• Selene Orega

Labios de cristal

Actualizado: may 20

Parte I

Capítulo 1


Después de casi tres días, la velación de su abuela estaba a punto de terminar. Ella sabía que un funeral normal duraba un día y medio o dos, pero su madre y su tía habían insistido en que era necesario que fueran tres, a pesar de que no le habían explicado la razón. No le gustaba estar entre la multitud que se encontraba en su casa para esos días, así que se dirigió a la parte trasera, donde tenían aquel enorme jardín con un frondoso árbol de ciruelas y muchos rosales acomodados en diferentes puntos del pastizal.


El cielo tenía un tono rojizo intenso, ya que el sol estaba a punto de desaparecer, pero aún había mucha luz, así que la pequeña se sentó en uno de los escalones que conectaban la casa con el jardín y suspiró mientras contemplaba todo, sin mirar realmente algún punto. El jardín estaba solitario, aunque a sus espaldas aún podía escuchar todo el bullicio y lo odiaba. Se tapó los oídos con las manos mientras recargaba los codos en las piernas.


Quería que todos se fueran. Nadie podía realmente comprender lo que la partida de aquella mujer de 80 años significaba en realidad. Nadie podía saber el dolor que sentía, porque nadie la había conocido como ella, nadie la había escuchado hablar, reír o incluso gritar; todo eso la hacían una persona única que dejaría un hueco en su pequeño corazón. Una lágrima corrió por su mejilla, no obstante, se hubo ido tan pronto como había aparecido, la pequeña la había limpiado con rapidez.


Sintió un escalofrío cuando se percató de que alguien se colocaba justo a su espalda. Se giró lentamente y se encontró con un niño que no sería más de dos años mayor que ella. La miró atentamente con aquel par de ojos azules, haciéndola sentir cohibida. A pesar de que los destellos solares estaban casi extintos, uno que otro rebotaba en el rojizo cabello de la niña quien, después de algunos segundos de observar al extraño, se puso de pie, quedando frente a frente.


Era extraño ver a aquel niño en la casa, ella había estado ahí todo el tiempo desde que el funeral había comenzado y había sido la única niña presente. ¿De dónde había salido aquel desconocido tan repentinamente? El niño estaba a punto de decir su primera línea, cuando ella fue llamada por alguien en el interior de la casa.


—¡Circe! ¡Ven aquí!


Los ojos de la pequeña se dilataron por un instante, era la voz de su padre y no quería hacerlo enojar por nada del mundo. Pasó al lado del desconocido, despacio, mirándolo, y luego corrió para seguir su camino al interior de la casa.


Había dos puertas que conectaban el jardín con la casa; una de ellas estaba hecha de metal, gruesa, pintada de un color cromo, sin embargo, la pelirroja escogió la puerta por donde había salido, que estaba hecha de fuerte roble.


Entró a la pequeña biblioteca, la cual estaba desierta, su familia había decidido cerrarla para que la gente no invadiera toda la casa; una vez que cruzó aquella estancia, llegó a la habitación donde se encontraba su abuela. Esa habitación, que generalmente era la sala, estaba, por el contrario, llena de gente, sentados muy cercanos a donde la abuela reposaba. El ataúd era de color hueso con incrustaciones de plata y rodeada por gran cantidad de velas. Suspiró y buscó a su padre entre aquellas caras, pero en la habitación sólo se encontraban personas desconocidas, así que continuó con su recorrido.


Saliendo de la sala, giró a la izquierda para tomar el camino hacia la cocina, recorriendo un corto corredor enmarcado en paredes color perla. Las conexiones de habitaciones en su casa siempre habían parecido extrañas y confusas para otras personas, pero después de 8 años de vivir en aquel lugar, ella podía desplazarse casi con los ojos cerrados sin equivocarse.


Cuando llegó a la cocina, vio a sus padres en compañía de una mujer de piel morena clara que tenía una cara alargada con prominentes pómulos y una nariz larga y afilada. Su cabello rizado le ondeaba sobre los hombros mientras parecía discutir con su padre; su madre permanecía callada, observando. Detuvo su caminar un momento, mirando la escena en silencio, decidiendo si era mejor quedarse o regresar al jardín.


Dos pares de ojos color café se posaron sobre ella, tanto su padre como aquella desconocida mujer se habían dado cuenta de su presencia. La pequeña no sabía qué ocurría, sin embargo, justo cuando estaba lista para irse de la cocina, la mujer se acercó a ella y acarició suavemente su rostro. La niña se estremeció en cuanto se produjo aquel contacto y quiso regresar unos cuantos pasos, pero se había quedado estática sin poder evitarlo.


—Circe, querida…

—No toques a mi hija.


La mujer lo miró duramente, mientras aquel robusto hombre de cabello castaño la tomaba de un brazo, haciendo que se alejara de la niña.


—Circe, ve con tu madre.


Asintió y corrió hacia su madre, quien se agachó para quedar a su altura, la envolvió en sus brazos e hizo que el cabello de ambas pareciera uno solo, ya que el tono rojizo lo había heredado de ella. Sintió un escalofrío a pesar de que su madre la apretujaba con fuerza y tapaba gran parte de su rostro, evitando que visualizara con claridad a la desconocida y a su padre.


—Vete de una vez y no te atrevas a regresar —susurró el hombre.


Circe pudo escucharlo con claridad, a pesar de que su madre la acurrucaba en su pecho y trataba de tapar sus oídos.


La mujer, quien evidentemente se veía ofendida ante tal trato, miró a la niña nuevamente, luego lanzó una mirada desafiante al hombre y finalmente salió por la puerta por la cual Circe había llegado. La pequeña la siguió con la mirada por un instante, una vez que su madre la había ido liberando de su yugo poco a poco.


Otra mujer de cabello pelirrojo arribó a la cocina, colocándose a pocos pasos de la madre de Circe.


—Tía Mirabella…

—Ve —le susurró su madre, soltándola.


Corrió hacia su tía, quien la recibió con una ligera caricia en la cabeza. Mirabella había escuchado todo sin haberse hecho presente en la plática con la mujer desconocida, se había quedado detrás de la puerta al escuchar a su cuñado con un tono de voz molesto. Todos estaban serios y el silencio reinó por unos segundos.


—Stefan…

—Termina esto de una vez, Glenda —el hombre sonó muy molesto.

—Ehm… si, le diremos a las personas que se retiren.

—Me refiero a todo. —La miró con frialdad—. Es necesario que se lleven el cuerpo de una vez.

—Pero… aún falta…

—Sí, ya sé, su estúpida tradición.


Glenda bajó la mirada, asintiendo, mientras Mirabella fruncía el cejo al escuchar aquellas palabras plagadas de desdén. Stefan nunca había sido alguien a quien realmente apreciara, no obstante, trataba de llevar las cosas en paz debido a que era el marido de su hermana, pero aquellos comentarios simplemente estaban haciendo que se saliera de sus casillas, sobre todo por el difícil momento en el que se encontraban. Abrazó más fuerte a Circe y le dijo en un susurro que esperara en el jardín en lo que ella y su madre terminaran de arreglar todo. La niña asintió y salió de la cocina poco después, por el mismo camino por el que había llegado.


—Deberías tener un poco más de respeto, independientemente de que te interesen o no nuestras creencias, nuestra madre aún yace en la siguiente habitación.

—Esto es una pérdida total de tiempo —dijo Stefan, encarando a su cuñada. Ambos parecían tener fuego en la mirada—. Un día era más que suficiente para poder llevársela, pero no, tienen que armar todo su teatrito.

—Deja de estar… —Mirabella se contuvo al sentir el contacto de la mano de su hermana sobre su brazo y dejó la frase en el aire—. Deberías irte si no quieres estar presente, tu aura simplemente entorpece todo.

—Por supuesto que me iré, ¿crees que quiero quedarme a ver sus tonterías? —Quitó la vista de ambas—. Espero que más tarde por la noche hayan terminado con todo, y en el menor tiempo posible, quiero que mi hija se vaya a dormir temprano. —Se dirigió a la puerta, no obstante, se giró una vez más para ver a su cuñada—. Y te lo digo de una vez, no te quiero ver en esta casa de aquí en adelante.

—¡Stefan! —exclamó Glenda, muy sorprendida.

—No voy a repetírtelo, Mirabella, desde esta noche no vives aquí, la arpía de tu madre no manda más en esta casa. —Miró a su esposa, quien parecía que iba a refutarlo—. Ni se te ocurra contradecirme, Glenda, no sabes de lo que soy capaz.


Stefan salió de la cocina dando un portazo, dejando a su esposa en un silencio total, preocupada ante la situación que se estaba dando, no sabía cómo podría remediarlo. Por su parte, Mirabella se encontraba furibunda ante aquellas palabras tan despreciativas.


—Glenda —dijo, tomando una gran bocanada de aire para calmarse y poder así continuar con sus deberes—. Es hora. Hay que pedirle a la gente que se retire, únicamente Leah se quedará con unos cuantos primos que vinieron con ella, quienes nos ayudarán a mover el ataúd.

—Está bien.


Se fueron en diferentes direcciones, para así abarcar todos los lugares de la casa que se encontraban ocupadas, de esa manera, agradecieron más rápidamente a las personas que habían asistido para acompañarlas en ese difícil momento y les pidieron, de la manera más atenta que pudieron, que se retiraran del lugar para pasar los últimos momentos con su madre.


Después de alrededor de diez minutos, toda la gente se había retirado de la casa, a excepción de una mujer de piel apiñonada y cabello oscuro, largo y lacio, quien las esperaba sentada en una de las sillas que había en la estancia; a su lado, se encontraban aquellos primos que Mirabella había mencionado y a los cuales les pidieron amablemente que esperaran en la sala. El trío de mujeres se dirigió al jardín, donde ya se había colocado el ataúd frente al gran árbol de ciruelas.


—Desdemona era un gran ejemplo —dijo la mujer de piel apiñonada, sin detener el paso.

—Gracias, Leah —contestó Mirabella, después de lanzar un largo suspiro—. A veces creo que la apreciabas más tú que Glenda. —Miró a su hermana menor quien, al llegar al ataúd, comenzó a acomodar velas alrededor del mismo con ayuda de Circe—. No puedo creer que Stefan se haya metido tanto en su cabeza, tanto como para que no valore a su propia familia.

—No digas tonterías, Glenda amaba a su madre, es sólo que… está en una posición difícil.

—No me lo parece tanto.

—Sé que yo no tengo derecho a opinar…


Mirabella la miró, negando con la cabeza, para así indicarle a su amiga que no era eso lo que trataba de decir.


—Pero creo que, por el bien de Circe, deben encontrar una manera de llevarse mejor.

—Tía Mirabella, ya terminamos. —Circe había corrido hasta el par de mujeres, dejando a su madre atrás.


Mirabella asintió, guardando las palabras que iba a decir a su amiga, no quería que su sobrina estuviera al tanto de aquellas conversaciones.


—Regresa con tu madre y ahora te alcanzamos.


Circe asintió, salió corriendo y pronto llegó al lado de Glenda nuevamente, quien la abrazó mientras veía casi sin parpadear el ataúd donde su madre se encontraba, sintió un hueco en el estómago al caer en la cuenta de que no había vuelta atrás, era la última vez que estaría junto a ella.


—Es hora —anunció Mirabella y se acercó hacia su hermana, seguida de Leah.


Circe se quedó quieta mientras su madre y su tía hacían todo lo que era necesario para continuar con la tradición familiar. Ella nunca había estado presente en alguna velada de ese tipo, siempre se quedaba en casa cuando había funerales de familiares, pero ambas hermanas White sabían que Circe merecía estar presente, su abuela habría de dejar por siempre un recuerdo muy importante.


Circe no comprendía por qué su madre y su tía habían hecho mover el cuerpo de la abuela al jardín, por qué todo estaba lleno de las luces producidas por las velas o por qué Leah observaba todo en silencio como si te tratara de algo normal. Porque, lo único que la pequeña sabía, es que aquello no era algo que se practicara en un funeral común, o por lo menos, eso había escuchado decir a sus compañeros de la escuela.


La pequeña se acercó al ataúd, que tenía la parte superior abierta y, con ayuda de un tronco seco, subió hasta poder visualizar el rostro de su abuela, ya que no era lo suficiente alta para hacerlo sin ayuda. La miró con atención, era como si estuviera dormida, tenía una tranquilidad tal en su cara, que no podía entender cómo era posible que simplemente ya no estuviera ahí. De nuevo se le escapó una lágrima, pero la hizo desaparecer, como lo había hecho por la tarde.


Mientras Circe veía dulcemente el rostro de Desdemona White, Glenda y Mirabella comenzaron con las últimas palabras hacía su madre, esperando que, finalmente, encontrara el camino.


Capítulo 2


—¡Muchas gracias, mamá! —Corrió a abrazar a su madre, algo que generalmente no ocurría, sin embargo, aquella era una ocasión especial.

—No sé, Circe, ¿realmente crees que es buena idea? La verdad es que…

—Sabes perfectamente que no puedo continuar sin ir a la universidad —interrumpió—. Un tutor no puede ayudarme en este punto y ya me he retrasado bastante. Quiero hacerlo. Además, son sólo tres días a la semana.


Glenda lanzó un suspiro y volvió a asentir.


—¡Iré a investigar! —Circe sonrió, dejando ver su dentadura perfecta enmarcada en aquellos labios con forma de corazón.

—Pero…

—Tengo que investigar qué necesito para poder ingresar. Documentos, pagos, fechas, ¡todo!

—Ten cuidado cuando salgas —pidió.


Que Circe saliera sola no era muy común, la mayor parte del tiempo salían juntas o ella simplemente iba a la casa de al lado, donde vivía Mirabella.


—Lo haré, mamá, puedo cuidarme sola, no sé por qué siempre lo dudas.


No se fue inmediatamente, subió a su habitación y se cambió la ropa, quería algo cómodo, ya que pensaba pasar buen tiempo fuera de la casa, aprovechando que su madre le había dado permiso de salir. No se lo había comentado a su madre, no lo había creído prudente, pero ya había investigado varias cosas sobre el proceso de admisión, simplemente esperó el tiempo adecuado para preguntarle si ese año la dejaría embarcarse en esa nueva etapa.


Había pasado gran parte de su niñez y toda su adolescencia estudiando en casa por decisión de su madre, pero… ¿un tutor para la universidad? Eso sonaba simplemente ridículo. Sandrine, su tutora, era una excelente profesora y nunca había tenido problemas para entender cada uno de los temas que se abarcaron dentro de su educación, sin embargo, quería algo diferente, aprender de una manera distinta y, sobre todo, deseaba conocer gente nueva. A raíz de aquel tipo de educación, pasaba casi todo su tiempo en casa, por lo cual, no podía decir que tuviera gran cantidad de amistades.


Decidió usar un short de mezclilla, una blusa de tirantes de color blanco y tenis antes de su precipitada salida con rumbo a la universidad. Tomó su bicicleta, la cual tenía una pequeña canasta de mimbre, para emprender el camino; hacía bastante calor y quería sentir el viento al ir recorriendo la ciudad en su pequeño transporte.


—¡Circe!


Se giró justo antes de que trepara a la bicicleta y se encontró con Alexander Knightly, el hijo de Leah, quien justo iba saliendo de su casa. Él y su madre eran sus vecinos de toda la vida. La casa de los Knightly era un poco más pequeña que cualquiera de las dos casas White, pero vivían cómodamente en el lugar, ya que sólo eran ellos dos.


—¿A dónde vas?

—¡Hola, Alex! Voy a iniciar los trámites para ingresar a la universidad. —Su sonrisa era gigante y le iluminaba toda la cara—. ¿Puedes creerlo? Ahora no serás el único que diga que tiene deberes pendientes y mucho por leer.

—Vaya. —Alex sonrió, el viento le alborotaba el cabello ligeramente largo que era de un color castaño oscuro—. Por fin lo has conseguido.

—No sabes lo feliz que estoy.

—Puedo imaginarme.


Circe asintió y luego trepó a la bicicleta.


—¿Puedo acompañarte?

—¡Claro! ¡Sería genial! Hace mucho que no salimos a pasear, ya sabes, mi madre y sus ideas del siglo pasado. —Resopló.

—¿Cuál es el rumbo? —preguntó, sin dejar de lucir una sonrisa en el rostro ante el comentario. Se alejó un poco y luego regresó con una bicicleta a su lado.

—Voy a Cedar Hills College. Estuve leyendo los requisitos y creo que tengo que ir por unas solicitudes que tengo que llenar, para regresarlas después con algunos documentos que me están solicitando —sonó confundida, todo eso de los requerimientos la traían vuelta loca.

—Sí que lo tienes todo investigado.

—Por supuesto, he esperado este momento por mucho tiempo como para ser descuidada al respecto.

—Bien, entonces vámonos de una vez.


Alex, como cariñosamente ella lo llamaba, era su único amigo. Desde pequeña, había recibido educación en casa, por lo cual, las amistades escolares no eran una opción, además de que no se le permitía salir a jugar con los niños de casas cercanas por órdenes de su madre, la única oportunidad que tenía de convivir con alguien de una edad cercana a la suya era visitando la casa de los Knightly, donde podía jugar con el único hijo de Leah.


A través de los años, Circe y Alex se hicieron muy unidos, a pesar de que la pelirroja no salía mucho de casa y de que él asistía normalmente a la escuela, lo cual le creaba más ocupaciones que a ella. Eso, sin embargo, le animaba en ocasiones, cuando visitaba la casa de los Knightly, le gustaba observarlo realizar sus deberes escolares, ya que eran algo diferentes a los que Sandrine le encomendaba.


A pesar de que Circe estaba muy impaciente por llegar a su destino, lo tomó con calma. Ambos pasearon sin mayor apuro por las calles de Portland, Oregon, ciudad en la que habían nacido y la cual conocían como la palma de su mano. Alex pasaba mucho tiempo con Circe y, aunque realmente le gustaba su compañía, se llegó a preguntar muchas veces por qué su madre no ponía objeción alguna cuando se trataba de pasar tiempo con él, cuando le estaba totalmente prohibido socializar con algún otro vecino.


Aquellos pensamientos se despejaron de inmediato cuando vislumbró a pocos metros de distancia el edificio al que se dirigían. Era un edificio enorme y vistoso. Sintió una emoción naciente en el pecho y, después de dejar su bicicleta asegurada en la entrada, cruzó el umbral y buscó las oficinas donde pudieran darle información, casi olvidando que Alex la seguía muy de cerca.


El interior era luminoso, al tener tantos ventanales, la luz del día cumplía su labor. Alex la seguía a través de los pasillos, en los cuales encontraron muy poca gente, aunque no sabían si era por la temporada (el verano ya había comenzado) o si las personas se encontraban en clases.


Después de un par de minutos, encontraron la oficina de información, así que Circe entró a preguntar y Alex se quedó recargado en la puerta de entrada para esperar a que ella se desocupara. Alex miró alrededor, era un lugar enorme y seguro los pasillos se avivarían con el inicio oficial de clases; le alegraba mucho que su amiga pudiera experimentar un cambio después de tantos años de haber recibido educación en casa.


Cuando Circe salió de la oficina, había una mueca de confusión en su rostro, haciendo inquietar a Alex, ya que su semblante había cambiado completamente.


—¿Qué sucede?

—Esto es… complicado —contestó, sin dejar de ver los documentos que le habían entregado—. Piden muchas cosas que no estoy muy segura de tener o saber qué son. Diablos, esto es un desastre.

—Tranquilízate. —Le acarició el brazo fugazmente para indicarle que se relajara—. ¿La señorita Weisz podría ayudarte?

—Sí, supongo que sí. —Suspiró y guardó los papeles en un morral que llevaba cargando—. Necesitan comprobar mi nivel de estudios, lo cual es muy lógico, pero con todo eso de la enseñanza en casa, no sé muy bien cómo conseguirlo. Más tarde, cuando esté en casa, llamaré a Sandrine para que me ayude con estos trámites, estoy segura que no se negará a echarme una mano.

—Por supuesto que no —dijo él, seguro—. ¿Cuándo tienes que entregarlos?

—Tengo unas cuantas semanas, pero quiero arreglarlo lo más pronto posible, no quiero que me ganen las prisas. —Pareció ansiosa momentáneamente—. Porque necesito comprar los libros que necesitaré, los horarios de clases, las materias…

—Siempre tan precavida —interrumpió, deteniendo la lista interminable de cosas pendientes.


La tomó de los hombros con su brazo izquierdo mientras seguían caminando. Era varios centímetros más alto que ella y su piel apiñonada resaltaba a comparación de la blanca tez de Circe.


—Creo que es hora de irnos —anunció Circe con desgano. Sabía perfectamente que, si se tardaba demasiado, su madre estaría atosigándola toda la tarde recriminándole ese hecho.


El viaje de regreso fue igual de tranquilo que el de ida. Alex estuvo platicándole las últimas novedades del tiempo que no se habían visto, aunque ambos tenían que admitir que no eran muy interesantes, su vecindario era uno de los más tranquilos. Al llegar a una gran avenida, Circe, después de pensarlo mucho, anunció cambio de destino.


—Iré a ver a mi tía Mirabella —dijo, deteniendo la bicicleta. Al diablo con los regaños de su madre, ahora que iría a la universidad, tendría que acostumbrarse a que estuviera más tiempo fuera de casa—. Creo que a esta hora aún la puedo encontrar en la librería.

—¿Segura?


Circe asintió.


—De acuerdo, te veré después, entonces.

—Salúdame a Leah.


Giró en una dirección diferente a la que tomó Alex y con lentos pedaleos se dirigió a la librería de su tía, la cual ya no se encontraba muy lejos.


Tanto la librería de su tía como la cafetería de su madre estaban juntas en una de las avenidas más importantes de la ciudad, aquel par de negocios eran el legado que su abuelo, Argus, había dejado a su abuela Desdemona, quien, a su vez, al morir, heredó a sus hijas.


Su tía y su madre siempre habían sido muy opuestas, por lo menos que ella recordara desde que tenía uso de razón. Dejando de lado las características físicas que evidenciaban a las White (cabello lacio y pelirrojo), no tenían nada que ver una con la otra e incluso los locales demostraban esas diferencias, cada una había puesto sus gustos particulares en la decoración de los mismos.


La cafetería de su madre, llamada «Café La Luciérnaga», era un local pintado de colores pasteles, la fachada estaba pintada de rosa con blanco y ventanas con marcos color azul aqua, tenía un letrero sobre la entrada que dejaba ver una bonita tipografía indicando el nombre del establecimiento. La librería de su tía, por otro lado, estaba pintada de azul con detalles negros, tenía grandes ventanales con marcos en gris cromado y llevaba por nombre «Ilusiones de Papel», el cual estaba grabado en la puerta de cristal que daba paso a la entrada.


Dejó su bicicleta asegurada afuera de la librería, el establecimiento tenía un área dedicada a ese tipo de vehículos, algo que Mirabella había creado específicamente para las visitas de su sobrina. Antes de entrar, se encaminó a la cafetería con pasitos ligeros, se sentía con antojo de algún postre. Una campanita sonó cuando abrió la puerta.


—¡Circe! ¡Que gusto verte!


Una chica de baja estatura, piel blanca y ojos ligeramente rasgados se acercó a ella, dejando encargado el mostrador a uno de sus compañeros.


—Hace mucho que no pasabas por aquí.

—Hola, Audrey. —Sonrió y correspondió fugazmente el abrazo que le proporcionaba—. Lo sé, pero ya sabes que mi madre se pone neurótica cuando se trata de que salga sola, como si no conocieras la ciudad lo suficiente bien para cuidarme.

—Sólo trata de protegerte.


Circe rodó los ojos, aunque Audrey pareció no notar su gesto de fastidio.


—¿Vas a quedarte un rato?

—En realidad, venía a ver a mi tía Mirabella, pero no pude resistir la tentación de venir por algo.

—La dulce tentación.


Circe sonrió y Audrey le guiñó un ojo mientras regresaba detrás del mostrador.


Al lado derecho del mostrador se encontraba la barra donde se entregaban los cafés que se ordenaban para llevar y del lado izquierdo se encontraba una vitrina donde se podían ver gran cantidad de postres y panes, complementado por un estante con más delicias, el cual se encontraba después de la barra, justo al lado de la cafetera y de las demás herramientas utilizadas para la preparación de las bebidas, así los clientes podían ver la variedad y escoger por ellos mismos de acuerdo a lo que se les apeteciera más.


—Tu madre envió estas tartas hace poco. —Señaló unas dentro de la vitrina—. Son de queso con frutos rojos.

—Prefiero pay de manzana.

—Entendido, enseguida lo tendré listo.


Miró alrededor. la cafetería estaba casi llena, la planta baja ya no tenía espacio y el primer piso estaba a la mitad de su capacidad. No los culpaba, las sillas eran realmente cómodas y las pequeñas salas eran una delicia cuando se trataba de descansar, aunque ella había tenido poco tiempo de pasar un buen rato ahí. Observó que, a pesar de que la temática de la cafetería era específica, no había un estilo que determinara a los clientes, todos los visitantes eran diferentes unos de otros.


—Aquí tienes.


Audrey interrumpió sus pensamientos, mientras le entregaba dos pequeñas cajas de cartón. Circe agradeció.


—Llévale uno a Mirabella, quizá así se tome un respiro.

—Lo intentaré. Nos vemos después, Audrey.


Salió de la cafetería, sosteniendo las cajas con cuidado y luego entró al establecimiento de al lado. Subió hasta el segundo piso y se dirigió directamente a la oficia de su tía, no sin ir merodeando entre los estantes para ver si había algo que pudiera llevarse a casa. En el trayecto, hubo más de un libro que captó su atención, pero siempre, antes de tomar cualquiera de ellos, preguntaba a su tía si podía tenerlo. Cuando finalmente llegó, después del lento recorrido, tocó la puerta con suaves golpecitos.


—¡Adelante!


Abrió la puerta y asomó la cabeza antes de cruzar el umbral para ver si no era imprudente interrumpir a su tía, que generalmente estaba cubierta de montones de trabajo. En aquel momento no fue la excepción, se encontraba con la vista fija en varios documentos sobre su escritorio, no obstante, al notar que nadie había entrado después de que anunciara su consentimiento, levantó la mirada.


—Circe, querida, pasa, pasa, no te quedes afuera. —Se levantó de su silla y caminó hacia ella para recibirla, luego la abrazó y Circe correspondió con gran afecto.

—Te he traído un poco de pay.

—Ya veo que has hecho una parada antes de llegar aquí. —Sonrió y tomó la caja de cartón, mientras ambas tomaban asiento en un pequeño sofá que se encontraba frente al escritorio—. Espero que a tu madre no le moleste.

—No tendría por qué molestarse por algo así. Da igual, si dice algo, ya me las arreglaré.


Mirabella sonrió, le gustaban aquellos fugaces momentos de rebeldía de su sobrina.


—Y dime, ¿qué te trae por aquí? —preguntó, antes de dar una mordida a su pay—. Tu madre generalmente es muy renuente a que salgas sola.

—Fui a la universidad a preguntar algunas cosas y pasé por aquí antes de llegar a casa.

—¿Universidad? No me digas que…


Circe asintió.


—¡Vaya! No puedo creer que hayas convencido a Glenda, es un hueso duro de roer. Aunque me alegra mucho que finalmente te esté dando la oportunidad que has querido desde hace tiempo.

—Lo sé —dijo en tono divertido—, por fin podré dar el gran paso. Sólo que necesito entregar muchos documentos para ingresar, tendré que contactar a Sandrine lo más pronto posible, aunque sean mis días libres de deberes.

—Hazlo. Ahora que tienes la oportunidad, no la dejes ir; conociendo a tu madre, cualquier descuido que tengas lo aprovechará para frenarte. —Se echó el último pedazo de pay a la boca.


Mirabella regresó a su escritorio cuando vio que Circe ya se había puesto de pie, indicando que estaba por irse.


—¿Te llevarás algo hoy?

—¿Puedo?

—¡Por supuesto! Los libros que gustes, ya sabes que no hay inconveniente por eso. —Sonrió—. Si tienes dudas de dónde encontrar algún título, sabes que cualquiera estará feliz de ayudarte, todos te adoran, y no los culpo.

—Gracias, tía, pero conozco bastante bien la librería, creo que podré encontrar los títulos sin problema. —Le dio un fugaz abrazo.

—Nos vemos más tarde, querida. Vete con cuidado.


Circe asintió y luego abandonó la oficina.


Estuvo merodeando por los pasillos, pasando de una categoría a otra, pensando qué sería bueno llevarse en esa ocasión. Terminó por escoger uno sobre el cuidado de los girasoles, había querido plantar algunos en el jardín desde hacía algún tiempo, aunque había escuchado que eran de cuidado especial y quería estar preparada para no permitir que murieran. De igual manera, tomó uno de postres, seguro que su madre lo encontraría interesante, de vez en cuando le gustaba innovar en lo que ofrecía en la cafetería; llevándole ese libro, quedaría saldada la cuenta por los pays que había tomado.


Después de que hizo el registro de los libros con uno de los ayudantes de su tía, salió de la librería, acomodó los libros en la canasta de mimbre de su bicicleta y marchó rumbo a casa. El camino se le antojó relajante, la cantidad de personas en la calle había disminuido, igual que el calor que había azotado a la ciudad un par de horas antes.


Tardó lo más que pudo en llegar a casa. Pedaleó lentamente cuando se acercaba a su acera, para así poder bajar de la bicicleta con más facilidad. Entró a la casa cautelosamente, para no dejar saber a su madre a qué hora había regresado; caminó rápidamente a su habitación, dejó los libros sobre su escritorio y suspiró. Ahora lo que tenía que hacer era contactar a su tutora.


Capítulo 3


Después de su visita a la universidad, había contactado a Sandrine Weisz, su tutora, para que le ayudara a recolectar todos los documentos que le estaban solicitando, dándole toda la información que le habían proporcionado. Afortunadamente, su tutora entendía más de todo eso que ella misma.


Sandrine era joven, lo que le valía que muchas personas dudaran de su capacidad como tutora debido a su edad, sin embargo, era capaz de callarle la boca a cualquiera que dudara de su conocimiento. A Circe le encantaba que lo hiciera, odiaba que la gente juzgara por mera apariencia y Sandrine siempre había podido mantenerlos a raya cuando se sentía menospreciada por ese hecho.


Había casi 15 años de diferencia entre ellas, pero Sandrine tenía una apariencia tan jovial que parecía tener menos edad y cuando ambas llegaban a salir, parecían simplemente un par de amigas; hubieran podido parecer hermanas, pero Sandrine tenía características físicas bastante diferentes a las de su alumna: Una lacia melena de cabello rubio y ojos almendrados de color café, lo único que compartía físicamente con Circe era su baja estatura, lo cual también ayudaba a su look juvenil.


Se había hecho cargo de la educación de Circe desde que tenía 12 años y se había dado por sucesión, la tutora antecesora a ella había sido su amiga y, al tener que mudarse de residencia, le pidió que se encargara de la pequeña, era a la única que consideraba capaz de seguir con su labor, debido a la peculiar situación. Tenía poco tiempo de experiencia cuando comenzó con la educación de la niña, no obstante, se esforzó mucho por continuar aprendiendo mientras iba enseñándole.


Cuando había aceptado el trabajo de tutora y su amiga le había dicho que era un ambiente peculiar, pensó que quizá exageraba, pero poco tiempo después de haber comenzado con su enseñanza, realmente creyó que la familia White era un poco rara. Circe únicamente tenía a su madre y a su tía, ya que para el tiempo en que llegó a su vida, su abuela ya había muerto y nadie mencionaba a su padre. Cuando trató de indagar sobre ese asunto con Glenda White, le dijo que eran temas que no eran de su incumbencia y que nada tenía que ver con la educación de su hija, algo con lo que no estaba de acuerdo, pero aun así, decidió no volver a preguntar sobre el tema.


Su casa era enorme, era de dos pisos con fachada color crema, detalles en blanco y techo de tejas en color ladrillo. Mirabella, la tía de Circe, podría haber vivido ahí sin problema alguno, tenían espacio suficiente para las tres, aunque el hecho de que las hermanas White vivieran separadas era otro de los temas que no debían tocarse en la casa por orden de Glenda. Cuando visitaba la casa para impartir la clase, generalmente sólo pasaba a la biblioteca o a la sala, algunas veces a la cocina, si Circe o su madre le ofrecían algún refrigerio; en ocasiones, que cada vez se volvían más frecuentes, Circe insistía en que estudiaran en el enorme jardín trasero o en su propia habitación, que se encontraba en el primer piso.


Circe siempre había sido una niña bien portada, casi rozando en lo retraído, por lo menos en presencia de su tutora, aunque, para su alivio, con el tiempo había ido abriéndose a ella poco a poco, a pesar de que nunca tocaba temas demasiado personales. Su habitación, de hecho, siempre estaba totalmente ordenada, todo estaba invariablemente en su lugar cada vez que visitaba la habitación: Todos sus juguetes ordenados y divididos en estantes, un librero repleto con los libros acomodados por tamaño, la cama siempre estaba hecha, su clóset con la ropa acomodada por colores y los zapatos en sus respectivas cajas.


Algo de esa perfección a su alrededor dejaba a Sandrine algo inquieta, además de que, a pesar de que la niña solía mostrarse más bien entusiasta cuando estaba con ella tomando las lecciones, la había observado atentamente cuando se encontraba cerca de su madre y, por lo general, siempre estaba en silencio, con la mirada ausente y sin alguna expresión que pudiera delatar los verdaderos sentimientos que guardaba hacia ella. Por su parte, Glenda se mostraba la mayor parte despegada de su hija, lo cual parecía tener algún efecto en su comportamiento perfeccionista.


Cuando Circe la contactó y le comentó que su madre había aceptado finalmente que asistiera a la universidad, no pudo más que alegrarse por ella, aunque su primer sentimiento fue de completa sorpresa, debido a los antecedentes que tenía su método de educación. En más de una ocasión, le había comentado a Glenda que era mejor que Circe comenzara a ir a una escuela, así desarrollaría más sus habilidades al tener convivencia con otras personas, no obstante, siempre fue renuente a tal hecho, haciendo caso omiso a los comentarios que daba para mejoras de su hija.


En cuanto recibió la llamada de Circe, agilizó el proceso de la documentación todo lo que pudo. Sabía que era un proceso tedioso y algo complicado, por lo cual no le sorprendió cuando su alumna le explicó vagamente lo que necesitaba, los términos solían ser un total embrollo. Sin embargo, Circe se lo merecía y, además de ser su profesora por varios años, habían desarrollado un singular lazo de amistad.


Visitó la universidad un par de veces por su cuenta, para estar al tanto de los procesos de admisión y toda la documentación necesaria, ya que, por más que Circe trató de ser clara al respecto, estaba un poco confundida y la información que le transmitió no fue del todo útil. Debido a ello, fue que procedió de manera solitaria, de cualquier manera, aunque la hubiera acompañado, sería difícil clarificarle todo, además de que estaba casi segura de que Glenda pondría objeción en que hicieran constantes visitas a la institución si se enteraba que la presencia de Circe no era necesaria en ese punto.


Casi un mes después, ambas visitaron juntas la universidad, después de que Circe le indicara que deseaba acompañarla para verla y también para despejarse del ambiente de su casa. Sandrine le comentó que no creía que fueran a pedirle algo extra a lo que ella entregaría para terminar con el proceso, pero no pudo negarse después de sus comentarios, además de que Circe le dijo que la acompañaría de cualquier manera, sólo para estar segura y, que después de ello, podrían ir a dar un paseo o visitar la cafetería de su madre para platicar un rato ya que, dado a todos los trámites, sus clases se reducían exclusivamente a eso.


Llegaron a la universidad poco antes de mediodía. Habían ido en el coche de Sandrine, debido a que el sol estaba en todo su apogeo y hacía que subiera la temperatura; ir en bicicleta sería como una tortura con aquel clima. Cuando llegaron, le dijo a Circe que fuera a conocer los alrededores, para que se fuera familiarizando con la que sería su escuela, mientras ella terminaba con todo el papeleo. La pelirroja se mostró dudosa, pero Sandrine le prometió que, si necesitaban su presencia por algún motivo, la llamaría inmediatamente.


Circe asintió después de un par de minutos. Dejó a Sandrine en las oficinas y fue a recorrer los pasillos cercanos, los cuales tenían poco tránsito de personas, lo que le permitió caminar con toda tranquilidad, inspeccionando las fachadas de los salones, los pequeños patios y, después de un rato, descubrió que tenían varias áreas verdes. Eso fue lo que más le había gustado del recorrido.


Hubo una de esas áreas que le gustó más que cualquier otra, contaba con varios árboles que daban una deliciosa sombra para poder recibir el aire fresco y despejar aquel terrible calor que se expandía por su cuerpo. Se sentó sobre el césped, recargada sobre el tronco de un árbol y cerró los ojos para relajarse un rato en lo que Sandrine se desocupaba. El viento era casi imperceptible, no obstante, aun con ello, se sintió ligeramente refrescada.


Sandrine terminó el proceso de la documentación buen rato después y se enfrascó en la búsqueda de su alumna por el edificio, sintiéndose un poco mal por haberla dejado sola tanto tiempo. No observó los salones con el mismo detalle que Circe, sin embargo, al ver toda la estructura, se imaginó que aquel lugar sería un mar de gente cuando las clases dieran comienzo. Sería algo totalmente nuevo para Circe, pero estaba segura de que era algo que necesitaba experimentar y, aunque quizá le tomara un poco de tiempo entrar en confianza con sus nuevos compañeros, seguro lo haría muy bien.


La encontró recargada sobre un árbol, bajo la sombra del mismo y dormitando. El viento se sentía con una ligera brisa y, verla así, le daba una sensación de tranquilidad. Nunca se lo había dicho, ni lo había comentado con nadie, pero le parecía que Circe tenía un aura especial. Observó la escena con detenimiento: Las ramas del árbol se mecían lentamente, produciendo aquella placentera brisa y, el césped, todo el que estaba alrededor de Circe, se movían graciosamente, como si bailara al ritmo del viento. Siempre había pensado que había algo diferente, algo especial que ni Circe misma había descubierto aún.


Circe abrió los ojos, encontrándose con la mirada fija de Sandrine que, al notar que había despertado, sonrió al instante.


—¿Está todo bien?

—Perfectamente. —Seguía sonriendo mientras se acercaba.


Circe trató de ponerse de pie, pero Sandrine le pidió que no lo hiciera, mientras se sentaba su lado y le entregaba un par de hojas.


—Tus materias, los libros y todas las cosas que necesitas conseguir para cuando comiences tus clases. Todo está listo para que inicies la universidad en un par de semanas.

—¡Genial! —La abrazó fugazmente. Leyó la información de las hojas rápidamente y luego las guardó en su morral.

—Y dime, ¿cómo te sientes con todo esto? —Miró alrededor de forma rápida—. Nueva forma de educación, seguramente nuevos amigos.

—Estoy nerviosa, esa es la verdad —dudó, no sabía explicar bien su incertidumbre—. Creo que es algo de miedo, hasta cierto punto.

—¿De qué podrías tener miedo?

—De todo. —Se alzó de hombros—. Que mi madre se arrepienta y no me deje asistir más a la universidad, que no sea lo suficientemente buena para seguir el ritmo de las clases, que no pueda congeniar con nadie.

—Deja esa inseguridad de lado, ¿de acuerdo? Creo que lo harás muy bien.


Circe suspiró.


—¿Qué te parece si vamos por los libros a «Ilusiones de papel» y después tomamos algo en la cafetería de mi madre?

—Por supuesto, estaré encantada. —Sandrine se levantó.


Tomó a Circe del brazo para ayudarla a hacer lo mismo, luego la hizo caminar a su lado para llegar a la entrada del edificio, donde se encontraba su coche.


—Hace mucho que no salimos o platicamos más allá de las clases.


Eran los últimos días de las vacaciones de verano y muchas personas aún se encontraban fuera de la ciudad, así que no había mucho tráfico aquel día y no les tomó demasiado tiempo llegar a su destino. Buscaron un lugar cercano para estacionar el coche y, cuando finalmente lo encontraron, caminaron unas cuantas cuadras para luego entrar a la librería.


Mirabella no se encontraba cuando ellas estuvieron ahí, pero todos los empleados la conocían y le permitían llevarse todo lo que le fuera necesario bajo las indicaciones de su tía. Sandrine estuvo aconsejándole algunos títulos, adicionales a los libros que se encontraban en la lista que le había entregado en la universidad, por lo cual, se vieron envueltas en una larga plática mientras caminaban entre los estantes.


Salieron de la librería casi una hora después, a pesar de haber localizado los libros de la lista y de los aconsejados por Sandrine, se habían quedado hojeando algunos otros ejemplares que habían notado interesantes mientras recorrían los pasillos. Entraron a la cafetería y Audrey saludó a ambas muy sonriente, asignándoles una mesa junto a una de las ventanas.

Pidieron café americano y compartieron una tarta de queso mientras platicaban largo y tendido, como hacía tiempo no lo hacían.


—¿Qué es lo que más te emociona de comenzar con la universidad? —Sandrine dio un sorbo a su café y miró a Circe, quien se mostró pensativa ante la interrogante.

—En realidad, creo que es un poco de todo. —Se encogió de hombros—. Mi madre no me permitió ir a la escuela desde que era niña, así que apenas puedo recordar cómo era. Quiero saber cómo se siente estar en un aula, conocer gente nueva, hacer amigos, porque, además de Alex y tú, ya sabes…

—Eres una persona muy agradable e interesante, no dudo que haya muchas personas que decidan acercarse a ti.

—De cualquier manera, creo que me da un poco de miedo —insistió.

—Lo entiendo y es normal que te sientas así, pero debes pensar positivo y las cosas serán más fáciles de esa manera. —Le guiñó un ojo—. Ya verás que todo saldrá bien

—De acuerdo. —Sonrió.


Pasaron el resto de la tarde juntas y, cuando ya empezaba a anochecer, Sandrine llevó a Circe a casa.


Glenda estaba esperándolas en la estancia principal, una de las habitaciones más cercanas a la puerta de entrada. Si bien sabía que Sandrine era una persona responsable y podía cuidar a su hija, de cualquier manera, no podía evitar sentir incertidumbre cada vez que Circe dejaba la casa por tanto tiempo. Aún se preguntaba si era buena idea dejarla ir a la universidad o si terminaría por arrepentirse después.


Sandrine acompañó a Circe a la puerta de entrada, saludó a Glenda y luego se retiró a su coche después de ver como su alumna lanzaba un largo suspiro por el comportamiento de su madre.


Sintió pesar ante la situación, pero sabía que no había forma de que ella pudiera cambiarlo. Esperó unos segundos sentada frente al volante y, antes de irse, giró el rostro hacia la casa White; pudo ver entonces pequeños destellos sobre la casa, eran pocos y casi imperceptibles, pero con un poco de atención, podían notarse.


—¿Luciérnagas?


Observó la escena por un buen rato, como embelesada, luego encendió el coche casi instintivamente y se marchó, pensando cómo aquellos pequeños insectos podían estar cercanos al jardín, cuando no era un hábitat que acostumbraban.


—Ay, Circe, eres tan única…


Llegó a su hogar buen rato después, debido a que la casa de las White estaba algo retirada de la de ella y, además, había manejado con tranquilidad, sin prisa, la ciudad se veía solitaria, muy despejada y le gustaba disfrutar esos panoramas siempre que se daba la oportunidad.


Colgó las llaves del auto en el portallaves que se encontraba justo al lado de la puerta de entrada y se dirigió directamente a la sala. Aventó su bolso y su saco sobre el sofá más grande y luego se puso cómoda en el mueble. No duró mucho tiempo ahí, se levantó pocos minutos después con dirección a un librero que tenía prácticamente enfrente.


Buscó entre unos cuantos libros y sacó un bonche de documentos que habían sido empastados bastante tiempo atrás, o por lo menos, eso dejaban ver las amarillentas hojas que conformaban el escrito. Lo observó unos segundos, luego regresó al sofá y comenzó a hojearlo lentamente. Esa información le había sido otorgada por su amiga, aquella que había sido tutora de Circe antes que ella. Aunque sabía que todo lo escrito en el empastado llevaba años y años de “investigación” por varias personas, sintió como si estuviera leyendo un cuento; quizá era su falta de imaginación sobre esos temas.


—Tonterías. —Aventó el escrito a un lado y luego fue directo a su habitación. Necesitaba descansar.


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