se deshiciera de toda la servidumbre, no necesitaba gente curiosa murmurando e interrumpiéndola, sobre todo en algo tan delicado como lo que estaba planeando hacer.

Dado a que los padres de Vicky seguían de viaje, ella era la única que mandaba en la casa. Los empleados se mostraron recelosos ante el pedido de que se marcharan, pero no pudieron negarse.

Así, el viernes por la tarde, ambas se sentaron sobre la cama de la habitación de Vicky y esperaron. Lucía sentía electrificado el ambiente, pero no lo suficiente para proceder.

—¿Crees que sepa lo que tratamos de hacer y esté escondido?

—No lo creo. Generalmente tengo estas sensaciones porque buscan atención.

—Entonces, ¿qué pasa? —Miró a Lucía, con expresión arrepentida—. No creas que te estoy apresurando.

—Tranquila, sé que no lo haces. Solo estás nerviosa, es natural.

—Tú no lo pareces y eso que te llevarás la peor parte.

Era porque estaba esforzándose por lucir fuerte, cuando en realidad, estaba aterrorizada. Después del encuentro que había tenido con el ente de la ouija, había sido extremadamente cuidadosa, evitando toparse con algo que pudiera seguirla o hacer que su alma se perdiera. Y ahora, iba directo al ojo del huracán. Solo deseaba que lo que había aprendido de su abuela fuera suficiente para tener todo bajo control.

Pasó buen rato sin que hubiera novedad alguna, Lucía incluso estaba comenzando a creer que quizá el espíritu finalmente se había marchado. Vicky se levantó de la cama y fue al tocador para tomar los libros que ella y su amiga estaban leyendo, para entretenerse mientras seguían esperando.

Justo cuando Vicky le dio la espalda al espejo del tocador, éste se hizo añicos.

—¡Vicky! ¡Al suelo!

Vicky se tiró al piso, soltando los libros y dejando escapar un grito cuando sintió que los pedazos del espejo volaban sobre su cabeza. Lucía abandonó la cama de inmediato y corrió hacia ella, para ayudarla a levantarse y buscarle un lugar donde pudiera refugiarse.

Ambas salieron de la habitación a trompicones y corrieron escaleras abajo, hasta que llegaron al amplio patio que precedía la sala de estar. El sol apenas se estaba escondiendo, así que el tragaluz que estaba en el alto techo de la casa les ofrecía una clara visión.

—¿No deberíamos habernos quedado? Estábamos esperando que hiciera algo, ¿no?

—Sí, pero ahora que lo ha hecho, no va a quedarse ahí.

Lucía lo sabía muy bien, iba a acecharlas por toda la casa, así que necesitaban un lugar amplio para moverse en caso de que fuera necesario. Le pidió a Vicky que se quedara cerca de la puerta de la siguiente estancia, y le hizo prometer que, si le pedía que corriera, lo haría.

Se quedó quieta y trató de localizar la presencia. ¿Dónde estaba? Sabía que no se había retirado de la casa.

Se giró cuando escuchó que Vicky volvía a gritar, una maceta con helechos se había hecho añicos a escasos centímetros de donde estaba parada. Levantó la cabeza y vio que otra maceta estaba por caer sobre ella, así que corrió y le dio un empujón para librarla del impacto.

—¡Cristina! ¡Ya basta! —gritó Lucía, mirando hacia arriba, la presencia se arremolinaba, llena de resentimiento, y se estaba haciendo cada vez más fuerte—. ¿Por qué agredes a tu hermana? ¡Ella solo quería lo mejor para ti!

La furia se encendió en el espíritu y Lucía sintió como cada vello de su cuerpo se erizaba. Ya estaba en el radar del fantasma.

—¡Cristina! —la llamó de nuevo—. ¡Dime qué quieres!

Los cristales de los ventanales de la sala de estar estallaron. Vicky retrocedió hasta una pilastra, tapándose la boca con las manos, tratando de no gritar ni estorbarle a su amiga.

Lucía siguió buscando, pero no veía nada, solo tenía la sensación de que estaba moviéndose cerca de ella. Repentinamente, sintió la respiración en su nuca, haciendo que un temblor se apoderara de su cuerpo. El corazón se le aceleró y, reuniendo todo su valor, se giró para encararla, pero nuevamente, no había nada.

Entonces retrocedió y volvió a girar para acercarse a Vicky, y al hacerlo, soltó un grito, porque a pesar de que su amiga no la veía, ahora ella sí lo hacía. No era la vivaz Cristina que había conocido años atrás, aquella que se abrazaba a su hermana mayor y le hacía cosquillas hasta que la dejaba sin aire.

Lo que estaba justo a espaldas de Vicky era un espectro marchito, grisáceo, con las mejillas sumidas y los ojos enrojecidos; Lucía suponía que había tenido un aspecto similar al momento de morir.

—Cristina, ella no te hizo mal alguno, déjala en paz.

Al notar que Lucía veía algo justo detrás de ella, a Vicky se le llenaron los ojos de lágrimas, después de todo, su hermana sí que estaba sufriendo.

—¿Qué es lo que quieres? —Caminó sigilosamente, tratando de que el espíritu no reaccionara violentamente—. ¿Qué te mantiene aquí?

Cristina la miró directamente y le mostró los dientes, amarillentos y quebradizos. A Lucía se le revolvió el estómago y se tragó el miedo que le estaba subiendo por el pecho. Estaba a punto de volver a hablarle, cuando se abalanzó sobre ella, tan rápido, que ni siquiera tuvo tiempo de hacerse a un lado, en un abrir y cerrar de ojos, estaba tirada en el piso y tenía a Cristina encima.

—¡Lucy!

—¡Vete, Vicky! —gritó, desesperada—. ¡Yo me encargo! ¡Vete!

No podía verla, no sabía si Vicky en realidad se había marchado, lo único que tenía su atención en ese momento era esa figura que alguna vez había sido humana.

—¿Qué te sucedió? —preguntó agitadamente, mientras forcejeaba con las manos heladas que tenían aprisionados sus brazos—. ¿Por qué le haces esto a alguien que te ama tanto?

Un rugido furioso fue la respuesta. El escaso cabello que cubría el cráneo caía sobre la cara del espectro, escondiendo sus facciones, pero no por ello Lucía se sentía menos aterrorizada de tenerla enfrente.

—¡Dime o márchate!

Entonces sintió como si le jalaran las entrañas, como si dejara de respirar y después, silencio.

Cristina había desaparecido, así que se levantó con cuidado, aunque se dio cuenta de que algo había cambiado. Seguía en el patio de la casa de los Vega, pero había una neblina cubriendo todo el rededor, impidiendo que viera más allá de un par de metros.

«Este lugar dejó de ser mi hogar cuando ellos la coronaron como la preferida».

Era la voz de Cristina, aunque no la veía por ningún lado.

«Creí que me quería, como yo a ella, pero no era así».

—Te equivocas —refutó Lucía, sabía que estaba hablando de Vicky.

«Hizo todo para que la amaran y entonces yo me convertí en la hija problemática».

—Vicky te quiere y se preocupa por ti. Por eso estoy aquí, quería que te ayudara.

«¿Ayudarme? Ella fue la que me hundió en primer lugar. ¡Ella no me defendió!»

Una luz blanquecina cegó a Lucía y, en cuanto cerró los ojos, una ráfaga de imágenes inundó su cabeza. Parecían ser los recuerdos de Cristina, aunque pasaban ante ella a una velocidad que no le permitía captar demasiado.

Vio a Cristina jugando con Vicky en el patio, luego ambas corriendo en el parque, comiendo juntas en la escuela. Eran recuerdos felices, entonces… ¿por qué estaba enojada?

Pero esos recuerdos comenzaron a desvanecerse y, en su lugar, vio el día en que Vicky se cambió de escuela, su fiesta de XV años y el día en que había terminado la carrera. Un halo rojizo los cubría, para luego mezclarse con el día en que Cristina había sido castigada en la escuela, cuando fumó su primer cigarrillo, cuando aquel chico de la clase le ofreció aquella pastilla…

—Cristina, basta —pidió suavemente, tocándose la cabeza con ambas manos, todo aquella estaba provocándole una jaqueca—. Esto no es culpa de Vicky, ni tampoco es culpa tuya.

«Ella no me defendió. Se olvidó de mí».

—No es así —insistió Lucía—. Ella no quería alejarse de ti ni quería que te internaran, pero no fue su decisión.

No pudo seguir hablando, repentinamente, la garganta se le había cerrado y sintió que le faltaba el aire. Estaba comenzando a asfixiarse, cuando abrió los ojos.

Sobresaltada, jaló una gran bocanada de aire, a la vez que se sentaba. Respiró dificultosa y pesadamente, temiendo que volviera a sentir asfixia.

—¡Lucy! ¡Gracias al cielo!

Vicky se le echó encima, envolviéndola en un apretado abrazo.

—¿Qué pasó?

—Caíste al piso, parecías estar peleando con algo, pero yo no podía ver nada —contestó Vicky con tono acongojado—. Luego te quedaste quieta, con los ojos abiertos. Me asusté muchísimo, creí que… tú… habías muerto. —Las lágrimas le empañaron los ojos—. No hubiera podido con la culpa si algo te hubiera pasado por acceder a hacer esto.

—Cristina me estaba mostrando cosas… —Dejó de hablar y miró a su amiga, desconcertada—. Espera… ¿cómo me despertaste?

—Bueno, es que… no fui yo. —Se mordió el labio inferior—. Fue él.

Vicky levantó la vista y miró algo a sus espaldas, así que Lucía se giró, encontrándose con un hombre joven, de ojos rasgados y cabellos oscuros y ligeramente largos; su tez, aunque blanquecina, se notaba besada por el sol, dándole un bonito halo dorado.

—¿Y tú quién eres?

—La persona que te acaba de salvar la vida.

Lucía bufó, ¿qué clase de respuesta era esa?

—No sé qué haces aquí, pero deberías marcharte.

—Dime donde está el espectro, puedo acabar con él —dijo él, ignorando el comentario de Lucía.

—¡No! —Lucía se puso de pie rápidamente. Dejó de mirar al desconocido y se enfocó en el rostro de Vicky—. Cristina cree que la abandonaste, que al ir creciendo, ya no quisiste pasar tiempo con ella, para así convertirte en la favorita de tus padres.

—Eso no es verdad —su voz se quebró—. Yo… yo creí que, si mis padres se enfocaban en mí, la dejarían en paz, la dejarían hacer lo que ella quisiera… —Comenzó a sollozar—. Si yo me convertía en su muñeca, entonces Cristina podría ser… libre.

Lucía la abrazó, mientras trataba de sentir la presencia de Cristina, tenía que estar ahí, tenía que escuchar la verdad, para que por fin pudiera descansar.

—Ella era mi persona favorita y la extraño como no tienes idea. Pero si ya no puede estar conmigo, entonces quiero que por lo menos sea libre y vaya a donde le corresponde estar. —Miró a Lucía a través de las lágrimas—. Por favor, díselo. Necesita saber la verdad, no quiero que esté enojada conmigo.

Lucía asintió y cerró los ojos, tratando de encontrar a Cristina. Habían interrumpido su conexión, pero quizá aún había una oportunidad de que la escuchara.

Ignoró los sollozos de Vicky y el mareo que la estaba atacando, necesitaba darle el mensaje a Cristina o todo habría sido en vano. Se aferró a las manos de su amiga, buscando la fuerza para no desplomarse, mientras luchaba por extender su habilidad como nunca antes había querido hacerlo.

Entonces escuchó sollozos, no eran los de Vicky, eran más sutiles y se escuchaban a algunos metros de donde ellas estaban.

Se liberó de las manos de su amiga y comenzó a acercarse a la sala de estar. El camino estaba lleno de cristales, pero no se inmutó cuando pasó sobre ellos, lo que necesitaba era alcanzar a Cristina antes de que se desvaneciera.

En un rincón del pasillo, oscuro y cubierto de macetas, vio a Cristina agazapada. Su aspecto había mejorado: Su cabello caía a raudales sobre sus hombros, sus ojos se limpiaron de la sangre y su rostro volvía a ser rechoncho.

Lucía se acercó con sigilo y, al quedar frente a ella, se hincó y buscó su rostro. Extendió la mano hacia ella, aun temerosa, pero sabía que, si no lo hacía, no podría recibir el último mensaje que Vicky quería darle.

Cuando hubo contacto entre ellas, Lucía volvió a aquel ambiente atemporal, sabía que todo seguía avanzando, pero no estaba totalmente en la realidad donde su amiga estaba.

—Ahora lo sabes.

«Quisiera que sus últimos recuerdos fueran de nosotros, jugando y riendo, no de todas las veces que le grité mientras estaba internada, no de las veces que me vio demacrada. Por favor, dile que lo siento. Nunca debí dudar de ella. Por favor, dile que siempre la voy a querer».

Lucía asintió y, después de ver que Cristina sonrió débilmente, le soltó la mano.

No la vio irse, pero se dio cuenta de que su presencia había desaparecido por completo.

—¿Lucy?

Se giró al escuchar a Vicky. Estaba a una distancia prudente, queriendo, quizá, respetar lo que Lucía le había pedido que hiciera cuando habían comenzado con el llamado a Cristina.

—¿Ella está bien?

—Ahora lo está.

Vicky asintió y se soltó a llorar.

—Comprendió lo que dijiste y quería que la perdonaras.

—No tengo nada que perdonarle.

—Bueno, entonces, todo ha terminado. Ella podrá estar en paz de ahora en adelante. Y tú también deberías.

—Muchas gracias, Lucy.

Lucía no pudo responder, porque todo se volvió negro y no supo más de ella.

No tenía idea de cuánto tiempo había estado inconsciente. Cuando abrió los ojos, reconoció de inmediato la habitación de Vicky, aunque ella no se veía por ningún lado.

Se levantó de la cama y notó que todo estaba limpio, no había señales del espejo roto. Se dio cuenta, también, de que estaba usando otra ropa, unos leggins de lana y uno de los blusones favoritos de Vicky.

Se tocó la cabeza con una mano, todavía sentía que le palpitaba un poco, pero no era nada a comparación de cómo había sido mientras estaba conectando con Cristina.

Cristina. Suspiró aliviada al recordar que se había marchado y que, a la vez, Vicky también podría darle un cierre al sufrimiento que sentía por ella.

Salió de la habitación con pasos lentos, todavía un poco desorientada. Nunca había hecho un contacto tan directo con un espíritu, así que era lógico que hubiera acabado de aquella forma, al parecer, se había extralimitado. Lo que le aliviaba es que no pensaba volver a hacerlo.

Bajó las escaleras, el patio también estaba limpio, no había cristales regados ni la tierra de las macetas que se habían roto. Seguramente Vicky había limpiado todo, para evitar preguntas, ya suficientemente sospechoso era que le hubiera pedido a la servidumbre que se marchara.

Y entonces, escuchó voces. Reconoció la de Vicky de inmediato, pero… ¿quién estaba con ella?

Se dirigió rápidamente a la sala de estar y al entrar, se topó directamente con su amiga, aunque, para su sorpresa, estaba sola. ¿Había imaginado aquella segunda voz?

—¡Lucy!

Vicky corrió hacia ella y la tomó de ambos brazos, como si de repente fuera a caer desmayada de nuevo.

—No debiste levantarte tan pronto, seguramente estás exhausta.

—Estoy bien, solo tengo un ligero dolor de cabeza.

—Ven, siéntate aquí. —La guio a uno de los sofás, fue a la mesa de centro y lleno un vaso de agua, para luego dárselo a Lucía—. Toma, quizá te ayude.

—Gracias.

Mientras Lucía bebía, Vicky se sentó a su lado y la observó en silencio. Una vez que dejó el vaso vacío sobre la mesa, dirigió la mirada hacia su amiga.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me ves así?

—Porque… eres totalmente sorprendente, Lucy.

—¿Cómo dices?

—Muchas personas no habrían hecho lo que hiciste hoy. No tengo forma de agradecerte.

—Eres mi mejor amiga. Sé que, si las cosas hubieran sido al revés, tú también lo habrías hecho por mí.

—Por supuesto.

—Entonces no necesitas agradecerme más, ¿de acuerdo?

—Bien. —Vicky dirigió una mirada al final de la sala, hacia la puerta que guiaba al comedor.

—¿Qué pasa?

—Nada. Solo creo que ya tardó bastante.

—¿De qué estás hablando?

—¿Te olvidaste de él?

—¿De quién? —Frunció el ceño.

Entonces, un hombre de ojos rasgados entró a la sala. Iba vestido de negro, con una ajustada tank top sin mangas que dejaba ver sus fuertes brazos y el cabello recogido en media coleta.

Entonces lo recordó. Después de su trance con Cristina, él estaba ahí y Vicky había dicho qué, de hecho, él la había despertado, pero… ¿cómo?

—¿Tú quién eres?

—Soy Matsui Satoru.

—Sí, bueno, más bien me refería a qué eres y por qué estás aquí. Nunca te habíamos visto.

Vicky veía a uno y a otro, sin atreverse a decir palabra.

—Vine a buscarte.

Lucía frunció el ceño al escucharlo.

—Soy un cazador de demonios y tú vas a ayudarme a atrapar a uno.

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