• Selene Orega

Labios de cristal

Parte I

Captítulo 1


Después de casi tres días, la velación de su abuela estaba a punto de terminar. Ella sabía que un funeral normal duraba un día y medio o dos, pero su madre y su tía habían insistido en que era necesario que fueran tres, a pesar de que no le habían explicado la razón. No le gustaba estar entre la multitud que se encontraba en su casa para esos días, así que se dirigió a la parte trasera, donde tenían aquel enorme jardín con un frondoso árbol de ciruelas y muchos rosales acomodados en diferentes puntos del pastizal.


El cielo tenía un tono rojizo intenso, ya que el sol estaba a punto de desaparecer, pero aún había mucha luz, así que la pequeña se sentó en uno de los escalones que conectaban la casa con el jardín y suspiró mientras contemplaba todo, sin mirar realmente algún punto. El jardín estaba solitario, aunque a sus espaldas aún podía escuchar todo el bullicio y lo odiaba. Se tapó los oídos con las manos mientras recargaba los codos en las piernas.


Quería que todos se fueran. Nadie podía realmente comprender lo que la partida de aquella mujer de 80 años significaba en realidad. Nadie podía saber el dolor que sentía, porque nadie la había conocido como ella, nadie la había escuchado hablar, reír o incluso gritar; todo eso la hacían una persona única que dejaría un hueco en su pequeño corazón. Una lágrima corrió por su mejilla, no obstante, se hubo ido tan pronto como había aparecido, la pequeña la había limpiado con rapidez.


Sintió un escalofrío cuando se percató de que alguien se colocaba justo a su espalda. Se giró lentamente y se encontró con un niño que no sería más de dos años mayor que ella. La miró atentamente con aquel par de ojos azules, haciéndola sentir cohibida. A pesar de que los destellos solares estaban casi extintos, uno que otro rebotaba en el rojizo cabello de la niña quien, después de algunos segundos de observar al extraño, se puso de pie, quedando frente a frente.


Era extraño ver a aquel niño en la casa, ella había estado ahí todo el tiempo desde que el funeral había comenzado y había sido la única niña presente. ¿De dónde había salido aquel desconocido tan repentinamente? El niño estaba a punto de decir su primera línea, cuando ella fue llamada por alguien en el interior de la casa.


—¡Circe! ¡Ven aquí!


Los ojos de la pequeña se dilataron por un instante, era la voz de su padre y no quería hacerlo enojar por nada del mundo. Pasó al lado del desconocido, despacio, mirándolo, y luego corrió para seguir su camino al interior de la casa.


Había dos puertas que conectaban el jardín con la casa; una de ellas estaba hecha de metal, gruesa, pintada de un color cromo, sin embargo, la pelirroja escogió la puerta por donde había salido, que estaba hecha de fuerte roble.


Entró a la pequeña biblioteca, la cual estaba desierta, su familia había decidido cerrarla para que la gente no invadiera toda la casa; una vez que cruzó aquella estancia, llegó a la habitación donde se encontraba su abuela. Esa habitación, que generalmente era la sala, estaba, por el contrario, llena de gente, sentados muy cercanos a donde la abuela reposaba. El ataúd era de color hueso con incrustaciones de plata y rodeada por gran cantidad de velas. Suspiró y buscó a su padre entre aquellas caras, pero en la habitación sólo se encontraban personas desconocidas, así que continuó con su recorrido.


Saliendo de la sala, giró a la izquierda para tomar el camino hacia la cocina, recorriendo un corto corredor enmarcado en paredes color perla. Las conexiones de habitaciones en su casa siempre habían parecido extrañas y confusas para otras personas, pero después de 8 años de vivir en aquel lugar, ella podía desplazarse casi con los ojos cerrados sin equivocarse.


Cuando llegó a la cocina, vio a sus padres en compañía de una mujer de piel morena clara que tenía una cara alargada con prominentes pómulos y una nariz larga y afilada. Su cabello rizado le ondeaba sobre los hombros mientras parecía discutir con su padre; su madre permanecía callada, observando. Detuvo su caminar un momento, mirando la escena en silencio, decidiendo si era mejor quedarse o regresar al jardín.


Dos pares de ojos color café se posaron sobre ella, tanto su padre como aquella desconocida mujer se habían dado cuenta de su presencia. La pequeña no sabía qué ocurría, sin embargo, justo cuando estaba lista para irse de la cocina, la mujer se acercó a ella y acarició suavemente su rostro. La niña se estremeció en cuanto se produjo aquel contacto y quiso regresar unos cuantos pasos, pero se había quedado estática sin poder evitarlo.


—Circe, querida…

—No toques a mi hija.


La mujer lo miró duramente, mientras aquel robusto hombre de cabello castaño la tomaba de un brazo, haciendo que se alejara de la niña.


—Circe, ve con tu madre.


Asintió y corrió hacia su madre, quien se agachó para quedar a su altura, la envolvió en sus brazos e hizo que el cabello de ambas pareciera uno solo, ya que el tono rojizo lo había heredado de ella. Sintió un escalofrío a pesar de que su madre la apretujaba con fuerza y tapaba gran parte de su rostro, evitando que visualizara con claridad a la desconocida y a su padre.


—Vete de una vez y no te atrevas a regresar —susurró el hombre.


Circe pudo escucharlo con claridad, a pesar de que su madre la acurrucaba en su pecho y trataba de tapar sus oídos.


La mujer, quien evidentemente se veía ofendida ante tal trato, miró a la niña nuevamente, luego lanzó una mirada desafiante al hombre y finalmente salió por la puerta por la cual Circe había llegado. La pequeña la siguió con la mirada por un instante, una vez que su madre la había ido liberando de su yugo poco a poco.


Otra mujer de cabello pelirrojo arribó a la cocina, colocándose a pocos pasos de la madre de Circe.


—Tía Mirabella…

—Ve —le susurró su madre, soltándola.


Corrió hacia su tía, quien la recibió con una ligera caricia en la cabeza. Mirabella había escuchado todo sin haberse hecho presente en la plática con la mujer desconocida, se había quedado detrás de la puerta al escuchar a su cuñado con un tono de voz molesto. Todos estaban serios y el silencio reinó por unos segundos.


—Stefan…

—Termina esto de una vez, Glenda —el hombre sonó muy molesto.

—Ehm… si, le diremos a las personas que se retiren.

—Me refiero a todo. —La miró con frialdad—. Es necesario que se lleven el cuerpo de una vez.

—Pero… aún falta…

—Sí, ya sé, su estúpida tradición.


Glenda bajó la mirada, asintiendo, mientras Mirabella fruncía el cejo al escuchar aquellas palabras plagadas de desdén. Stefan nunca había sido alguien a quien realmente apreciara, no obstante, trataba de llevar las cosas en paz debido a que era el marido de su hermana, pero aquellos comentarios simplemente estaban haciendo que se saliera de sus casillas, sobre todo por el difícil momento en el que se encontraban. Abrazó más fuerte a Circe y le dijo en un susurro que esperara en el jardín en lo que ella y su madre terminaran de arreglar todo. La niña asintió y salió de la cocina poco después, por el mismo camino por el que había llegado.


—Deberías tener un poco más de respeto, independientemente de que te interesen o no nuestras creencias, nuestra madre aún yace en la siguiente habitación.

—Esto es una pérdida total de tiempo —dijo Stefan, encarando a su cuñada. Ambos parecían tener fuego en la mirada—. Un día era más que suficiente para poder llevársela, pero no, tienen que armar todo su teatrito.

—Deja de estar… —Mirabella se contuvo al sentir el contacto de la mano de su hermana sobre su brazo y dejó la frase en el aire—. Deberías irte si no quieres estar presente, tu aura simplemente entorpece todo.

—Por supuesto que me iré, ¿crees que quiero quedarme a ver sus tonterías? —Quitó la vista de ambas—. Espero que más tarde por la noche hayan terminado con todo, y en el menor tiempo posible, quiero que mi hija se vaya a dormir temprano. —Se dirigió a la puerta, no obstante, se giró una vez más para ver a su cuñada—. Y te lo digo de una vez, no te quiero ver en esta casa de aquí en adelante.

—¡Stefan! —exclamó Glenda, muy sorprendida.

—No voy a repetírtelo, Mirabella, desde esta noche no vives aquí, la arpía de tu madre no manda más en esta casa. —Miró a su esposa, quien parecía que iba a refutarlo—. Ni se te ocurra contradecirme, Glenda, no sabes de lo que soy capaz.


Stefan salió de la cocina dando un portazo, dejando a su esposa en un silencio total, preocupada ante la situación que se estaba dando, no sabía cómo podría remediarlo. Por su parte, Mirabella se encontraba furibunda ante aquellas palabras tan despreciativas.


—Glenda —dijo, tomando una gran bocanada de aire para calmarse y poder así continuar con sus deberes—. Es hora. Hay que pedirle a la gente que se retire, únicamente Leah se quedará con unos cuantos primos que vinieron con ella, quienes nos ayudarán a mover el ataúd.

—Está bien.


Se fueron en diferentes direcciones, para así abarcar todos los lugares de la casa que se encontraban ocupadas, de esa manera, agradecieron más rápidamente a las personas que habían asistido para acompañarlas en ese difícil momento y les pidieron, de la manera más atenta que pudieron, que se retiraran del lugar para pasar los últimos momentos con su madre.


Después de alrededor de diez minutos, toda la gente se había retirado de la casa, a excepción de una mujer de piel apiñonada y cabello oscuro, largo y lacio, quien las esperaba sentada en una de las sillas que había en la estancia; a su lado, se encontraban aquellos primos que Mirabella había mencionado y a los cuales les pidieron amablemente que esperaran en la sala. El trío de mujeres se dirigió al jardín, donde ya se había colocado el ataúd frente al gran árbol de ciruelas.


—Desdemona era un gran ejemplo —dijo la mujer de piel apiñonada, sin detener el paso.

—Gracias, Leah —contestó Mirabella, después de lanzar un largo suspiro—. A veces creo que la apreciabas más tú que Glenda. —Miró a su hermana menor quien, al llegar al ataúd, comenzó a acomodar velas alrededor del mismo con ayuda de Circe—. No puedo creer que Stefan se haya metido tanto en su cabeza, tanto como para que no valore a su propia familia.

—No digas tonterías, Glenda amaba a su madre, es sólo que… está en una posición difícil.

—No me lo parece tanto.

—Sé que yo no tengo derecho a opinar…


Mirabella la miró, negando con la cabeza, para así indicarle a su amiga que no era eso lo que trataba de decir.


—Pero creo que, por el bien de Circe, deben encontrar una manera de llevarse mejor.

—Tía Mirabella, ya terminamos. —Circe había corrido hasta el par de mujeres, dejando a su madre atrás.


Mirabella asintió, guardando las palabras que iba a decir a su amiga, no quería que su sobrina estuviera al tanto de aquellas conversaciones.


—Regresa con tu madre y ahora te alcanzamos.


Circe asintió, salió corriendo y pronto llegó al lado de Glenda nuevamente, quien la abrazó mientras veía casi sin parpadear el ataúd donde su madre se encontraba, sintió un hueco en el estómago al caer en la cuenta de que no había vuelta atrás, era la última vez que estaría junto a ella.


—Es hora —anunció Mirabella y se acercó hacia su hermana, seguida de Leah.


Circe se quedó quieta mientras su madre y su tía hacían todo lo que era necesario para continuar con la tradición familiar. Ella nunca había estado presente en alguna velada de ese tipo, siempre se quedaba en casa cuando había funerales de familiares, pero ambas hermanas White sabían que Circe merecía estar presente, su abuela habría de dejar por siempre un recuerdo muy importante.


Circe no comprendía por qué su madre y su tía habían hecho mover el cuerpo de la abuela al jardín, por qué todo estaba lleno de las luces producidas por las velas o por qué Leah observaba todo en silencio como si te tratara de algo normal. Porque, lo único que la pequeña sabía, es que aquello no era algo que se practicara en un funeral común, o por lo menos, eso había escuchado decir a sus compañeros de la escuela.


La pequeña se acercó al ataúd, que tenía la parte superior abierta y, con ayuda de un tronco seco, subió hasta poder visualizar el rostro de su abuela, ya que no era lo suficiente alta para hacerlo sin ayuda. La miró con atención, era como si estuviera dormida, tenía una tranquilidad tal en su cara, que no podía entender cómo era posible que simplemente ya no estuviera ahí. De nuevo se le escapó una lágrima, pero la hizo desaparecer, como lo había hecho por la tarde.


Mientras Circe veía dulcemente el rostro de Desdemona White, Glenda y Mirabella comenzaron con las últimas palabras hacía su madre, esperando que, finalmente, encontrara el camino.


******


Encuentra la historia completa aquí.

Entradas Recientes

Ver todo