• Selene Orega

Un pedacito de paraíso

Actualizado: 18 de nov de 2020

Tuve un sueño… un sueño que duró tres mil días y un millón de noches, un sueño que está grabado en mis recuerdos como la fresca mañana de un día de primavera.


Ese sueño comenzó con un sol en todo su esplendor, reflejando sus rayos naranja en las calmadas olas del mar y que hacía que la arena tuviera esa sensación cálida de todos los días. Y ahí estaba él, sentado, viendo el infinito mar, recibiendo los rayos solares en su rostro. Su cabello negro reflejaba los rayos en mis ojos y su perfil era, simplemente, perfecto. Desde entonces, el sueño no tuvo fin.


Pasaba el tiempo viendo como él estaba sentado en la arena, observando el paisaje, sin hablar con nadie. Tan sólo con imaginar su voz, el corazón me palpitaba fuerte, pero no era capaz de ir a preguntarle alguna tontería para escuchar de sus labios exclamar las palabras.


Algunos días, él se dedicaba a caminar por la orilla, estaba segura de que quería sentir la sensación del agua salada recorrer sus pies. Su bañador color azul marino hacía juego perfecto con su piel tostada y decorada con tatuajes, sus brazos fuertes y su sonrisa tímida.


Por la tarde, se iba de la playa, no sabía a dónde, simplemente mis pupilas dejaban de ver su silueta y entonces mi corazón entristecía, moría unas cuantas horas hasta que, a la mañana siguiente, se encontraba sentado justo en el mismo sitio del día anterior.


Como casi cada noche, decidí dar una caminata sobre la blanda y helada arena, mientras el plateado reflejo de la luna se posaba sobre las oscuras aguas del océano. Hacía viento, pero no tenía frío. De pronto, mi corazón dio un vuelco, él estaba sentado en su lugar de siempre pero, ¿por qué? Nunca estaba ahí al anochecer, nunca lo había visto en mis paseos nocturnos.


Me detuve de inmediato, estaba aterrorizada de estar ahí, tan cerca de él. Fue peor cuando giró la cabeza y posó sus ojos en mí. Mis manos se pusieron heladas. ¿Qué debía hacer? Estaba mirándome directamente, ¿debería girarme y huir? ¿Seguir caminando e ignorarlo? ¿O…?


—Habías tardado… —¿Disculpa? —pregunté, sin entender. —Siempre vienes a caminar por aquí en las noches, ¿no es así? —Bueno, ehm… yo… si —balbuceé tontamente, ¿cómo sabía eso? Él nunca estaba ahí… —Es una bonita noche.


Sus ojos ya no estaban sobre mí, miraban a la luna, que estaba posada en lo más alto del cielo.


—Hay luna llena. —Sí, lo sé —afirmé, aunque no mirara el cielo.


Me miró de nuevo y sonrió. En automático yo también lo hice, simplemente me ponía de buen humor verlo sonreír, era una sonrisa tan linda.


—¿Te quedarás ahí parada?


Me sentí tonta en cuanto terminó de hacer su pregunta. Negué con la cabeza y me acerqué a él; con los nervios comiéndome viva, me senté a su lado y miré al frente. Él seguía sonriendo, yo tenía las mejillas completamente rojas.


—Deberías venir en la mañana también, todo esto se ve aún más hermoso. —Sí, seguramente lo es. —Solté una risita inevitablemente, él no sabía que lo observaba desde el balcón y eso me alivió—. A ti te gusta venir por las mañanas aquí, ¿cierto?


Me miró de nuevo, quizá preguntándose exactamente lo mismo que yo me había preguntado cuando me aseguró que me gustaba dar paseos nocturnos. Ya lo había comprendido para ese entonces: Mientras yo lo observaba por las mañanas, él me veía pasear por las noches.


—Mejor me voy. —Me puse de pie, tontamente estaba descubriéndome ante él.


Él se levantó también y me encaró. Me estremecí de inmediato. Era más alto de lo que se veía desde lejos y, sin duda, era aún más guapo. Me acarició la mejilla y sonrió. Yo también sonreí, sin embargo, no pude moverme ni un poco, estaba congelada ante su contacto.


—¿Tu nombre? —Meredith —contesté sin pensarlo, sin importarme que fuera un desconocido.


Seguía sonriendo y entonces me dio la espalda. Empezaba a alejarse, aun cuando la que inicialmente iba irse de aquel lugar era yo.


—Espera…


Se detuvo de inmediato y volteó a verme de nuevo.


—Tú no me has dicho tu nombre. —Tú puedes llamarme Brian.


Con la sonrisa en el rostro, volvió a darme la espalda y se fue alejando de mí hasta que le perdí de vista. Estuve unos cuantos minutos más parada ahí, sin moverme, hasta que decidí regresar a casa. Ya estando en mi hogar, salí a ver el paisaje por el balcón. Todo estaba solitario, él ya no estaba cerca.

Tardé mucho en dormir, no podía conciliar el sueño, en mi cabeza sólo estaba él, su figura, su voz que por fin había conocido…


A la mañana siguiente, él estaba en su lugar de siempre, observando el mar, quieto como lo era, pero a la vez, parecía buscar algo… o a alguien…


—Meredith, ¿qué haces? —preguntó mi madre, mientras se acomodaba a mi lado para también poder ver la playa por el balcón. —Observo a Brian —contesté, después de lanzar un suspiro. —¿Quién es Brian? —Aquel chico sentado en la arena, el que tiene el bañador azul. —No veo a nadie con las características que dices. —Es porque él está aquí. —Levanté mi cuaderno sin dejar de observar la playa, yo podía verlo perfectamente. —Otra vez imaginando cosas. —Mi madre rodó los ojos y luego negó con la cabeza—. Mejor comienza a empacar, que regresamos a la ciudad al anochecer.


Y así fue, por la noche abandonamos aquella playa y con ello, mi sueño perfecto tuvo que terminar…

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